Cada año espero la llegada del Tour de Cine Francés a México. Para mí es una cita obligada porque la selección de sus películas me parece excelente; historias cercanas, personajes complejos y una forma muy particular de encontrar profundidad en lo cotidiano.
Este año, una de ellas es Abandonado, basada en la historia real de Samuel Paty, un profesor de historia y geografía asesinado y decapitado en Francia en 2020, después de que una mentira inventada por una adolescente se difundiera en redes sociales y lo convirtiera en blanco.
Lo que desencadenó todo fue que la alumna, para evitar una suspensión por mala conducta, construyó una historia en la que acusaba al maestro de haberla agredido y ofendido por su religión. Su padre creyó esa versión, comenzó a denunciar públicamente a Paty, la acusación circuló en redes y el profesor empezó a ser señalado no solo por los alumnos, sino también por colegas y padres de familia como alguien que había humillado deliberadamente a sus alumnos musulmanes.
La película sigue los once días anteriores a su asesinato y muestra cómo, mientras el problema crecía, Paty se iba quedando solo. Algunos padres protestaban, alumnos lo señalaban, colegas tomaban distancia y las instituciones reaccionaban sin la contundencia que la situación exigía. Ése es el verdadero sentido de Abandonado: todos veían lo que estaba ocurriendo, pero muy pocos estaban dispuestos a colocarse junto a él.
Y entonces lo mataron.
A partir de ese momento, el hombre al que pocos días antes se cuestionaba y se miraba con recelo dejó de ser un problema para convertirse en símbolo. Llegaron las flores, los homenajes, los discursos, la defensa pública de su figura. Su escuela terminaría llevando su nombre. Francia ya no discutía a Samuel Paty: lo honraba.
La paradoja resulta difícil de ignorar: muerto fue mucho más fácil defenderlo que vivo.
Nunca sabremos qué habría ocurrido si Samuel Paty no hubiera sido asesinado. Su reputación ya estaba dañada, algunos padres y alumnos desconfiaban de él y parte de su propio entorno profesional lo cuestionaba. No cuesta imaginar que hubiera terminado renunciando, cambiando de escuela o incluso de ciudad, o que la misma institución hubiera preferido apartarlo para evitar más conflictos. Y quienes pusieron en marcha la mentira habrían podido seguir ocultándola.
La muerte cambió todo eso. No cambió los hechos, pero sí el lugar que Paty ocupaba en su comunidad. Lo que un día antes podía discutirse adquirió de pronto otra gravedad. Los mismos acontecimientos fueron revisados desde otro lugar, las responsabilidades comenzaron a verse de otra manera y quienes habían participado en aquella cadena tuvieron que enfrentarse a sus propias decisiones. Algunos terminaron condenados por la justicia.
Sobran los casos de personas cuestionadas, rechazadas o ignoradas en vida que sólo después de morir fueron reconocidas de otra manera. En vida discutimos sus defectos, dudamos de sus motivos, recordamos sus errores, nos permitimos el resentimiento o la indiferencia. La muerte modifica esa proporción. Lo que molestaba pierde importancia, lo que admirábamos crece y la persona empieza lentamente a convertirse en el relato que hacemos de ella.
Muerto alguien, además, ya no puede decepcionarnos. Mientras vive seguimos midiéndolo, discutiéndolo, encontrándole defectos; la muerte cierra esa posibilidad y empezamos a aceptarlo entero, con una indulgencia que muchas veces no tuvimos en vida.
Ya no cambia de opinión, ya no contradice la imagen que construimos, ya no comete nuevos errores ni puede incomodarnos. Somos los vivos quienes elegimos qué recordar y qué dejar fuera. De esa selección nacen los homenajes, pero también los héroes, los mártires y, en algunos casos, las figuras que terminamos colocando en un pedestal que probablemente nunca les habríamos concedido mientras estaban aquí.
No necesariamente mentimos sobre ellos. Cambiamos la escala.
Una virtud que en vida nos parecía insuficiente puede volverse ejemplar; una valentía que no supimos reconocer adquiere otra dimensión; una persona a la que dejamos sola termina representando aquello que después aseguramos defender.
Eso es lo que más me sacudió de la historia de Samuel Paty. No sólo la mentira que inició la tragedia ni el abandono que vino después, sino la enorme diferencia entre el hombre que estaba vivo y necesitaba respaldo y el hombre muerto al que todos estuvieron dispuestos a honrar.
Los homenajes póstumos tienen esa contradicción: ofrecen cuando ya no hace falta aquello que muchas veces escatimamos cuando todavía podía importar. Las flores llegan, las palabras aparecen, el reconocimiento se vuelve generoso, pero el destinatario ya no está.
Por eso me gusta tanto esa frase sencilla que hemos escuchado toda la vida: en vida, hermano, en vida.
Decir lo que admiramos en vida. Demostrar el cariño. Defender. Acompañar. Reconocer. Dar las flores, también, en vida.
Porque después podemos construir monumentos, poner nombres en las escuelas y convertir a alguien en símbolo. Todo eso sirve para recordar. Pero la vida nos da otra oportunidad: aprender a reconocer, acompañar y querer a las personas mientras todavía podemos hacerlo.
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