A veces creemos que la moda es superficial porque empieza frente a un espejo. Pero elegir qué ponernos cada mañana es mucho más que decidir entre una camisa, unos jeans o un traje: es ejercer una libertad. La libertad de decir quién eres, cómo quieres sentirte y qué versión de ti deseas mostrar al mundo.
La moda es una de las formas más visibles de ejercer nuestra autonomía. Nos permite experimentar, jugar, pertenecer, diferenciarnos y hasta transformarnos. Podemos vestirnos para la persona que somos, para la que estamos construyendo o, simplemente, para la que necesitamos ser ese día. La ropa no tiene que ser un disfraz; puede ser el recordatorio externo de una decisión interna.
Coco Chanel entendió esto antes que muchas personas. Ella no inventó los pantalones para mujeres, pero sí ayudó a convertirlos en una propuesta moderna, elegante y socialmente aceptable en los años veinte. Al adoptar prendas de inspiración masculina, tejidos cómodos y siluetas que permitían moverse, puso sobre la mesa una idea poderosa: nadie tiene que vestirse para complacer la mirada ajena; cada persona puede vestirse para vivir su propia vida.
Eso es libertad.
El sociólogo Pierre Bourdieu, autor de Distinction: A Social Critique of the Judgment of Taste, explicó que el gusto no es algo aislado: está atravesado por nuestra educación, nuestro entorno y el capital cultural que acumulamos. Elegir una prenda también es tomar posición ante el mundo. Comunica nuestras referencias, nuestra historia y aquello que valoramos. Sin embargo, tener estilo no significa obedecer los códigos que otros han definido como correctos. Significa conocerlos y decidir conscientemente cuáles hacemos nuestros.
Gilles Lipovetsky, en El imperio de lo efímero, analiza la moda como un espejo de la modernidad: un espacio donde conviven la búsqueda de individualidad y la necesidad de pertenecer. Por eso la moda cambia al mismo ritmo que la sociedad. Cuando una época exige rigidez, el vestido puede convertirse en uniforme. Cuando una generación reclama voz, el cuerpo vestido se vuelve manifiesto.
Hay incluso un término en psicología social: enclothed cognition, o cognición vestida. Fue propuesto por Hajo Adam y Adam Galinsky para explicar cómo la ropa que llevamos –y el significado que le atribuimos– puede influir en nuestra forma de sentir, pensar y actuar. No es magia. Es entender que una prenda no solo se ve: se habita.
Por eso no debemos dar por sentada nuestra libertad de vestirnos.
La imposición sobre el cuerpo suele ser una de las primeras formas de control. En Afganistán, los decretos talibanes han restringido severamente la presencia y la vestimenta de las mujeres en el espacio público. No se trata de juzgar una prenda ni una creencia; se trata de defender el derecho de cada persona a decidir sobre su propio cuerpo y su propia imagen. Cuando no existe elección, no existe libertad.
La historia también nos ha enseñado que la ropa puede usarse para señalar, separar y deshumanizar. Desde septiembre de 1941, el régimen nazi obligó a las personas judías mayores de seis años en Alemania a portar una estrella amarilla visible. En los campos de concentración, los uniformes impuestos buscaban borrar identidad e individualidad.
La ropa nunca es solo ropa cuando alguien más decide por ti qué debes usar.
Por eso, la próxima vez que te vistas, no pienses únicamente en lo que combina. Pregúntate: ¿por qué elijo esto?, ¿qué quiero comunicar?, ¿cómo me hace sentir?, ¿esta prenda expresa mi esencia o responde al miedo de no encajar?
La moda es libertad cuando nace de una elección. Y cada vez que elegimos vestirnos desde nuestra verdad, ejercemos algo mucho más profundo que el estilo: ejercemos nuestro derecho a ser quienes somos.
*Brenda Jaet es especialista en moda y consultora de imagen. Su columna se suma a la serie de plumas invitadas que convocamos este mes para diseccionar la Libertad en sus múltiples facetas. Sigue el recorrido de todas las entregas aquí.