Bienestar

Un proyecto en construcción

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 3 minutos de lectura

"Cada vez que creemos haber llegado a una versión acabada de nosotros mismos, la realidad introduce una nueva pregunta, una nueva circunstancia o exigencia que vuelve a ponernos en movimiento".

Compartir:

un proyecto en construccion; mujer contemplando un entorno minimalista con luz suave, representando la autorreflexión, la inquietud y el bienestar consciente
Getty Images

Hay ideas que parecen perseguirnos. Aparecen en una conversación, vuelven a surgir en otra completamente distinta y terminan encontrándonos en lugares inesperados. En estos últimos días me ha ocurrido con una palabra: incomodidad.

La he escuchado en conversaciones sobre trabajo, en relaciones personales, en amistades que atraviesan cambios y en personas enfrentando decisiones difíciles. Después de encontrarla tantas veces, empecé a preguntarme por qué juega un papel tan recurrente en la vida humana.

Y fue entonces cuando me topé con una idea de Ortega y Gasset que pareció aterrizar todas estas reflexiones que rondaban en mi cabeza. Decía que, a diferencia de otros seres vivos, el ser humano no nace terminado. Un árbol está llamado a ser árbol. Un pájaro está llamado a ser pájaro. Nosotros, en cambio, tenemos que ir construyendo nuestra vida mientras la vivimos.

No somos una obra concluida; somos un proyecto.

Y creo que ahí se encuentra una de las razones por las que la incomodidad aparece en determinados momentos de nuestra vida. No es una falla, sino una consecuencia natural de estar en permanente construcción.

Los seres humanos tenemos una capacidad extraordinaria para adaptarnos. Nos adaptamos a ciudades nuevas, a trabajos nuevos y a circunstancias que en otro momento habríamos creído imposibles de atravesar. Aprendemos a recibir lo que llega y a despedir lo que se va.

Alcanzamos una meta y aparece otra. Resolvemos una duda y surge una pregunta nueva. Llegamos al lugar al que queríamos llegar y, al poco tiempo, comenzamos a preguntarnos qué sigue.

Por eso nos resulta tan difícil alcanzar esa estabilidad definitiva que tantas veces imaginamos. Cada vez que creemos haber llegado a una versión acabada de nosotros mismos, la realidad introduce una nueva pregunta, una nueva circunstancia o exigencia que vuelve a ponernos en movimiento.

Eso significa que la naturaleza humana no es necesariamente inconforme; más bien es inquieta.

Y creo que hay una diferencia importante entre ambas cosas.

La inconformidad suele nacer de la carencia. La inquietud, en cambio, nace de la conciencia. De esa extraña capacidad que tenemos para mirarnos a nosotros mismos y cuestionarnos si estamos en el lugar que queremos estar.

Por eso creo que es tan importante entender esa diferencia.

Porque si realmente somos, como decía Ortega, una obra en permanente construcción, entonces no sólo importa que sigamos construyéndonos. También importa desde dónde lo hacemos.

La carencia construye desde la sensación de insuficiencia. Nos convence de que siempre falta algo para estar completos y nos empuja a buscar fuera aquello que creemos que resolverá nuestro malestar. Pero una vida construida desde la carencia corre el riesgo de convertirse en una persecución interminable, porque siempre habrá algo más que obtener, alcanzar o corregir.

La conciencia opera de otra manera. No niega nuestras limitaciones ni nuestras áreas de crecimiento, pero tampoco parte de la idea de que estamos incompletos. Parte del reconocimiento de que seguimos desarrollándonos. De que todavía hay aspectos de nosotros mismos que pueden comprenderse mejor, afinarse o madurarse.

Vista desde ahí, la incomodidad deja de ser una acusación y se convierte en una invitación. No nos dice que seamos insuficientes. Nos recuerda que estamos vivos.

Que en cualquier momento podemos revisar nuestras decisiones, cuestionar nuestras certezas y elegir con mayor lucidez la dirección que queremos dar a nuestra vida.

El desafío no consiste en alcanzar una versión definitiva de nosotros mismos. Tal vez esa versión ni siquiera existe. Lo que existe es la responsabilidad cotidiana de participar conscientemente en nuestra propia construcción.

Y en ese sentido, la incomodidad, esa que nace de la inquietud, puede ser una aliada valiosa porque nos impide vivir por inercia. Nos recuerda que el proyecto sigue abierto, que nuestra historia no está terminada y que siempre somos responsables de la vida que estamos construyendo.

mayo 22, 2026 03:34 a. m. • 3 minutos de lectura

Lee más de Esquinas del tiempo de Daphne Ibargüengoytia dando clic aquí.

Suscríbete a nuestro Newsletter y mantente al día.

Utilice un correo válido
X