Bienestar

La otra moraleja de Esopo

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 3 minutos de lectura

Porque una palabra o un comentario pueden herir. Pero quien la recibe todavía tiene una elección.

Compartir:

la otra moraleja de esopo
Unsplash

En estos días de fiebre mundialista, una declaración desafortunada de un periodista argentino sobre los mexicanos desató una discusión que rápidamente cruzó las redes sociales. En cuestión de horas aparecieron respuestas de personas ofendidas e indignadas que alimentaron una conversación que parecía no tener fin. Días después llegó la disculpa del periodista, pero tristemente el daño ya estaba hecho. Una sola frase fue suficiente para convertir un prejuicio individual en una discusión colectiva.

Bastó una palabra para prender el fuego, pero ni todas las disculpas alcanzan para extinguirlo.

Entonces recordé la vieja fábula de Esopo que cuenta que su amo, Xantus, le pidió ir al mercado y traer el mejor alimento que pudiera encontrar para ofrecer un banquete a unos invitados importantes. Esopo volvió con un solo platillo: lengua, y todos los comensales quedaron maravillados.

Cuando le preguntaron por qué había elegido precisamente eso, respondió que no existía nada mejor. Con la lengua se enseña, se persuade, se construyen acuerdos, se expresa el amor, se canta, se reza y se transmite el conocimiento. ¿Qué podía haber más valioso?

Días después, el mismo amo recibió a unos visitantes que le desagradaban y pidió a Esopo que sirviera lo peor que encontrara en el mercado. Esopo regresó, otra vez, con lengua.

Sorprendido, Xantus le reclamó.

Esopo respondió que tampoco existía nada peor. Con la lengua se miente, se calumnia, se humilla, se destruyen amistades, se provocan guerras y se siembra el odio.

La misma lengua. El mismo instrumento. Capaz de construir lo mejor y de provocar lo peor.

Pensé que, si Esopo escribiera hoy esa historia, cambiaría la moraleja. Las palabras siguen teniendo el mismo poder para construir o destruir. Lo que ha cambiado es que nunca había sido tan fácil convertir una frase aislada en un fenómeno colectivo. En esta época digital basta un solo clic para que un comentario termine recorriendo el mundo en cuestión de minutos.

Hay personas que provocan deliberadamente porque saben que la indignación genera audiencia. Muchas veces, su verdadero negocio no son las ideas, sino provocar nuestra atención. Y nosotros, casi sin darnos cuenta, hacemos el resto. Compartimos el video para criticarlo, reenviamos la publicación para condenarla, escribimos nuestra opinión para demostrar que estamos del lado correcto. Sin advertirlo, terminamos amplificando aquello mismo que decimos rechazar.

Lo más curioso es que rara vez ocurre al revés.

Si alguien publica un mensaje generoso, inteligente o conciliador, difícilmente alcanza la misma velocidad. Las palabras que unen casi nunca se viralizan con la facilidad con la que lo hacen las que dividen.

Y es que el conflicto siempre ha resultado más atractivo que la armonía. No es casualidad. Nuestro cerebro evolucionó para detectar y responder con mayor rapidez a las amenazas que a las buenas noticias. Durante miles de años, identificar un peligro antes que los demás aumentó las posibilidades de sobrevivir. Ese sistema sigue instalado en nuestro cerebro. La diferencia es que, cuando la amenaza no es un animal salvaje sino una declaración polémica, un insulto o un escándalo, nuestra atención se dirige hacia ella casi de manera automática.

Así terminamos dedicando una enorme cantidad de tiempo, energía y conversación precisamente a aquello que decimos detestar.

Yo, como muchos mexicanos que nos sentimos ofendidos con aquel comentario, también caí en la trampa. Mi primera reacción fue reenviar el video a mis grupos de WhatsApp para denunciar al periodista. Hasta que me di cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que esa declaración necesitaba: darle más difusión. No estaba cambiando la conversación; simplemente estaba contribuyendo a que llegara a más personas.

Reconocer ese mecanismo también nos devuelve una parte de nuestra libertad. No siempre podremos controlar lo que alguien decide decir. La libertad de expresión implica aceptar que habrá opiniones inteligentes y otras irresponsables.

Porque una palabra o un comentario pueden herir. Pero quien la recibe todavía tiene una elección.

Esopo tenía razón: la lengua puede ser el mejor o el peor de los instrumentos. Pero no podemos decidir cómo la utilizan los demás. Lo que sí podemos elegir es si esas palabras terminan en nosotros o continúan su camino a través de nosotros. Porque ningún conflicto se sostiene con una sola voz, sino con muchas dispuestas a repetirla.

julio 03, 2026 05:42 a. m. • 4 minutos de lectura

Lee más de Esquinas del tiempo de Daphne Ibargüengoytia dando clic aquí.

Suscríbete a nuestro Newsletter y mantente al día.

Utilice un correo válido
X