Los libros de mi club de lectura se están apilando en mi buró. Mientras tanto, leo otros que me atraen más. Me encanta leer y tengo poco tiempo, pero sigo queriendo ir a las reuniones: disfruto las conversaciones y quiero a las personas con quienes las comparto. He seguido asistiendo, aunque no siempre haya leído el libro, y empiezo a preguntarme qué sentido tiene participar sin compartir la lectura. He pensado en dejar de ir, pero no quiero perder esos encuentros de tantos años. Nunca imaginé que elegir un libro pudiera ponerme a pensar tanto en lo que cuesta pertenecer.
Ahí empezó esta reflexión. A veces seguimos haciendo algo porque todavía queremos lo que viene con ello. Y reconocerlo cuesta. Nos gustaría que el cariño bastara para mantener intactos los encuentros, las costumbres, nuestro sitio entre los demás. Pero estar presentes requiere tiempo y disposición, y no siempre tenemos ganas de darlos de la misma manera.
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En mi club nadie me está reclamando nada; soy yo quien está haciendo cuentas. Pero hay relaciones en las que cambiar nuestra manera de participar también provoca una reacción del otro.
A veces construimos nuestro lugar en la vida de los demás alrededor de lo que damos: nuestra presencia, nuestra disposición, nuestra capacidad de adaptarnos. Con el tiempo, quienes nos rodean empiezan a contar con esa disposición como si siempre fuéramos a tenerla. Y quizá nosotros también estamos a gusto en ese papel. Pero un día queremos algo distinto, y lo que para nosotros es una decisión propia, para alguien cercano puede sentirse como una falta de cariño. Su disgusto o su distancia nos duelen y podemos terminar haciendo algo que ya no queremos para que todo vuelva a estar bien. Así, lo que antes hacíamos con gusto empieza a pesar como una condición para seguir siendo parte.
En mi club, al menos, sabemos qué nos reúne. En una amistad resulta mucho más difícil reconocer qué espera cada una y cuánto puede ceder sin sentirse incómoda consigo misma.
Una gran amiga está tomando una decisión que me preocupa. Me gustaría estar de acuerdo con ella, pero no lo estoy. Se lo digo porque la quiero y quiero ser honesta, pero percibo su enojo y siento que se aleja.
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Entonces empiezo a pensar cómo decirlo, cuándo decirlo, si vale la pena volver a tocar el tema. Conocerla me ayuda a cuidar mis palabras, pero también me permite anticipar cuáles le gustaría escuchar. Y ahí aparece una tentación: darle por su lado para que podamos estar bien. Me ahorraría la incomodidad del momento. No sé cómo me sentiría después, sabiendo que fingí estar de acuerdo con algo que me preocupa.
También puedo escuchar más, cuidar el tono y entender que hay momentos en los que una necesita compañía antes que consejos. Quiero aprender a acompañarla de esa manera. Lo que me cuesta es distinguir cuándo estoy siendo considerada y cuándo estoy callando por miedo a esa distancia.
Pero mientras reviso lo que estoy dispuesta a dar, también tengo que mirar lo que espero recibir. ¿Me basta con que mi amiga me escuche o necesito que termine dándome la razón? Si su decisión sigue siendo la misma, ¿puedo aceptar que me tomó en cuenta y aun así eligió otra cosa? Sería injusto pedir libertad para decir lo que pienso y luego sentirme ofendida porque ella no piensa igual.
Pertenecer también exige aceptar esa incomodidad. Hacerle sitio a una respuesta que no nos gusta, así como esperamos tener sitio cuando somos nosotros quienes la damos. De otro modo, podemos terminar rodeados de personas que saben complacernos y cada vez se atreven menos a decirnos algo propio.
Sigo sin resolver qué voy a hacer con mi club. Los libros están ahí y yo sigo queriendo esos encuentros. También quiero seguir cerca de mi amiga sin que ninguna tenga que fingir un acuerdo. Me gustaría conservarlo todo, pero empiezo a entender que tendré que aceptar alguna pérdida. Lo que necesito decidir es a qué puedo renunciar sin quedarme en un lugar donde, para seguir siendo parte, tenga que dejar demasiado de mí fuera.
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