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Los bares LGBT+ y la historia de una libertad que empezó de noche

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De El Nueve a La Purísima, los bares LGBT+ han sido mucho más que lugares para salir de fiesta: espacios donde una comunidad encontró libertad, identidad y un lugar para ser ella misma.

Clientes habituales disfrutan de la noche en el legendario Disco Bar 'El Nueve' a mediados de los años 80.

Para muchas personas LGBT+, salir a un bar no siempre significó simplemente ir a bailar, tomar algo o conocer gente. Durante décadas, estos espacios fueron de los pocos lugares donde podían encontrarse con otras personas, expresarse y vivir su identidad con un poco más de libertad.

Y aunque hoy salir a un antro pueda parecer algo completamente normal, llegar hasta aquí tomó varias décadas.

La noche como refugio

Uno de los momentos que cambió para siempre la historia de los espacios LGBT+ ocurrió en Nueva York. En 1969, una redada policial en el Stonewall Inn provocó una serie de protestas que se convirtieron en uno de los principales símbolos del movimiento de liberación LGBT+.

Pero la importancia de estos lugares iba más allá de la fiesta. Para muchas personas eran espacios donde podían conocer a otros, hablar de sus experiencias y sentirse parte de una comunidad.

En México, la historia tomó su propio camino. Durante los años setenta, las redadas, la discriminación y las llamadas faltas a la moral hacían que muchos bares funcionaran casi a escondidas. Entrar podía significar mirar hacia ambos lados antes de cruzar la puerta y procurar que nadie conocido te viera.

La noche se convirtió así en una especie de refugio.

Boy Bar Drag Queens
Drag performers pose for a group portrait at Boy Bar in New York City, New York. / Getty Images

El Nueve lo cambió todo

En 1977 abrió El Nueve, en Londres 156, en la Zona Rosa. El bar, fundado por Henri Donnadieu y Manolo Fernández, comenzó como un espacio dirigido principalmente a la comunidad homosexual, pero poco a poco se convirtió en algo mucho más grande.

Aquí convivían artistas, escritores, músicos, intelectuales, drag queens y miembros de la comunidad LGBT+. Había cabaret, transformismo y noches dedicadas al rock.

Por su pequeño escenario pasaron bandas que después serían importantes para la música mexicana, como Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, El Personal y proyectos que terminarían convirtiéndose en En 1977 abrió El Nueve, en Londres 156, en la Zona Rosa.

Henri Donnadieu, Naná y Alejandra Bogue al interior de 'El Nueve'
Henri Donnadieu, Naná y Alejandra Bogue al interior de 'El Nueve' / Armando Cristeto Patiño

Aquí convivían artistas, escritores, músicos, intelectuales, drag queens y miembros de la comunidad LGBT+. Había cabaret, transformismo y noches dedicadas al rock.

Por su pequeño escenario pasaron bandas que después serían importantes para la música mexicana, como Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, El Personal y proyectos que terminarían convirtiéndose en Café Tacvba y Caifanes.

También fue un punto de encuentro para publicaciones, artistas y distintas escenas contraculturales.

Otro beso
Una pareja comparte un beso en el interior del legendario Bar El Nueve. / Pedro Meyer

Lo interesante es que El Nueve terminó cuestionando la idea del bar LGBT+ como un espacio cerrado. La intención de Donnadieu era que la gente pudiera entrar sin tener que esconderse.

El lugar cerró definitivamente en 1989, después de años de clausuras, redadas y una época marcada también por la llegada del VIH/SIDA. Pero su historia quedó como uno de los capítulos más importantes de la vida nocturna LGBT+ en México.

La libertad también llegó a Neza

En 1984 abrió Spartacu’s, en Ciudad Nezahualcóyotl, un espacio que llevó la escena LGBT+ a una zona popular de la periferia.

Su propuesta era mucho más desinhibida: espectáculos de imitación, drag, música, bailarines y una mezcla de públicos que incluía tanto a personas LGBT+ como heterosexuales.

El lugar también dio un espacio importante a la comunidad trans y terminó convirtiéndose en una referencia de la vida nocturna de Neza.

Incluso artistas como Rocío Dúrcal y Paquita la del Barrio pasaron por ahí, mientras que Fangoria utilizó el lugar para grabar el video de “Criticar por criticar”.

Más allá de lo extravagante de sus espectáculos, Spartacu’s mostró algo importante: la vida nocturna LGBT+ no pertenecía únicamente a la Zona Rosa ni a las zonas más acomodadas de la ciudad.

Paquita la del Barrio, ganador de la Tanga y Jorge Cruz Garfías
Paquita la del Barrio, ganador de la Tanga y Jorge Cruz Garfías.

De la Zona Rosa a República de Cuba

Con el paso de los años, la escena se fue moviendo. La Zona Rosa siguió siendo un punto importante, pero el Centro Histórico comenzó a ganar protagonismo.

En República de Cuba aparecieron lugares como Marrakech Salón, mejor conocido como El Marra, que apostó por una idea mucho más relajada: precios accesibles, cero códigos de vestimenta y una mezcla de gays, heterosexuales, bisexuales, personas queer y curiosos.

Después llegó La Purísima, que llevó la estética todavía más lejos.

Aquí la iconografía religiosa mexicana se mezcló con luces, drag, música, perreo y una estética completamente kitsch. Lo que alguna vez fue utilizado para señalar o juzgar ciertas formas de vivir la sexualidad ahora aparecía reinterpretado dentro de una pista de baile.

Y esa quizá es una de las cosas más interesantes de la noche LGBT+ actual: ya no existe una sola manera de vivirla.

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La noche también cuenta nuestra historia

Los bares LGBT+ son mucho más que lugares para salir. Son parte de la historia cultural de una comunidad que durante mucho tiempo tuvo que encontrar sus propios espacios para reunirse.

Desde los pequeños bares clandestinos hasta los antros llenos de luces, drag, música y perreo, cada generación ha construido su propia versión de esa libertad.

Y quizá por eso seguimos saliendo: porque detrás de una noche de fiesta también está la posibilidad, cada vez menos extraordinaria, de entrar por una puerta y no tener que esconder quién eres.

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