Acabo de terminar uno de los libros que más he disfrutado últimamente. Siempre me parece arriesgado recomendar un libro, ya que mucho depende del momento de la vida en que nos encuentre. Así que no quiero hablar de éste en particular, sino de lo que me dejó en el camino.
Es una novela epistolar, una historia construida a partir de cartas. Y mientras la leía pensé que, de alguna manera, las cartas eran las grandes narraciones privadas de otra época.
Se escribía a los amigos, a la familia, a los enamorados. Se contaba lo sucedido, pero también lo pensado. Una carta podía contener una anécdota, una historia, incluso una confesión. No hacía falta ser escritor para ir dejando, carta tras carta, el relato de una vida.
Eso fue quizá lo que más me emocionó del libro. Al terminarlo sentí que conocía íntimamente a la protagonista: sabía cómo pensaba, qué sentía, qué escondía, cómo se relacionaba. Y la conocía desde su propia mirada, no desde la interpretación de un narrador que hubiera escrito su biografía.
Entonces decidí hacer un experimento.
Me propuse escribir, a mano, cartas a tres amigas muy queridas que viven lejos.
Y descubrí que escribir una carta se ha convertido casi en una experiencia arqueológica.
Primero tuve que elegir el papel, y ahí apareció el primer reto: ya no existe aquella variedad de papeles finos para escribir que recuerdo. Al menos no en Amazon. Después vino la pluma, porque no cualquiera resbala igual sobre cualquier papel. Y después, escribir.
Yo era buenísima para escribir derecho sobre una hoja blanca, sin renglones, y descubrí, con cierto orgullo absurdo, que todavía conservo ese talento.
Pero al cabo de varios renglones tenía que descansar porque me dolía la mano.
La misma mano que puede pasar horas sobre una computadora o escribiendo mensajes en un teléfono ya no está acostumbrada al movimiento de la escritura. Y no es sólo el esfuerzo físico. Sentía que mi cabeza también trabajaba de otra manera. Escribir a mano me obliga a bajar la velocidad, a seguir el hilo de una idea sin saltar inmediatamente a la siguiente, a pensar un poco más antes de convertirla en palabras.
Además, regresó otro arte olvidado: calcular el espacio. Saber cuánto escribir para no terminar una despedida magnífica con dos palabras apretujadas en una esquina o descubrir, demasiado tarde, que me sobra media página.
Y después apareció un reto todavía mayor: equivocarse.
Estamos tan acostumbrados a borrar, cortar, pegar, corregir y volver atrás cuantas veces queramos, que escribir sabiendo que cada palabra va a quedarse ahí cambia por completo las cosas. Te obliga a pensar un poco más antes de escribirla.
Y si aun así aparece sobre el papel una palabra que no era exactamente la que buscabas, toca improvisar y encontrar la manera de seguir el relato a partir de ella.
Escribir una carta a puño y letra no consiste solamente en cambiar un teclado por una pluma. Obliga a activar otros circuitos del cerebro.
Una cosa es comunicarnos y otra muy distinta es contarnos historias. Una carta exige detenerse y preguntarse: ¿qué quiero decirte?
Y después viene la parte menos romántica: hacer todo lo necesario para que esa carta llegue a su destino.
Doblar el papel. Meterlo en un sobre. Escribir una dirección. Encontrar una oficina postal, que cada vez quedan menos. Llevarla hasta ahí. Y aceptar que, a partir de ese momento, comienza un recorrido que ya no depende de nosotros.
El buzón, el correo, el cartero, un camión, quizá un avión, el clima, otra ciudad, otra puerta. Hasta que un día alguien encuentra un sobre con su nombre escrito por un remitente.
Hay sorpresa, expectativa, espera. Y después quizá habrá una respuesta. O quizá no.
También antes eso era distinto. Hoy podemos saber que un mensaje salió de nuestro teléfono, llegó al del otro e incluso que fue leído. Dos pequeñas palomitas azules han reducido considerablemente el territorio de la incertidumbre, de la expectativa, de la imaginación, de la paciencia. Incluso de la frustración.
No creo, por supuesto, que debamos volver al correo postal para comunicarnos. Sería absurdo renunciar a la extraordinaria posibilidad de hablar en segundos con alguien que está al otro lado del mundo.
Pero sí me pregunto por qué, abandonamos casi por completo el maravilloso arte epistolar. Porque una cosa es informar, coordinar, preguntar o responder. Y otra muy distinta es sentarse frente a una hoja y contarle a alguien quién eres en ese momento de tu vida.
Eso es quizá lo que más he valorado de este experimento: recuperar la cotidianidad con amigas muy queridas que la distancia había ido dejando fuera de mis días. Contarnos las pequeñas historias que, son las que nos mantienen cerca.
Y mientras escribía esas cartas pensé que algún día, dentro de muchos años, alguien podría encontrarlas en un cajón.
Quizá no encuentre en ellas nada extraordinario. Pero encontrará algo que nuestros miles de mensajes instantáneos difícilmente conseguirán dejar de la misma manera: un archivo de nosotras mismas.
Una carta no sólo es algo que enviamos a otra persona, es una pequeña constancia de quiénes fuimos cuando la escribimos.
Si quieres el libro que me llevó a esta reflexión:
La corresponsal de Virginia Evans.
Ojalá lo disfrutes tanto como yo.
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