Bienestar

Los que sostienen el juego

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 3 minutos de lectura

Este Día del Padre quiero rendir homenaje a todos ellos. A los padres biológicos y a los padres del corazón. A los que estuvieron desde el principio y a los que llegaron después. A los que enseñaron con palabras y a los que enseñaron con el ejemplo.

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los que sostienen el juego
Getty Images

El fútbol y la paternidad tienen algo en común: ninguno se sostiene en el discurso, sino en los hechos. En ambos se admira la disciplina de todos los días, la fuerza para levantarse después de una derrota y la templanza para seguir cuando el partido se pone cuesta arriba. Por eso, este junio en que conviven la Copa Mundial de la FIFA 2026TM y el Día del Padre, quiero hablar de esos hombres que, de una u otra forma, marcaron el origen, el rumbo o el destino de una vida.

Como en cualquier partido largo, una vida no se construye en una sola jugada, sino en la suma de actos pequeños: trabajar, cuidar, corregir, esperar, proteger, sostener. Día tras día, incluso cuando nadie lleva la cuenta.

Ningún padre ha sido perfecto. La perfección nunca ha sido requisito para ejercer una buena paternidad. Lo indispensable parece ser algo mucho más difícil: la voluntad de ocupar ese lugar con responsabilidad, presencia, autoridad cuando hace falta y, muchas veces, también con silencios.

Lo entendí con más claridad cuando murió mi papá. No fue sólo tristeza. Fue una sensación de orfandad. De pronto desaparece esa persona que, de alguna manera, ocupaba el lugar delante de ti: quien te antecedía, quien todavía podía darte refugio, consejo o simplemente la certeza de que alguien sostenía una parte de tu mundo.

Y entonces entiendes que ahora te toca a ti.

Mi papá no fue el mejor papá del mundo. Pero sí fue el mejor para mí.

Durante años me quejé de que no me ayudaba con las tareas como los papás de algunas amigas, de que no estaba tan presente como yo hubiera querido. Hoy, sin embargo, entiendo que la presencia no se mide en horas, sino en la confianza de saber que alguien está ahí. Mi papá tenía carácter fuerte, defectos y contradicciones, pero era profundamente leal. No era un hombre de grandes demostraciones ni de atención constante. A veces podía parecer distante. Pero si algo me pasaba, si me veía triste o si yo estaba en un problema, aparecía entero. Ponía en marcha toda su fuerza y su capacidad de resolver. Su amor no siempre estaba en la forma, pero sí en la respuesta. Saber que contaba con su respaldo y su protección me daba paz y seguridad.

Los hijos no necesitamos perfección. Necesitamos saber que alguien está de nuestro lado; que tenemos un equipo y que ese equipo lo lidera un capitán dispuesto a asumir riesgos, sacar la casta, meter las manos y hacer todo lo que esté de su parte para que lleguemos a la meta.

Los padres no siempre aportan lo mismo a la vida de un hijo. Hay quienes dan compañía, ejemplo y guía. Otros dan disciplina, trabajo o fortaleza. Algunos llegan por la sangre y otros por el amor. Pero también hay hombres que sólo pudieron dar una cosa: la vida.

Y aunque suene duro decirlo, quizá eso fue todo lo que tenían para dar. Engendraron una existencia y después se alejaron. No es que el abandono sea admirable ni que no deje heridas, pero hay casos en los que una presencia rota habría hecho más daño que una ausencia. A veces, lo único que alguien puede ofrecer es el punto de partida, y su ausencia revela el límite exacto de lo que era capaz de dar.

Y aquí confirmo esto que he dicho en varias de mis columnas: cada persona da lo que puede dar. Algunos padres dan raíces; otros, alas; otros, origen.

También hay hombres cuya paternidad se ha construido de distintas formas. La de mi esposo, por ejemplo: padre de cuatro hijas, a unas las acompañó desde la distancia y a otras desde lo cotidiano; también fue presencia para mi hijo, que, aunque no llevaba su sangre, recibió de él cariño, disciplina, ejemplo y sustento. No me corresponde a mí definir lo que ha sido para cada uno. Pero ver que los cinco lo quieren, lo admiran, lo procuran y le piden consejo es, quizá, la forma más clara de honrarlo.

Y si seguimos con los aplausos para los padres, quizá el más grande sea para aquellos que crían solos a sus hijos. Se habla mucho de madres extraordinarias, de mujeres admirables y de heroínas cotidianas. Pero también existen hombres que trabajan, alimentan, educan, contienen y acompañan a sus hijos sin el apoyo de una pareja. Su grandeza no está en proclamarse héroes, sino en levantarse cada día a sostener una vida que depende enteramente de ellos.

Por eso este Día del Padre quiero rendir homenaje a todos ellos. A los padres biológicos y a los padres del corazón. A los que estuvieron desde el principio y a los que llegaron después. A los que enseñaron con palabras y a los que enseñaron con el ejemplo. A los que dieron presencia, cuidado y guía. Y también a los que sólo pudieron dar la vida, a los que se fueron, a los que murieron demasiado pronto, a los que no supieron quedarse y a los que, aun desde la ausencia, hicieron posible nuestra existencia.

junio 05, 2026 05:02 a. m. • 3 minutos de lectura

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