Bienestar

Dos escalones hacia arriba y uno hacia atrás

Daphne Ibarguengoytia

 • 5 minutos de lectura

Cuando estamos convencidos de conocer la solución, dejamos de acompañar un proceso y comenzamos a exigir velocidad.

Dos escalones hacia arriba, uno hacia abajo

Tengo un gato muy huraño, de esos que nunca se deja agarrar. Mi hija lo encontró cuando era chiquito y desde entonces dejó muy claras las condiciones de nuestra relación. Su cariño no consiste en dejarse cargar ni en que lo acaricies. Es un gato que quiere a su manera y, de cierta forma, exige que nosotros hagamos lo mismo.

Hace tres semanas se salió de mi departamento.

No sabemos si salió por la puerta o se cayó por la ventana del segundo piso, pero finalmente lo encontramos abajo, en las áreas comunes del edificio. El problema no era encontrarlo, sino conseguir que regresara.

Cada vez que intentábamos acercarnos, escapaba. Si se sentía acorralado, se defendía con uñas y dientes hasta salir corriendo. Le pusimos una jaula-trampa con comida y consiguió comerse las croquetas sin quedar atrapado. A esas alturas empezábamos a entender que cualquier intento por obligarlo solo conseguía alejarlo más.

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Una noche lo escuché maullar cerca de mi balcón.

Bajé con una bolsa de croquetas y premios para gato y me senté en la escalera.

Le lancé un premio dos escalones más arriba. Él me miró, avanzó, se lo comió y retrocedió uno. Esperé, lancé otro. Subió dos escalones y volvió a bajar uno.

Así comenzó una negociación silenciosa que duraría casi tres horas.

Hubo momentos en los que permanecimos inmóviles, mirándonos. Yo sentada unos escalones arriba; él abajo, con el cuerpo tenso, midiendo cada movimiento. Me miraba a los ojos y después miraba la croqueta. Avanzaba. Dudaba. Retrocedía.

Yo sabía algo que al parecer, él no sabía: arriba estaba su casa. Ahí estaban su comida, sus cosas, el lugar donde dormía, la seguridad que llevaba días buscando. Lo escuchábamos maullar por las noches. Era evidente que necesitaba cobijo y, sin embargo, cada vez que intentábamos acercarlo a ese cobijo, huía.

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Eso era lo que más me desesperaba porque yo sabía exactamente hacia dónde tenía que ir. La puerta estaba ahí, a unos cuantos metros. Solo necesitaba seguir subiendo.

Pero él desconfiaba. Y la confianza tiene sus propios tiempos.

A ratos sentía que no avanzábamos. Si escuchaba el ruido del elevador, o la voz de algún vecino, salía corriendo y tenía que empezar de cero, volver a conquistarlo y comenzar el proceso; premio, escalón, escalón, otro premio, y así durante mucho tiempo, conteniendo mi urgencia de acercarme, tomarlo, y llevarlo sano y salvo a su casa.

Me parecía tan difícil respetar su ritmo cuando yo podía ver el destino con tanta claridad.

Finalmente llegamos arriba. Entré al departamento para pedirle a mi esposo que me ayudara a llamarlo. El movimiento asustó al gato y bajó un piso.

Otra vez.

La croqueta. La espera. La mirada. Dos escalones hacia arriba y uno hacia abajo.

Hasta que mi esposo se desesperó.

Bajó con una toalla grande y pesada para atraparlo a la fuerza. Su lógica era impecable: cubrirlo, inmovilizarlo y subirlo. En unos cuantos segundos podíamos resolver lo que yo llevaba horas intentando.

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Pero Tundra, el gato, tenía otra lógica. Sintió la toalla, se asustó, escapó y desapareció. Se fue y tardó 3 días en volver a aparecer.

El desenlace llegó unas semanas después. Hoy Tundra ya está con nosotros, pero toda esta historia me ha hecho pensar en que todos llevamos una toalla imaginaria bajo el brazo que utilizamos cuando vemos con absoluta claridad lo que alguien debería hacer y no conseguimos entender por qué no lo hace.

Cuando estamos convencidos de conocer la solución, dejamos de acompañar un proceso y comenzamos a exigir velocidad.

Usamos esa toalla con los hijos, con las parejas, con los amigos, con quienes trabajamos. También con nosotros mismos.

La paciencia suele entenderse como la capacidad de esperar. Después de aquella noche entendí que es algo bastante más complejo: La paciencia es aceptar que comprender el camino no nos concede autoridad sobre el tiempo que otro necesita para recorrerlo.

Podemos conocer la puerta y aun así no saber cuánto miedo le produce al otro llegar hasta ella.

Entonces surge la necesidad de usar la toalla. Queremos evitar sufrimiento, proteger, ahorrarles a quienes queremos un error que nosotros ya alcanzamos a ver.

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Pero cuidar y conducir no son la misma cosa. Cuidar también exige soportar la impotencia de no poder hacer por el otro aquello que solo el otro puede hacer.

Esa noche yo estaba convencida de que mi gato necesitaba llegar a casa. Lo que no podía decidir por él era cuándo iba a sentirse suficientemente seguro para subir el siguiente escalón. Y ahí está la parte que más trabajo me cuesta aceptar: tener razón sobre el destino no significa tener razón sobre la manera de llegar.

Hay algunos procesos que se destruyen cuando intentamos acelerarlos y la confianza es uno de ellos.

La confianza se construye de una forma poco espectacular: una croqueta, un escalón, una espera. No tiene la eficacia inmediata de una toalla. No garantiza resultados. Pero permite algo mucho más importante: que el otro avance sin dejar de sentir que el movimiento le pertenece.

Desde aquella noche intento recordar esa escalera cuando me descubro queriendo sacar la toalla. Dejar de mirar obsesivamente la puerta. Volver a mirar el siguiente escalón. Y entender que avanzar no siempre implica ir hacia adelante.

A veces son dos escalones hacia arriba y uno hacia atrás.

Sigue leyendo Esquinas del tiempo de Daphne Ibargüengoytia:

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