Bienestar

Antes de que suene la sirena

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 4 minutos de lectura

"La urgencia no nace cuando llega la ambulancia; comienza mucho antes, cuando todavía nadie escucha la sirena".

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antes de que suene la sirena
Pexels

Hoy me encuentro en medio de dos generaciones que me confrontan con dos maneras muy distintas de ver la vida.

De un lado están los adultos mayores, quienes ya enfrentan las consecuencias de las decisiones que tomaron –o dejaron de tomar– a lo largo de su vida. Del otro están los adultos jóvenes, para quienes la enfermedad, la vejez, la pérdida económica y la dependencia todavía parecen posibilidades muy lejanas.

Yo estoy en la generación que empieza a ver las consecuencias hacia atrás y, al mismo tiempo, intenta advertir los riesgos hacia adelante. No es que mi generación sea más inteligente, más responsable o previsora. Simplemente hemos vivido lo suficiente para comprender que aquello que parecía improbable también sucede.

Y, aun así, muchas veces tampoco actuamos.

¿Por qué nos cuesta tanto ver hacia adelante?

¿Por qué, aunque conozcamos historias de enfermedades, accidentes, quiebras, separaciones o pérdidas, seguimos pensando que eso solamente les pasa a otros?

No se trata de pensar que todo va a salir mal, sino de entender que muchas veces la urgencia empieza mucho antes de que nos demos cuenta.

Hace unos días supe que la amiga de mi hija que, con apenas veinte años, está organizando una colecta para pagar la hospitalización de su padre, quien sufrió un accidente. Él no contaba con un seguro de gastos médicos y ahora su hija está buscando recursos por todos los medios posibles.

No conozco las circunstancias completas de esa familia. Seguramente no podían pagar una protección médica, o como tantas personas, confiaron en que algo así nunca les ocurriría.

Pero la imagen de una joven comenzando su vida adulta mientras intenta reunir dinero para salvar a su padre me dejó muy incomoda y me hace poner en la mesa esta reflexión.

Así funcionamos la mayoría de las personas. Hay quienes no, y los admiro y aplaudo, pero, en general, somos capaces de hacer verdaderas proezas cuando aparece una urgencia. Vendemos, pedimos prestado, organizamos colectas, dejamos el trabajo, cancelamos planes y, si es necesario, comprometemos años enteros de nuestra propia vida para rescatar a quien amamos.

Pero cuando no hay una urgencia visible, ese chip se apaga. Nos cuesta mirar hacia adelante, prevenir y actuar antes de que el problema ya esté encima.

Es como si necesitáramos que llegara la ambulancia para reconocer que había una urgencia.

Mientras no existe una sirena, una necesidad, un diagnóstico, o una amenaza inmediata, preferimos creer que todavía no pasa nada. La prevención nos parece innecesaria; el rescate, en cambio, se vuelve inevitable.

¿Por qué estamos dispuestos a todo para rescatar, pero no para prevenir?

Y no hace falta pensar solamente en una enfermedad o en una tragedia. Esta incapacidad para mirar hacia adelante aparece también en decisiones mucho más cotidianas. Un ejemplo sencillo es la compra de un automóvil: en vez de ahorrar mes con mes y prepararnos para comprarlo, muchas veces nos embarcamos en un crédito y terminamos pagando muchísimo más de su valor. Yo incluida.

Creo que también existe un componente cultural. Tengo un amigo suizo que, desde muy joven, adquirió el hábito de ahorrar el veinte por ciento de sus ingresos. Hoy vive su edad adulta con una tranquilidad económica que construyó durante años.

Los mexicanos, en cambio, solemos confiar mucho más en nuestra capacidad de improvisar. Sabemos que algún día llegará la vejez, pero la sentimos tan distante que no siempre nos ocupamos de prepararla. Pensamos que después habrá tiempo, que de alguna manera resolveremos o que la familia estará ahí para ayudarnos. Y probablemente lo estará. El problema es que, cuando ese momento llega, muchas veces ya no queda espacio para planear: solamente para reaccionar.

No es mi intención etiquetar a los jóvenes o a los mexicanos, siempre hay excepciones, la reflexión es para quien le quede el saco, tenga la edad o la nacionalidad que tenga. No esperemos a que el ingreso desaparezca, a que un accidente venga a cambiar todo y mucho menos a llegar al momento en que ya no podemos resolverlo.

A mí en lo personal me hubiera gustado tener esta conciencia mucho más joven.

Ahora, desde esta generación de en medio, empiezo a comprender que la urgencia no nace cuando llega la ambulancia, comienza mucho antes, cuando todavía nadie escucha la sirena.

Comienza con una molestia que ignoramos, con una deuda que crece lentamente, con un seguro que seguimos posponiendo, con una relación que dejamos de cuidar, con una conversación que evitamos o con un cuerpo que lleva tiempo pidiendo atención.

No todo puede prevenirse. Existen accidentes, enfermedades y pérdidas que ocurren, aunque hayamos actuado responsablemente. Tampoco todas las personas cuentan con los mismos recursos ni con las mismas oportunidades para protegerse.

Prevenir no significa garantizar que nada malo sucederá. Significa no llegar completamente desarmados.

A veces prevenir será ahorrar. Otras veces será acudir al médico, organizar documentos, moderar un gasto, pedir ayuda, cuidar un vínculo, revisar una decisión o aceptar que nuestras circunstancias actuales no durarán necesariamente para siempre.

La prevención no siempre cuesta dinero. Muchas veces cuesta disciplina, incomodidad, humildad o la renuncia a seguir fingiendo que no pasa nada.

La urgencia visible nos obliga. La invisible nos permite evadir o elegir, depende de cada uno. Y mientras creemos que podemos elegir mañana, encontramos mil razones para no actuar hoy.

Hasta que llega la llamada, aparece el diagnóstico o suena la sirena.

Necesitamos aprender a amar también hacia adelante: no solamente estar dispuestos a perderlo todo para rescatar a quienes queremos, sino hacer hoy aquello que podría evitar que mañana ellos tengan que perderlo todo por nosotros.

Y es que la verdadera urgencia casi nunca empieza cuando todos corren. Empieza antes, cuando todavía podemos prevenir, pero no lo vemos, no lo creemos o simplemente no lo convertimos en prioridad.

julio 17, 2026 10:44 a. m. • 3 minutos de lectura

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