Bienestar

¿Mostrar las arrugas podría convertirse en un nuevo símbolo de estatus?

 • 8 minutos de lectura

Por años, borrar las señales del envejecimiento fue sinónimo de belleza y cuidado. Ahora, en ciertos círculos, conservar las líneas de expresión podría convertirse en un privilegio.

Resistirse al bótox

Resistirse al bótox

El bótox, los rellenos y otros tratamientos estéticos transformaron el rostro en un territorio susceptible a la intervención para conservar una apariencia joven. Mientras la industria de la belleza perfecciona las herramientas para retrasar visualmente el envejecimiento, comienza a surgir una paradoja: en ciertos círculos, mostrar las huellas del tiempo podría hablar de seguridad, privilegio y de una posición social que no necesita aparentar menos edad.

¿El envejecimiento también puede comunicar nuestro estatus social?

Durante décadas, la juventud se ha mantenido como uno de los grandes ideales de belleza. La industria cosmética y la medicina estética han multiplicado las opciones para suavizar arrugas, modificar determinados rasgos y mantener una apariencia asociada con la juventud. Sin embargo, en paralelo comienza a ganar fuerza otra idea: la de un rostro que no intenta borrar por completo las huellas del tiempo.

En determinados contextos, mostrar una arruga puede parecer sencillo, pero hacerlo sin que se interprete como descuido o falta de atención a la imagen también puede estar relacionado con la posición social, la seguridad personal y el capital profesional de quien la lleva.

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Envejecimiento
Envejecimiento / Pexels

El estudio From double to triple standards of ageing, publicado en Journal of Aging Studies en 2020, analizó la relación entre edad, género, apariencia física y clase social a partir de datos representativos de 1,600 personas. Sus resultados muestran que hombres y mujeres no experimentan de la misma manera las normas relacionadas con el envejecimiento. En particular, las mujeres tienden a otorgar mayor importancia a su apariencia y a experimentar con mayor intensidad la preocupación por los signos de la edad.

La investigación también encontró que las mujeres de clase trabajadora mostraban menor confianza respecto a su apariencia que las mujeres de clase alta. Al mismo tiempo, los autores plantean una paradoja: las personas de clase media-alta pueden estar menos expuestas a algunos efectos negativos asociados con el envejecimiento, pero también pueden experimentar normas más restrictivas respecto a cómo deberían envejecer.

Es decir, tener más recursos no necesariamente significa estar libre de la presión estética. En algunos casos, incluso puede aumentar la expectativa de mantener una determinada imagen.

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¿Quién puede permitirse mostrar el paso del tiempo?

Hablar de envejecimiento también implica hablar de las posibilidades que tiene cada persona para decidir cómo quiere enfrentarse a ello. No todos cuentan con los mismos recursos económicos, culturales o profesionales para cuidar su apariencia, ni todas las personas reciben las mismas respuestas sociales cuando muestran signos de edad.

El estudio sobre los llamados “triple standards of ageing” incorpora precisamente a la clase social en la conversación sobre el envejecimiento. Sus autores señalan que las personas de clase media-alta pueden contar con mayor capital social, cultural y económico para gestionar su apariencia, pero también estar sometidas a expectativas más exigentes que las impulsen a buscar soluciones antiedad.

Resistirse al bótox
Resistirse al bótox / Pexels

Por otro lado, una investigación publicada en The Journal of Craniofacial Surgery en 2024 analizó durante 15 años la relación entre desigualdad económica y gasto en cirugía estética y procedimientos mínimamente invasivos en Estados Unidos. El estudio encontró una correlación significativa entre la riqueza del 5 % de los hogares con mayores ingresos y el gasto total en este tipo de procedimientos.

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El dato no significa que las personas con mayores ingresos sean necesariamente quienes más recurren a tratamientos estéticos ni que la riqueza determine las decisiones individuales. Pero, permite observar que el consumo de procedimientos estéticos está relacionado con las desigualdades económicas y que el acceso a estas prácticas no ocurre en condiciones idénticas para toda la población.

Aquí aparece una contradicción interesante: quienes cuentan con más recursos pueden tener mayores posibilidades para modificar su apariencia, pero también pueden encontrarse ante una presión más fuerte para mantener determinados estándares de belleza.

¿Por qué mostrar las arrugas podría convertirse en un nuevo símbolo de estatus?

La apariencia no solo influye en cómo nos vemos a nosotros mismos; también puede modificar la manera en que otras personas nos perciben. Una investigación publicada en Aesthetic Surgery Journal analizó la percepción social de algunas personas antes y después de recibir tratamientos estéticos faciales y determinó que posterior a las intervenciones fueron percibidos por otros como sujetos más jóvenes, atractivos, saludables, exitosos y con un estatus social más elevado.

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Este resultado permite entender que los tratamientos estéticos no se relacionan únicamente con la percepción de belleza. También pueden influir en determinadas asociaciones sociales que hacemos a partir del rostro. Pero si una apariencia rejuvenecida puede generar determinadas percepciones, ¿qué ocurre cuando una persona decide no perseguirla?

