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La boda roja y las lealtades del poder

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De ‘Game of Thrones’ a la política real: Jorge Fernández Menéndez analiza esta radiografía perfecta de cómo funciona el poder.

Decía Albert Camus que “la ficción es la mentira a través de la cual contamos la verdad.” Hay episodios de ficción, historias, que explican mejor la política real que los tratados académicos. “The Rains of Castamere”, el noveno capítulo de la tercera temporada de la serie Game of Thrones, conocido ya como el de “la boda roja”, es uno de ellos. En unos minutos, George R. R. Martin y los guionistas de la serie condensaron una lección que la historia repite con una terquedad asombrosa: en la lucha por el poder, la lealtad es siempre la moneda más frágil, y la traición, el instrumento más eficaz.

La historia es conocida. Robb Stark, el joven rey del Norte, acude a la boda de su tío Edmure Tully en el castillo de los Frey, con quienes había roto un juramento matrimonial para casarse por amor. Cree, como tanta gente que llega al poder con códigos morales heredados de otra época o de otras generaciones, que las reglas de la hospitalidad serán sagradas e inviolables. Se equivoca. Lord Walder Frey, que se considera humillado y menospreciado porque Robb Stark no se casó con una de sus hijas, pacta con su enemigo Tywin Lannister la aniquilación de la Casa Stark. A la hora de los brindis, las puertas del salón se cierran, la música se interrumpe, y en minutos son asesinados Robb, su madre Catelyn, su esposa embarazada y buena parte de su ejército. No es una batalla. Es una emboscada servida como banquete.

lecciones de política en la boda roja de game of thrones, Robb Stark con Talisa Maegyr
HBO

La traición rara vez nace de la maldad pura. Nace del cálculo. Walder Frey no actúa por sadismo, es un hombre sádico incluso con los suyos, sino por interés: se siente despreciado, teme la irrelevancia, y encuentra en Tywin Lannister una oferta que le garantiza tierras, títulos y permanencia. Roose Bolton, el otro gran arquitecto de la matanza, tampoco traiciona por odio a los Stark: traiciona porque calcula, con frialdad, que el bando perdedor no vale la pena. “Los dioses viejos y los nuevos no perdonan a quienes rompen el pan y luego derraman la sangre de sus huéspedes”, advierte alguien en la novela. Pero la política real no se rige por dioses, sino por intereses e incentivos, por pulsaciones y en muchos casos pasiones.

Quien ejerce el poder sin entender los incentivos de quienes lo rodean (sin medir el resentimiento acumulado, la ambición insatisfecha, el cálculo de costo-beneficio de sus aliados) está condenado, tarde o temprano, a una boda roja. La historia política está llena de unos Robb Stark que terminaron siendo traicionados: gobernantes que confiaron demasiado en la lealtad personal y demasiado poco en los intereses estructurales que sostenían esa lealtad. Julio César confió en el Senado y en sus amigos. Francisco I. Madero confió en Victoriano Huerta. ¿En quién confiaron Luis Donaldo Colosio o José Francisco Ruiz Massieu cuando fueron asesinados en 1994? La lista es larga y transversal a culturas y siglos. El primer asesinato político registrado y documentado en la historia humana del que se tiene constancia ocurrió alrededor del año 1962 a. C. contra el faraón Amenemhat I, fundador de la Dinastía XII del Antiguo Egipto. Fue producto de una conspiración de sus guardias de seguridad mientras su hijo estaba en una campaña militar.

Relieve de Amenemhat I procedente de su templo funerario en El Lisht.
Relieve de Amenemhat I procedente de su templo funerario en El Lisht. / The Metropolitan Museum of Art

El poder no se sostiene solo con carisma ni con legitimidad moral: se sostiene con una arquitectura de intereses que hay que atender, negociar y, sobre todo, no dar por garantizada.

Una segunda lección es más incómoda todavía: la violencia, cuando se usa como instrumento de poder, no busca solo ni necesariamente la victoria militar sino el mensaje. La boda roja no implicaba solo la eliminación de un rival: es una demostración pública de que ciertas reglas morales y éticas: el honor, la palabra empeñada, la hospitalidad, pueden romperse sin consecuencias si el que las rompe tiene suficiente poder como para imponer una nueva narrativa. Tywin Lannister no busca simplemente ganar la guerra, quiere enviar un mensaje brutal al resto de los señores de los Siete Reinos: desafiar a la Casa Lannister tiene un costo que ninguna causa, por justa que parezca, vale la pena pagar.

Es la misma lógica que ha usado el crimen organizado en México: la violencia ejemplar no sólo es producto del sadismo y no busca solamente eliminar al enemigo inmediato: busca disciplinar a todos los demás actores del tablero. Quiere dominar mediante el miedo.

Pero la violencia extrema como forma de consolidar el poder suele tener un costo que no se paga de inmediato, pero siempre se termina pagando. Los Frey, que ganan la partida en Los Gemelos, terminan siendo una casa despreciada, aislada, sin aliados, hasta que la propia dinámica de la historia –convertida ya en una suerte de justicia poética– los borra del mapa. La traición compra tiempo, compra ventaja táctica, compra incluso la supervivencia inmediata, pero rara vez compra una legitimidad duradera y al final siempre se vuelve contra el traidor.

Quien construye su poder sobre el cadáver de la palabra empeñada tiene que gobernar sobre súbditos que ya saben, con certeza empírica, que esa palabra no vale nada. Y un poder que no inspira confianza, aunque inspire miedo, es un poder que administra el descontento acumulado, no genera lealtad genuina. Sólo la lealtad y la ética son las que nos dan credibilidad y certidumbre.

En la boda roja no fallan solo los Frey y los Bolton: falla también el propio Robb Stark, que no supo leer las señales, que menospreció el precio simbólico de romper un compromiso, que confió en que el honor ajeno funcionaría con la misma lógica que el suyo. La lealtad, en política, no es un valor abstracto: es una relación transaccional que hay que cultivar, revisar y, cuando es necesario, renegociar con inteligencia. Quien cree que la lealtad se hereda o se da por sentada por el simple hecho de ocupar una posición de autoridad legítima, está desconociendo la naturaleza más elemental del poder: nadie es leal en el vacío; se es leal cuando esa lealtad es recíproca, o mientras conviene, se percibe beneficio, mientras el costo de la deslealtad supera al de la fidelidad.

Game of Thrones constituye una larga reflexión sobre estas dinámicas: cómo se construye, se sostiene y se pierde el poder; cómo la violencia puede ser un atajo eficaz pero casi nunca gratuito; cómo la traición, lejos de ser una anomalía moral, es con frecuencia la conducta más racional en sistemas donde las instituciones son débiles y los incentivos personales prevalecen sobre cualquier código compartido.

La boda roja no es solo un giro narrativo brillante y brutal. Es, también, una radiografía perfecta de cómo funciona el poder cuando nadie está mirando y cuando las reglas dependen únicamente de quién tiene, en ese momento, la fuerza para imponerlas.

*Jorge Fernández Menéndez es periodista, conductor de Todo Personal en @adnnoticiasmx. Twitter: @J_Fdz_Menendez

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