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El comensal zurdo

Oswaldo Oliva

 • 4 minutos de lectura

Ser zurdo es vivir dentro de un mundo que no te estaba esperando. Hay quienes convirtieron la singularidad en ventaja. Hay quienes hacen de ella un trabajo de hospitalidad.

el comensal zurdo

Getty Images

Corría el inicio del siglo XVI, en la frontera entre Escocia e Inglaterra, cuando las disputas todavía se resolvían a filo de espada. Los hombres de armas pasaban buena parte de su vida entrenando, y casi siempre lo hacían frente a un rival diestro. En ese contexto, un guerrero zurdo gozaba de una ventaja silenciosa: su oponente probablemente nunca se había enfrentado a alguien como él. El cambio de mano altera los ángulos de ataque y, con ellos, toda la lógica de la defensa. Lo que en cualquier otro lugar era una rareza, en combate se volvía un arma.

Hubo un clan escocés que llevó esa ventaja hasta el extremo. Se cuenta que en la familia Kerr nacían zurdos con una frecuencia casi sobrenatural, tanta que en esa región todavía hoy a los zurdos se les llama Kerr-handed. Según la leyenda, cuando levantaron su fortaleza rompieron las reglas de la época y construyeron una escalera de caracol que giraba al revés de lo habitual. Torcieron la piedra para que el mundo, por una vez, se acomodara a su mano. El atacante que intentaba subir descubría demasiado tarde que aquella escalera había sido pensada para otra mano.

Las proezas de los Kerr, me vinieron a la mente mientras escribía unas líneas sobre hospitalidad para el equipo de Lorea, porque se trata de un ejemplo histórico de cómo un gesto –torcer la escalera– puede transformar el resultado de una interacción.

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En nuestra arena de servicio, un comensal zurdo no puede torcer la mesa. Se sienta y en la sala no pasa nada dramático: las copas se llenan, los platos prosiguen su ir y venir. Sin embargo, esa mesa no fue pensada para él. Los cubiertos, el agua, la copa: todo está dispuesto para una mano que no es la suya. No hay crueldad en eso. El mundo se ordena pensando en la mayoría, y ese orden, aunque invisible para quien lo diseñó, es perfectamente tangible para quien no encaja en él.

Ser zurdo es vivir dentro de un mundo que no te estaba esperando. Empieza en la escuela, con unas tijeras que no cortan y con la base de la mano manchada de tinta al escribir. Se aprende pronto a no hacer escándalo. En la mesa, un zurdo cambia los cubiertos de lugar sin que nadie lo note, mueve la copa unos centímetros y pega el codo al cuerpo para no chocar con quien tiene al lado. Lo hace tan rápido que ni él mismo lo registra. La costumbre vuelve muda la incomodidad, pero ese silencio no es comodidad. Solo significa que nadie se ha dado cuenta.

El comensal no mencionó que era zurdo, jamás pensó en hacerlo. Pero alguien del servicio notó el ajuste de los cubiertos y reparó en que usaba su reloj en la muñeca derecha. Dos señales mínimas que, juntas, arman una posibilidad que vale la pena explorar. Se acerca y pregunta en voz baja: “Quizá la mesa sería más cómoda si la montamos a mano izquierda. ¿Le gustaría que la ajuste?”

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El gesto no impone, pide permiso. El gesto no es grandioso, pero pesa. Lo que ocurre entonces no se encuentra en ningún manual de servicio, aunque curiosamente ha sido minuciosamente estudiado por los profesionales de la percepción sensorial y la memoria. El comensal no tuvo que anunciarse ni dar explicaciones frente a nadie, pero de golpe, ya no necesita reorganizar su espacio. Alguien lo vio y adaptó la mesa y el servicio sin que él tuviera que pedirlo. Gracias a ese gesto, la atención que llevaba toda la noche gastando en sortear un detalle regresa a la mesa. Regresa al plato y a la conversación. Incluso esa deliciosa mantequilla de levadura tostada sabe diferente. El cambio fue minúsculo, pero la diferencia se siente.

Los Kerr convirtieron su diferencia en fortaleza. El comensal zurdo, en cambio, aprendió que adaptarse a lo que hay es parte del guión. Tal vez la hospitalidad vive justo en esa grieta: en que al observar con cuidado se consiga hacer sentir a alguien que pertenece.

El comensal zurdo se sienta. La mesa no fue hecha para él. Alguien lo nota. Y, a partir de ese momento, el mundo cambia. Esa noche, por una vez, alguien torció la escalera por él.

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