¿Sabías que ESCRIBIR TODO EN MAYÚSCULAS equivale a gritar? ¿Que un “Responder a todos” innecesario puede convertirse en una pequeña forma de contaminación digital? ¿O que compartir la captura de una conversación privada sin permiso es, básicamente, exponer a alguien a una conversación que nunca aceptó tener en público?
Netiquette
Hubo una época en la que entrar a Internet implicaba aprender ciertas reglas de comportamiento, bautizadas como netiquette (reglas de etiqueta en la red). No eran leyes ni aparecían en los términos y condiciones, eran simplemente buenos modales y, aunque el término hoy suene deliciosamente noventero —casi podemos escuchar el módem conectándose—, muchas de ellas tienen sentido en la actualidad.
En 1995, cuando buena parte del mundo todavía estaba descubriendo qué era eso de conectarse a una red, la comunidad de Internet ya se preocupaba por cómo íbamos a comportarnos dentro de ella.
El IETF (Internet Engineering Task Force) es una organización/comunidad internacional abierta que desarrolla y mantiene muchos de los estándares técnicos que permiten que Internet funcione e interopere. Su trabajo se publica principalmente mediante documentos llamados RFC (Requests for Comments).
En dicho año, cuando millones de “newbies” comenzaban a llegar a Internet, la propia comunidad que había construido la red descubrió que conectar computadoras era más sencillo que enseñar a las personas a convivir dentro de ellas. El IETF publicó entonces el RFC 1855, también denominado FYI 28 o Netiquette Guidelines: una especie de manual mínimo de urbanidad digital que pide cuidar lo que escribimos, evitar las guerras de insultos, desconfiar de mensajes cuya autenticidad no pudiéramos comprobar y que ESCRIBIR ASÍ equivale a gritar.

Pequeño checklist de Netiquette
- Las reglas de cortesía entre personas siguen aplicándose en internet. Al hablar de comunicación uno a uno, señala que las reglas comunes de cortesía entre personas deben mantenerse también en línea, Hola, Por favor, Gracias, Hasta pronto, siguen funcionando.
- Mayúsculas = gritar. Escribir palabras o frases enteras en mayúsculas hace que parezca que estás gritando.
- Cuidado con lo que escribes. Advierte que las listas y grupos suelen archivarse y que las palabras pueden permanecer almacenadas durante mucho tiempo y ser vistas por muchas personas. Una anticipación bastante notable de nuestra actual “huella digital”.
- No alimentes las peleas. Dice explícitamente que no hay que involucrarse en flame wars ni publicar o responder a material incendiario.
- Verifica antes de creer. Incluso en 1995 advertía que el correo podía ser falsificado y recomendaba aplicar comprobaciones de sentido común antes de asumir que un mensaje era auténtico.
- Piensa en la audiencia. Para listas y grupos recomendaba considerar que una audiencia amplia vería las publicaciones —incluido, advertía, “your present or your next boss”— y escribir en consecuencia.
- Respeta la privacidad de la información. Para servicios Web recomendaba informar a los usuarios qué se haría con los datos recopilados y advertirles si sus declaraciones iban a publicarse.
Dice algo extraordinariamente sencillo: detrás de la computadora está otra persona.
El problema es que internet creció, nuestras pantallas se multiplicaron y la etiqueta no necesariamente evolucionó al mismo ritmo. Hoy no sólo mandamos correos. Vivimos entre WhatsApp, grupos familiares, Slack, Teams, Instagram, TikTok, Zoom, mensajes directos, notas de voz, videollamadas y chats que pueden comenzar con “¿tienes un minuto?” y terminar, inexplicablemente, dos horas después.
La tecnología hizo instantáneo el impulso de decir, mandar y compartir casi cualquier cosa. Los buenos modales digitales empiezan justo ahí: en esos pocos segundos que todavía existen entre el impulso y el clic.
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Disponibilidad tecnológica y cortesía humana
El teléfono convirtió prácticamente a todas las personas que conocemos en personas técnicamente localizables. Pero disponibilidad tecnológica no significa disponibilidad humana.
Sin duda necesitamos actualizar y aplicar el manual.
El mensaje también tiene horario. Empecemos por algo básico: que podamos comunicarnos con alguien las 24 horas no significa que debamos hacerlo. Un mensaje enviado a las 11:47 de la noche o a las 6:28 de la mañana puede no exigir explícitamente una respuesta, pero el receptor no siempre lo sabe. Mucho menos si el mensaje dice únicamente: “Hola”. Y nada más. Cinco segundos adicionales de escritura pueden ahorrar horas de incertidumbre. “Hola, Pizu. ¿Tienes el documento que vimos ayer? Cuando puedas, ¿me lo compartes?”.
Éste podría ser uno de los primeros mandamientos de la nueva netiquette: si puedes explicar en el primer mensaje qué necesitas, hazlo.

Otra extraña consecuencia de la vida digital fue asumir que una cámara nos da permiso para entrar automáticamente a la casa, oficina o espacio personal de alguien. Prender la cámara debería depender del contexto. También avisar antes de tomar una captura, grabar una reunión o incorporar una herramienta que transcriba todo lo que decimos.
La regla anterior era tocar antes de entrar. La versión digital es prácticamente idéntica: pregunta antes de grabar. Lo mismo vale para publicar fotografías, etiquetar personas o compartir imágenes de terceros.
