Pocos símbolos identifican tanto a la cultura mexicana como La Catrina. Sin embargo, este personaje no nació vinculado a las ofrendas prehispánicas ni a las velas de los panteones comunitarios; nació en las páginas de la prensa de combate de principios del siglo XX como una ácida crítica política y social sobre la pérdida de identidad nacional. Esta es la verdadera historia y origen de La Catrina.
De la “Calavera Garbancera” al trazo de José Guadalupe Posada

El origen gráfico de La Catrina se remonta a 1912, cuando el grabador e ilustrador agascalentense José Guadalupe Posada creó un grabado en metal para acompañar las hojas de volante impresas por el taller de Antonio Vanegas Arroyo.
En ese momento, la figura no tenía el nombre con el que la conocemos en la actualidad, José Guadalupe Posada la llamó originalmente como la Calavera Garbancera.
El término “garbancero” se utilizaba en la época para señalar de forma despectiva a las personas de origen indígena que vendían garbanzo y que, al cambiar de estrato económico o aspirar a un estatus social más alto, renegaban abiertamente de sus raíces para adoptar las costumbres, la vestimenta y la moda europeas, sobre todo la francesa, promovida durante el régimen de Porfirio Díaz.
Posada dibujó únicamente el cráneo y el torso de la calavera, vistiéndola únicamente con un ostentoso sombrero de plumas al estilo francés, pero dejándola completamente en los huesos.
La intención del grabado era denunciar la hipocresía social y la condición económica de la época. Para darle más peso a la ilustración, José Guadalupe Posada añadió a la ilustración: “En los huesos, pero con sombrero francés”.
Se trataba de un recordatorio visual de que, sin importar las apariencias, la elegancia fingida o las divisiones de clase, la muerte es igual para absolutamente todos los seres humanos.
Diego Rivera y la presentación formal de “La Catrina”

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Aunque la ilustración circuló de mano en mano en impresos populares tras su muerte en 1913, el personaje adquirió su forma definitiva y su nombre actual gracias al muralista Diego Rivera.
En 1947, Diego Rivera pintó el monumental mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, una obra comisionada originalmente para el comedor principal del Hotel del Prado en la Ciudad de México.
En el centro de esta composición de 15 metros de largo, Rivera inmortalizó a la Calavera Garbancera, pero le añadió un cuerpo completo, la vistió con una estola de plumas que alude a la serpiente emplumada Quetzalcóatl y prácticamente le dio una nueva identidad y una nueva vida.
A un lado de la figura pintó a un niño que lo representa a él mismo y, al otro, al propio José Guadalupe Posada como un tributo a sus enseñanzas y su legado.
Fue el propio Rivera quien dio formalmente el nombre de La Catrina, derivado de la palabra “catrín”, un vocablo utilizado a finales del siglo XIX y principios del XX para describir al hombre de la alta sociedad que vestía con elegancia, refinamiento y ostentación.
Al feminizar el término, el muralista transformó la sátira política periodística de Posada en un ícono de identidad cultural nacional.
La Catrina y el Día de Muertos

A pesar de que su raíz es estrictamente periodística e ilustrativa, La Catrina llegó casi de forma orgánica a la celebración de Día de Muertos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.
Esta transición ocurrió gracias a que los artesanos de las comunidades rurales reinterpretaban la imagen de La Catrina en la cartonería, el barro negro y los textiles, hasta que transformaron la sátira clasista en un estandarte de Día de Muertos.
Para los mexicanos, la muerte es un tránsito natural hacia otro estado de la existencia. La Catrina encajó perfectamente justo por su visión irónica y cotidiana sobre la brevedad de la vida.
En la actualidad, La Catrina es la protagonista de los festivales, los disfraces, las ofrendas, las artes plásticas, la moda y de la vida misma. Y lo mejor es que está presente no solo en Día de Muertos.













