Bienestar

El poder de decir que no: una forma de libertad emocional

Por:  Psicóloga Alexandra Salgado 

 • 5 minutos de lectura

La libertad emocional no se trata de que los demás nos den permiso para elegir. Se trata de reconocer que yo puedo decidir lo que quiero, lo que necesito y lo que estoy dispuesta a aceptar.

El poder de decir que no: una forma de libertad emocional

El poder de decir que no: una forma de libertad emocional / Getty Images

Decir “sí” cuando por dentro todo tu cuerpo grita “no” es un hábito agotador que muchas hemos normalizado para no decepcionar a los demás.

Crecimos creyendo que complacer era sinónimo de amabilidad, pero la verdadera autonomía comienza cuando recuperamos la libertad de decir no sin que la culpa nos persiga.

Poner límites no es un acto de egoísmo ni un ataque hacia el otro, sino un compromiso contigo misma: la decisión consciente de no volver a pasar por encima de tus propias necesidades solo para mantener la paz de alguien más.

El no como un acto de libertad

¿Cuántas veces has sentido que no puedes decir que no? Porque si dices que no, los demás van a comenzar a alejarse de ti o incluso vas a tener más problemas que soluciones.

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Muchas veces aprendemos a tomar decisiones pensando primero en el otro: qué va a sentir, qué va a pensar, si se va a enojar o si se va a decepcionar. Y entonces empezamos a hacer cosas que no queremos solamente para evitar perder a alguien. La libertad emocional no se trata de que los demás nos den permiso para elegir. Se trata de reconocer que yo puedo decidir lo que quiero, lo que necesito y lo que estoy dispuesta a aceptar. Pero también necesito distinguir qué me corresponde a mí y qué le corresponde al otro.

Y aquí hay algo que para mí es muy importante: no solamente necesito aprender a decirle que no a los demás; también necesito aprender a decirme que no a mí.

Sé que suena extraño, porque normalmente pensamos en el límite como algo que ponemos hacia afuera. Pero si yo no soy capaz de detenerme, de respetar mis propias decisiones y de cumplir conmigo, difícilmente voy a sentir la seguridad para poner un límite a otra persona.

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Poder decirme “no voy a hacer esto”, “esto no me hace bien” o “hasta aquí” también es una forma de cuidarme y de demostrarme que puedo confiar en mí.

Decir no
Decir no / Pexels

Venciendo la culpa

Una de las cosas que más nos cuesta cuando empezamos a decir que no es la culpa. Muchas veces aprendimos que ser una buena persona significa ayudar, estar disponibles, convivir o hacer lo que los demás esperan.

Entonces, cuando no lo hacemos, podemos sentir que estamos haciendo algo malo. Por ejemplo, si desde pequeños nos hicieron sentir mal por no querer salir, convivir o hacer algo, podemos terminar aprendiendo que decir que no es ser groseros, egoístas o malos hijos.

Y después llevamos esa idea a nuestras relaciones de pareja, amistades o trabajo. Por eso hay una pregunta que puede ayudarnos mucho: ¿realmente hice algo malo o simplemente hice algo que la otra persona no quería? No es lo mismo. Alguien puede molestarse o decepcionarse con nuestra decisión y eso no significa que nosotros hayamos hecho algo incorrecto.

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También necesitamos distinguir entre decir que no porque ya estamos hartos y decir que no porque sabemos lo que queremos. El primero suele aparecer después de acumular enojo, cansancio y situaciones que no expresamos a tiempo. Es ese “¡ya no!” que sale cuando ya no podemos más. Pero no necesitamos llegar ahí. No necesito llegar al límite para poner un límite.

Puedo decir que no antes de estar enojada, antes de explotar y antes de acumular resentimiento. Y aunque al principio pueda aparecer culpa, podemos aprender a reconocer que sentirnos incómodos no significa que estamos haciendo algo malo. A veces solamente estamos haciendo algo diferente a lo que la otra persona esperaba de nosotros.

Impacto y práctica

Cuando empezamos a poner límites también empezamos a construir confianza en nosotros mismos. Podemos pensar: “Si algo pasa, yo puedo tomar una decisión. Si alguien me lastima, puedo reconocerlo. Si una relación empieza a hacerme daño, puedo hacer algo al respecto”.

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Algunas señales de que estamos perdiendo nuestra libertad aparecen cuando dejamos de saber qué queremos, perdemos nuestros propios planes o sentimos que no podemos hacer nada si la otra persona no está de acuerdo. Incluso podemos permanecer en una relación que vivimos como una condena porque creemos que solamente podremos salir cuando el otro termine la relación o sea quien ponga el límite.

Ahí vale la pena preguntarnos: ¿qué quiero yo?, ¿qué necesito yo?, ¿qué estoy aceptando solamente porque tengo miedo de lo que pueda pasar si digo que no?

Y podemos empezar a practicarlo de manera muy sencilla. Primero, identificar qué me pertenece: mis decisiones, mi tiempo, mi cuerpo, mis pensamientos, mis sueños y mis elecciones; y qué no me pertenece: lo que los demás sienten, piensan, interpretan o deciden.

Libertad de decir no
Libertad de decir no / Pexels

Después, reconocer qué cosas ya ocurrieron y cuáles sí puedo decidir que no vuelvan a pasar. Y finalmente, comenzar conmigo, con pequeños acuerdos personales. Por ejemplo: “No me voy a dormir después de las 11”. Parece algo pequeño, pero cuando cumplo lo que me prometí, empiezo a demostrarme que puedo confiar en mi propia palabra. También podemos practicar decir que no en voz alta: “No quiero”, “Esta vez no puedo”, “Prefiero no hacerlo”, “Hasta aquí”.

No necesitamos ser groseros ni dar explicaciones interminables. Un límite puede comunicarse con respeto sin convertirse en una negociación. Porque al final, decir que no no solamente es ponerle un límite a alguien más; también puede ser decirnos: “No voy a volver a pasar por encima de mí solamente para que alguien más esté bien.”

***

Alexandra Sarahí Salgado Pineda es psicóloga y fundadora de Stay Aware, espacio de acompañamiento psicológico individual y de pareja con cuatro años de trayectoria.

Cuenta con experiencia en terapia individual y de pareja, desde un enfoque psicodinámico, acompañando procesos orientados a una mayor consciencia, claridad y transformación.

@Stayaware.Psicologia

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