Vivimos en una época en la que cada vez delegamos más nuestra percepción. Usamos Waze y dejamos de orientarnos. Usamos aplicaciones, relojes, anillos y sensores para que nos digan cuántos pasos dimos, cómo dormimos, cuántas calorías quemamos, cómo está nuestro ritmo cardiaco o incluso, que tan estresados estamos.
Y, sin embargo, muchas veces no sabemos leer lo más inmediato: nuestro propio cuerpo.
Hace unos días una amiga me contó que fue a ver al dermatólogo. No tenía una molestia, ni se había visto nada raro, pero quería checarse porque hacía mucho que no lo hacía. La revisaron y le encontraron nada más y nada menos que un melanoma en la espalda.
Le pregunté qué la había llevado a sacar la cita.
“No sé”, me contestó. “Lo tenía pendiente desde hace mucho, me iba a ir de viaje y, como tengo antecedentes familiares de cáncer de piel, decidí sacar la cita antes de irme”.
Lo curioso es que el médico le dijo que había llegado justo a tiempo; uno o dos meses más y se hubiera convertido en un problema. El melanoma ni le dolía ni lo sentía. Además, estaba en la espalda, así que tampoco se lo podía ver.
Y entonces me vino a la mente un concepto que escuché recientemente: conciencia interoceptiva. Es la capacidad de percibir lo que ocurre dentro del cuerpo, e interpretar esas señales con cierta inteligencia: darles contexto, reconocer patrones y distinguir entre lo que es normal en uno mismo y lo que no lo es.
Puede ser intuición, o una forma finísima de atención. Una voz interna que insiste: voltea a verte.
La conciencia interoceptiva no es magia. Tampoco es diagnóstico. Es aprender a notar qué se repite, qué empeora, qué mejora, qué aparece después de ciertos alimentos, después de dormir poco, después de un medicamento, después del calor, o después de sostener demasiado tiempo una tensión.
Porque el cuerpo no es caprichoso. El cuerpo tiene congruencia. A veces no entendemos su lógica, pero eso no significa que no exista. La medicina necesita parámetros generales, pero la vida sucede en cuerpos particulares. No todos descansan, digieren, se inflaman o reaccionan igual al estrés, al miedo, a los alimentos o a los medicamentos.
Durante mucho tiempo hemos tratado la salud de una manera pasiva. Uno iba al doctor, entregaba el cuerpo como quien entrega un aparato descompuesto y esperaba una solución. El médico sabe, estudia, interpreta, diagnostica, pero no vive dentro de nuestro cuerpo.
La relación con la salud tendría que cambiar. Sin sustituir al médico, desde luego, pero sí haciendo equipo con él. La experiencia del paciente también es información. Y entre más clara y ordenada sea esa información, más posibilidades tiene el médico de entender lo que está pasando.
Una de mis hijas lleva tiempo con un sueño extremo. Un cansancio desesperante, que ha ido en aumento. Al principio pensé que era propio de la adolescencia, pero esta pasó y el sueño continuó, al punto de empezar a afectar su vida diaria. Hemos ido a ver neurólogos, psiquiatras, psicólogos, somnólogos. Salíamos de las consultas frustradas porque no aparecía una causa evidente y, cuando eso ocurre, aparecen salidas fáciles: mejora tu higiene del sueño, tal vez sea estrés, tal vez depresión.
Pero cuando algo se repite durante demasiado tiempo, cuando altera la vida, cuando quien lo vive sabe que eso no es normal en su cuerpo, hay que tomarlo en serio.
Entonces le dije: no puedes dejarle toda la responsabilidad al médico. La responsabilidad de tu salud es tuya y tu debes tomar el control de ella.
Así que se puso a armar un expediente meticuloso. Fechas, estudios, síntomas, cambios, medicamentos, momentos en que empeoraba, momentos en que mejoraba; todo para darle al doctor una película y no sólo una escena.
Cuando llegó con ese expediente al nuevo neurólogo, éste se sorprendió. Nos dijo que nunca, en los años que llevaba de ejercer medicina, había llegado un paciente con tanta información y tan involucrado en su padecimiento.
Esa respuesta me dio mucho que pensar. Estamos acostumbrados a delegar nuestro cuerpo. A sentarnos frente al médico como si no tuviéramos nada que aportar sobre nuestra propia experiencia. A veces ni siquiera sabemos para qué son las medicinas que nos recetan o qué significan los niveles que tenemos fuera de rango.
Pero nadie tiene más información de nuestro cuerpo que nosotros mismos. No hablo necesariamente de un archivo clínico. Hablo de un archivo vivo: qué nos apaga, qué nos enciende, qué nos inflama, qué nos calma, qué nos agota, qué nos devuelve claridad, qué se repite, qué cambió, qué dejó de sentirse normal.
La conciencia interoceptiva, entendida así, no es una moda de bienestar ni una frase bonita sobre escuchar al cuerpo. Es una manera de participar en nuestra propia salud sin sustituir a la ciencia, pero tampoco renunciando a nuestra experiencia.
La salud empieza en la capacidad de no vivir ajenos a nosotros mismos.
Por eso, aprender a convertir la información que nos da nuestro cuerpo en conocimiento puede ser una de las herramientas más inteligentes para nuestro bienestar físico. La tecnología hace maravillas, sí, pero hay algo que ningún reloj, aplicación o algoritmo puede sustituir: la capacidad de hacer contacto con nuestro propio cuerpo, escucharlo con atención y reconocer, desde adentro, cuando algo nos está pidiendo cuidado.
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