Cultura

La Gran Matanza de Gatos en París; el día que la clase baja se vengó de la burguesía

Por: Corina Mendoza
• 3 minutos de lectura

En 1730, los aprendices de un taller de imprenta parisino ejecutaron a decenas de gatos en lo que fue el mayor acto de venganza contra la clase burguesa.

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gatos callejeros en parís
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Mucho antes de que los adoquines de las calles de París se tiñeran de sangre con la guillotina durante la Revolución Francesa, la gran ciudad presenció un episodio tan extraño como macabro que anunciaba la devastadora brecha social que dividía a la población francesa.

En la década de 1730, en la calle Saint-Séverin, justo en el corazón del Barrio Latino, un grupo de jóvenes aprendices y oficiales de un taller de imprenta organizó una ejecución masiva de gatos.

Este evento pasó a la posteridad no por tratarse de un acto de crueldad gratuita, que ya es razón suficiente para documentar el episodio histórico; sino por lo que yacía en el fondo, es decir, el primer chispazo de una rebelión obrera contra la opulencia de la burguesía emergente.

La opulencia burguesa frente al hambre proletaria

gatos callejeros en una banca de parís
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Antes de ir directo al juicio y condena de este par de aprendices (mentes maestras de este cruel episodio), hay que hablar de las inhumanas condiciones de vida que imperaban dentro del taller de imprenta situado en la calle Saint-Séverin.

Los aprendices y oficiales vivían sometidos a un régimen de explotación que resultaba inhumano. Trabajaban jornadas que superaban fácilmente las catorce horas diarias, dormían en cuartos helados, húmedos e infestados de alimañas, y recibían como único alimento sobras de comida, muchas veces ya en mal estado. Según dicen las fuentes; "comida que ni los perros querían".

En la otra orilla de la vida y de esta miseria cotidiana, la esposa del dueño del taller tenía una obsesión y amor hacia los gatos de la zona, en especial hacia su gata consentida, La Grise. Así que mientras los jóvenes obreros padecían frío, enfermedades y desnutrición, los gatos y La Grise eran alimentados con carne fresca, leche y comodidades que la clase trabajadora solo podía soñar.

Por si fuera poco que soportar para los jóvenes aprendices, la sobrepoblación de gatos en los tejados provocaba un estruendo nocturno insoportable que impedía conciliar el sueño a los exhaustos trabajadores.

Para los trabajadores todo estaba bastante claro; en la escala social de la casa (y del vecindario), los gatos de los patrones valían mucho más que las vidas de los propios seres humanos que sostenían el negocio. Algo imposible de aceptar cuando se sufre hambre y frío todos los días mientras los gatos se acurrucaban en los cojines después de comer.

Juicio, violencia y frustración

gatos salvajes, gatos cachorros en las calles de París
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Imposibilitados para alzarse en armas o agredir físicamente a sus patrones (algo que en el siglo XVIII habría significado la ejecución inmediata en la horca), los aprendices idearon una venganza de la cual pudieran obtener la mayor satisfacción.

Durante varias noches consecutivas los aprendices simularon el maullido de gatos endemoniados (o poseídos) sobre el tejado para aterrorizar a los patrones hasta que lograron que el señor de la casa, exhausto por el desvelo, les diera la orden explícita de deshacerse de los gatos molestos, haciendo una excepción con aquellos que eran propiedad de la casa.

La venganza, como dicen, ya se había servido y se había enfriado lo suficiente como para empezar a disfrutarla. Armados con palos, sacos y escobas, los aprendices atraparon a todos los gatos del barrio, incluida La Grise, a la que golpearon antes de ocultarla en un costal.

Lo que sucedió después fue un auténtico ritual de justicia por propia mano. Los aprendices montaron un tribunal improvisado en el patio del taller, declararon a los gatos culpables de "brujería y de robar la comida del pueblo", y los ahorcaron uno a uno entre gritos y carcajadas.

Cuando la patrona descubrió a su gata preferida colgada de la "horca de los brujos", se desplomó. Matar a los gatos no fue un simple brote de locura o sadismo; se trató de un ataque directo, premeditado y destructivo contra el estatus, la doble moral y los caprichos de la clase burguesa.

Torturar y ahorcar a los gatos del patrón representó una victoria simbólica sin romper la ley de forma explícita, al punto que el evento fue reescenificado en secreto por los oficiales durante semanas como un acto de teatro de resistencia política.

La importancia de reinterpretar un capítulo tan cruel como la Gran Matanza de Gatos en París

gatos salvajes en los jardines de París
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La Gran Matanza de Gatos demuestra que las grandes transformaciones históricas no siempre arrancan con manifiestos intelectuales o revoluciones armadas, sino con expresiones subterráneas que nacen del rencor, de la humillación y de las vejaciones de las clases sociales altas.

Para el historiador Robert Darnton este grotesco pasaje fue, en realidad, un carnaval de venganza y satisfacción del ser lo suficientemente hábil como para que no hubiera represalias y, aun así, causara el mayor daño posible.

Este tipo de episodios nos ayuda a comprender cómo la desigualdad económica y la falta de empatía de las clases acomodadas fueron tejiendo, hilo por hilo, el colapso definitivo de la lucha entre clases sociales, algo de lo que la sociedad actual todavía adolece.

junio 30, 2026 02:09 p. m. • 2 minutos de lectura

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