El dolce far niente, o lo que en México llamaríamos, la “agusticidad”, ha resurgido en los últimos años casi como una vía de escape en esta sociedad acelerada, hipervigilante e hiperproductiva.
Las exigencias de la vigencia (por ejemplo, en las redes sociales), la utilidad y la “contribución” a la sociedad han terminado por desencadenar trastornos mentales como la ansiedad, el TLP, el burnout, etc.
Ante esta situación, el dolce far niente y su consigna de disfrutar del tiempo presente sin culpa son la cura de la civilización; pero más importante, la capacidad de disfrutar conscientemente del momento presente sin sentir que estamos cometiendo un pecado capital.
El valor de la libertad y el goce

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Desde el siglo XVIII y XIX, los extranjeros que tenían contacto con la zona del Mediterráneo (Italia, España, Grecia) se dieron cuenta de que tenían un estilo de vida único, casi que exótico por ser inconcebible.
A nadie se le había ocurrido que el simple hecho de estar, ser y existir es suficiente.
Con el paso de los años y las llegadas de nuevas corrientes de pensamiento en las que se le asignaba un valor a nuestra existencia en función de cuánto producíamos o cuán útiles somos fue suficiente para que olvidáramos esta parte contemplativa de la vida.
Por si fuera poco, en la última década, con mayor precisión, con la llegada de la pandemia y TikTok, se nos exige monetizar nuestra presencia tanto en la vida real como en la vida virtual.
Incluso si estamos en medio del dolce far niente, hay algo dentro de nosotros que nos obliga a documentarlo con fotos o videos; porque además de ser funcionales, también hay que mostrárselo al mundo, o hacer que el mundo se trate de nosotros... Una rutina francamente agotadora.
Descansar vs Hacer nada

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Descansar tiene el propósito de descansar. Es decir, cuando te tumbas en la cama o en tu sofá y dices: voy a descansar, incluso ahí, estas haciendo algo.
El dolce far niente es hacer nada, y aunque no lo creas, es totalmente distinto. Mientras en el descanso el cerebro se pone en modo “recuperación”; el dolce far niente activa otra función cerebral mucho más compleja.
Hablamos de la “red neuronal por defecto”; este sistema se enciende mientras te relajas y activa funciones como el pensamiento autorreferencial (evaluar quién eres, tus pensamientos, sentimientos y tu personalidad); el viaje mental en el tiempo (recodar eventos pasados o imaginar escenarios futuros); teoría de la mente (pensar en otras personas para entender sus posturas y perspectivas) y por último el pensamiento moral y social (evaluar dilemas éticos y las nuevas normas de interacción social).
Todo sin que te des cuenta y sin alterar tu salud mental; todo lo contrario: llegas a tu mundo interior sin prisas, sin presiones, sin juicios; con la libertad de gozar la vida contemplativa para el crecimiento personal.
La soberanía del tiempo libre

Recuperar el hábito del dolce far niente es un grito de libertad y hasta rebelión en el mundo actual. Es reclamar la soberanía sobre la propia vida.
Aquí no hay métricas, monetizaciones, algoritmos, facturas ni utilidad; solo el placer de vivir y disfrutar del momento. Porque si de números hablamos, no olvidemos que en estos tiempos el recurso más valioso es el tiempo y no la acumulación de objetos, riquezas o views.
Vivir sin un propósito útil es nuestro derecho; no una razón para ser juzgado o segregado. Es aprender a vivir y disfrutar de la vida.











