Ese video que se hizo tan viral el año pasado, aquél en el que una novia gritaba “Perdónenme todos, no acepto”, y que tiene una historia muy macabra detrás, es un ejemplo perfecto para hablar de la angustia que sienten tanto la novia como el novio a la hora de pararse en el altar.
Piénsalo, en teoría, estás rodeado de las personas más importantes de tu vida, y al tiempo que representan tu entorno, también representan una fracción de la sociedad, y frente a esa corte casi siempre justa, debes recitar:
“Yo, __, te tomo a ti___ como esposa/o, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y honrarte todos los días de mi vida”.
¡Qué presión! No obstante, de dónde se desprenden, realmente, el nervio, la duda y la angustia que sentimos antes de dar el ¡Sí, acepto!
En entrevista para Revista Central, el psiocoanalista y filósofo Abner León nos habló un poco sobre eso...
El peso de las instituciones; desde los issues familiares hasta la presión social

De acuerdo con nuestro experto, nuestros deseos de amor se cultivan en el seno familiar y terminan de replicarse a lo largo de nuestra vida de forma inconsciente.
Al momento de dar el “Sí” (lo cual puede ser desde que se inicia la relación hasta el momento de estar de pie en el altar) se genera tensión porque no sabemos qué tanto deseamos embarcarnos en el matrimonio por deseo y qué tanto por la impronta familiar.
Cuando estamos sujetos a la crianza y los valores familiares, el acto de casarse deja de ser una decisión libre y se convierte en una condición obligada; ¿aquello que nos inculcaron es lo que realmente deseamos?
En cuanto a la presión social, nos enfrentamos a una institución irrefrenable que, por mucho que nos sintamos anarquistas, el medio en el que nos desarrollamos muchas veces determina nuestras decisiones, el ejemplo más claro es el matrimonio.
Pensémoslo así; una pareja puede vivir comprometida con la relación y tener una vida ideal, pero para la sociedad no es una pareja bien consolidada porque no han pasado por el trámite burocrático que te aprueba ante la sociedad como “una pareja bien establecida”.
Y ni hablar de la “edad ideal” para casarte, porque de ahí deriva la idea de la familia. Si una pareja decide casarse después de los 40, ya no se cumple el segundo propósito del matrimonio, que es reproducirse. Y eso, al Estado, no le sirve.
Ya lo decía Shakira:
Las mujeres se casan siempre antes de 30
Si no vestirán santos y aunque así no lo quieran
Y en la fiesta de quince es mejor no olvidar
Una fina champaña y bailar bien el vals..
El matrimonio como transacción; el señor capitalista y la señora burocracia

Bodas: ¿Qué se necesita para casarse por lo civil?
En estos tiempos en los que el capitalismo y el consumismo nos tienen dominados, nos cuenta nuestro experto, cualquier vínculo se mide por su practicidad y utilidad material. Muchas parejas se construyen a partir de visiones y proyecciones económicas (ya sea en conjunto o en beneficio particular) y cuestiones patrimoniales.
El capitalismo nos exige estabilidad económica y nos inserta la urgencia de crear un futuro mejor que vivir en la indigencia por falta de prestaciones... como la jubilación.
Cuando, antes de llegar al altar, nos asalta la angustia, también se debe al temor de que, negarse al matrimonio, nos llevaría por un camino extenuante y solitario de crear un patrimonio sólido con nuestros propios y limitados recursos.
En términos financieros, no casarse significa quedarse a la deriva económica, nos condena al aislamiento y a la marginación social.
La burocracia, pareja inseparable del capitalismo, facilita todo para los matrimonios; desde el seguro médico, pensiones y otras prestaciones (como ese incentivo para los recién casados o padres primerizos); si eres soltero, ya te puedes formar en la fila de los rechazados y sentarte a esperar la muerte, porque la atención va a tardar.
El salto de fe; amor, ritos y fiesta

Y ¿qué tanto tiene que ver el amor en la decisión de casarse? Una vez que nos descubrimos ataviados y listos para unir nuestra vida a ese otro, se nos empieza a despejar el idealismo del “juntos para siempre” y la realidad empieza a reclamar terreno.
¿Qué tan dispuestos estamos a aceptar en nuestra vida a ese otro ser? ¿Amamos su alteridad, su condición individual, sus faltas y sus imperfecciones? Ahí, en el altar, ¿estamos preparados para aceptar la realidad de nuestra relación y cuestionar su solidez o es mejor lanzar un “sí, acepto” y que el show continúe?
Porque sabemos bien, y si no lo intuimos, que al casarnos estamos renunciado a nuestra subjetividad, y es justamente el peso de esta renuncia lo que nos hace dudar tanto.
Por si fuera poco, este ideal del “amor eterno” y la “pareja perfecta” debe sostenerse ante las decenas de invitados en ese acto simbólico y ritual que representa el matrimonio. La sacralidad, la trascendencia, las memorias y el futuro del matrimonio se condensan en apenas unas horas de celebración... es suficiente para hacer temblar de miedo hasta al más valiente.
Una prueba de este nerviosismo que genera el mantener la proyección de amor y felicidad es el ejemplo que nos dio nuestro experto: los novios rara vez se sientan a disfrutar de su banquete de bodas. ¿Por qué? Porque hay que atender a los invitados primero y hacerles saber que se encuentran celebrando el amor, la familia y la amistad.
Si ni siquiera el deseo de comer se satisface el día de la boda, ¿de verdad deseamos casarnos?