Que una imagen esté en nuestro teléfono no significa automáticamente que tengamos derecho a distribuirla. Este es, probablemente, uno de los mayores cambios en las reglas de convivencia: antes era chisme -una frase dicha durante una comida desaparecía, salvo por la memoria de los presentes-, ahora tiene screenshot.
Técnicamente es facilísimo: si no quieres que aparezca donde no debiera algo que escribiste o tu foto -editada o no, es lo de menos-, entonces no lo escribas y no la subas. Las conversaciones digitales dejan evidencia. Un WhatsApp o Telegram o lo que se te ocurra, puede convertirse en screenshot, viajar a otro grupo y terminar frente a personas para quienes nunca fue escrito.
Antes de compartir una captura conviene hacerse una pregunta sorprendentemente eficaz: ¿La persona que escribió esto sabe que voy a enseñárselo a alguien más? Si la respuesta es no, ahí tienes la respuesta.
La buena educación digital también consiste en respetar la atención de los demás.
Alguien manda un correo a veinte personas. Una responde: “¡Gracias!” A todos.
El RFC 1855 ya recomendaba en 1995 ser breve y no incluir más información de la necesaria. Tres décadas después, seguimos trabajando en ello. Pocas herramientas producen tanto tráfico innecesario con tan poco esfuerzo como “Responder a todos”. Cada oportunidad, deberíamos preguntarnos quién necesita realmente recibir un correo, evitar copiar personas por costumbre, escribir asuntos comprensibles y recordar que marcar algo como URGENTE no lo vuelve urgente.
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La cortesía está en entender el contexto. Por eso también tenemos que hablar de la nota de voz.
El audio es maravilloso cuando necesitamos explicar algo complejo, cuando estamos caminando o cuando el tono importa. Pero también transfiere parte del trabajo del emisor al receptor. Leer un mensaje de cuatro líneas puede tomar quince segundos, pero escuchar un audio de siete minutos toma, en efecto, siete minutos.
¿Es urgente? Llama.
El problema nunca fue la herramienta. Es utilizarla como si el tiempo del otro fuera infinito.
No todo merece respuesta inmediata. El doble check azul creó una expectativa que ninguna generación anterior tuvo que administrar: demostrar que hemos visto algo sin necesariamente tener tiempo, ganas o información suficiente para responderlo.
Visto no equivale a estar disponible. Y aquí quizá necesitemos recuperar algo que internet nos quitó: el derecho a la asincronía.
No toda conversación necesita resolverse inmediatamente. No todos los silencios son descortesía. Y no responder durante una reunión, una comida, una película o una conversación con otra persona puede ser, paradójicamente, un acto de buenos modales.
Además, mientras intentamos ser corteses con quien está del otro lado de la pantalla, podemos terminar siendo profundamente descorteses con quien está sentado enfrente.
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El contexto se pierde más rápido que el Wi-Fi
Internet tiene la característica de eliminar buena parte de las pistas que utilizamos las personas para entendernos. No vemos la expresión facial. No escuchamos necesariamente la entonación. El sarcasmo puede parecer agresión y una respuesta breve puede interpretarse como enojo.
La vieja guía de netiquette ya advertía que el humor, la cultura y el lenguaje no siempre viajan bien por Internet y hay que tener especial cuidado con el sarcasmo.
Por eso releer un mensaje antes de enviarlo continúa siendo una tecnología sorprendentemente eficaz –si estás fuera de tus cabales, ni lo mandes, dale a ese mensaje cinco minutos o una noche antes de enviarlo–, de repente un emoji puede ser útil, o un signo de exclamación puede cambiar un tono.
Los buenos modales digitales tienen su raíz en cómo tratamos directamente a otra persona, y de igual manera también incluyen qué ponemos a circular.
Compartir una noticia falsa, una fotografía fuera de contexto o el rumor alarmante que llegó al chat de tu grupo de la prepa no es un acto neutral. Cada usuario funciona hoy como un pequeño nodo de distribución de información.
No hace falta convertirse en investigador forense. A veces basta detenerse unos segundos: mirar la fuente, revisar la fecha, buscar si algún medio confiable publicó lo mismo y desconfiar particularmente de aquello que confirma demasiado perfectamente lo que ya pensábamos.
Antes de enviar, publicar, reenviar, etiquetar, grabar o compartir, pensemos durante algunos segundos en la persona que estará del otro lado.
Quizá la regla más sencilla de los buenos modales digitales sea también la más fácil de olvidar: cada clic tiene un destinatario. Antes de hacerlo, vale la pena pensar no sólo en lo que queremos decir, sino en cómo llegará a quien está del otro lado.
Hay una persona del otro lado
En 1995, la netiquette pedía recordar que quien recibía nuestro mensaje era un ser humano. Después de toda la revolución digital, quizá ésa siga siendo la mejor regla de todas.
Treinta años después tenemos fibra óptica, smartphones, videollamadas en 4K, algoritmos, inteligencia artificial y plataformas capaces de conectar instantáneamente a miles de millones de personas. Y seguimos necesitando exactamente el mismo recordatorio.
Aprender a convivir.
La tecnología cambió el lugar donde ocurre esa convivencia, amplificó nuestras voces y aceleró nuestras conversaciones, pero no modificó el principio fundamental: del otro lado de cada pantalla hay alguien cuyo tiempo, privacidad, atención y confianza importan.
El mejor upgrade disponible es la consideración.
Internet aceleró casi todo, menos nuestra capacidad para pensar antes de hacer clic. Quizá por eso la mejor herramienta de convivencia digital sigue siendo una que no necesita actualización: detenernos unos segundos antes de enviar.
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