Fotos: StockSnap.io

Por: Nat Rivera  

  Los seres humanos somos conscientes de nuestra diferencia con el mundo y de nuestra muerte. Tener conciencia de que un día dejaremos de existir y que el mundo continuará sin nosotros nos hace sentir una profunda soledad y una sensación de separación, un vacío. Y entre todas las cosas que pudimos inventar para sobrellevar el vértigo que nos produce estar cerca de ese vacío, los humanos optamos por el amor, brillante idea.

Ignoramos si hay un gen “encargado de amar”. Lo que sí sabemos es el efecto químico que el amor romántico tiene en nuestro cerebro, y en nuestro ADN. Existen dos tipos de amor: romántico y maduro. Con romántico nos referimos a ese amor exclusivo (monogámico), “eterno”, ése que nos hace pensar que existe alguien que llegará a completarnos y nos traerá la felicidad porque no volveremos nunca a sentirnos solos, ese amor que nos decepciona sucesivamente y hace que la vida transcurra “de esperanza en decepción y de decepción en esperanza”, como diría el filósofo francés André Comte-Sponville.

En este sentido, Helen Fisher, especialista en el estudio de la química cerebral y el amor romántico, compartió, en una de sus conferencias para TED Talks, que contrario a lo que se pensaba, las investigaciones mostraron que este tipo de amor no es una emoción, sino un impulso que estimula la misma parte del cerebro que la cocaína y, desde su punto de vista, con más fuerza que el deseo sexual. Esta parte del cerebro es la que desea, la que genera una intensa ansiedad si no tiene cerca su objeto del deseo: “El amor romántico se caracteriza por la ansiedad de estar con una persona en particular, no sólo en lo sexual sino también en lo emocional; por sentirse motivado; y por una gran obsesión”, ¿obsesión, yo? (¿Qué porcentaje del día piensas en esa persona?).

Corazones


Puedes leer el resto del artículo, y conocer cuál es la presencia del amor en nuestro ADN, en la edición de febrero de Revista Central. También tenemos app para iPad .