Ahí aparece una nueva posibilidad. En una sociedad en la que existen cada vez más herramientas para modificar el aspecto físico, la decisión de conservar las arrugas puede adquirir un significado distinto. No porque las líneas de expresión sean, por sí mismas, un símbolo de riqueza, sino porque algunas personas pueden contar con suficiente reconocimiento, seguridad o capital social para no necesitar demostrar juventud a través de su apariencia.

Envejecer, nuevo signo de estatus
Envejecer, nuevo signo de estatus / Pexels

La lógica es parecida a la que ocurre con otros códigos de lujo: aquello que en un momento necesita ser visible para comunicar una posición puede comenzar a adquirir valor precisamente cuando deja de ser evidente. En este contexto, el nuevo lujo no necesariamente sería tener una piel sin arrugas. Podría consistir en transmitir seguridad, bienestar y cuidado sin que resulte evidente cuánto tiempo, dinero o recursos existen detrás de esa apariencia.

La idea de una belleza “natural” puede resultar engañosa. Una persona puede no recurrir al bótox ni a una cirugía estética y, al mismo tiempo, tener acceso a dermatólogos, cosméticos de alta gama, tratamientos preventivos, alimentación especializada, descanso, ejercicio o servicios de bienestar.

Incluso la apariencia que parece completamente espontánea puede estar respaldada por una serie de cuidados que no necesariamente son visibles. El verdadero cambio cultural podría estar, entonces, en que algunas personas ya no buscan que los demás sepan cuánto han invertido en su imagen, sino que el resultado parezca propio de ellas.

La conversación también puede observarse en algunas figuras públicas que han cuestionado abiertamente la obsesión por modificar el rostro o esconder los signos del envejecimiento.

Celebridades que han rechazado públicamente el bótox y otros procedimientos

Kate Winslet

La actriz británica es uno de los ejemplos más claros. En una entrevista con Glamour afirmó que nunca había probado el bótox ni otros procedimientos de ese tipo, además, defendió la movilidad y expresividad natural de su rostro.

Su postura resulta especialmente significativa dentro de una industria en la que la imagen tiene un peso considerable. Winslet ha cuestionado públicamente la presión para modificar la apariencia y ha defendido la posibilidad de envejecer sin convertir cada signo de edad en un problema que deba corregirse.

Meryl Streep

Meryl Streep también ha hablado públicamente sobre su rechazo al bótox y la cirugía estética. En una conversación de 2009 explicó que consideraba que el bótox podía limitar el movimiento del rostro, algo especialmente importante para una actriz que necesita utilizar sus expresiones para construir diferentes personajes.

Su postura introduce una dimensión interesante: las arrugas y las líneas de expresión no necesariamente tienen que entenderse como imperfecciones. En determinados contextos, también pueden formar parte de la expresividad y la identidad de una persona.

Emma Thompson

La actriz británica ha cuestionado públicamente la presión estética que lleva a las mujeres a intentar ocultar los signos del envejecimiento. Su postura se relaciona con una crítica más amplia y con la idea de que la edad debe ser invisible para que una mujer conserve atractivo o valor social.

En este sentido, su posición encaja con una conversación cada vez más amplia sobre la necesidad de replantear el concepto de belleza y dejar de entender el envejecimiento como algo que necesariamente debe corregirse.

Diane von Furstenberg

La diseñadora belga ofrece uno de los ejemplos más interesantes para hablar de estatus. En una entrevista con The Guardian afirmó que no había usado bótox, ni rellenos y que no había intervenido su rostro. Años antes, Harper’s Bazaar también había documentado que von Furstenberg no se había sometido a cirugía plástica y que incluso reivindicaba sus líneas de expresión.

Su caso resulta interesante porque no hablamos solamente de una celebridad, sino de una mujer con una trayectoria empresarial y un enorme capital cultural dentro de la moda. Su decisión de mostrar el paso del tiempo puede leerse, en este contexto, como parte de una imagen personal que no necesita apoyarse exclusivamente en la apariencia juvenil para comunicar éxito o sofisticación.

Helen Mirren

La actriz británica también ha cuestionado en numerosas ocasiones la obsesión con el envejecimiento. En entrevistas recientes ha defendido la idea de aceptar el paso del tiempo y ha criticado que mujeres jóvenes sientan que necesitan recurrir al bótox o a los rellenos.

Mirren tampoco plantea el envejecimiento como una renuncia al cuidado personal. Su postura es más amplia: se puede querer verse bien sin convertir la juventud en el único objetivo de la belleza.

La posibilidad de mostrar públicamente el paso del tiempo sin que esto perjudique la percepción social de una persona abre una conversación sobre privilegio, capital y estatus. Tal vez las arrugas no sean el nuevo lujo. Tal vez el verdadero privilegio esté en poder decidir qué hacer con ellas.

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