En una sesión de terapia, le conté a mi terapeuta que últimamente me sentía rara con algunas amigas con las que paso mucho tiempo, que sentía una especie de cansancio, desinterés y saturación; y en cambio, con amigas que vive lejos, espero con emoción las llamadas, las conversaciones son profundas y llenas de sentido. Él me escuchó un rato en silencio y luego dijo: “A veces, para acercarte, tienes que tomar distancia”.
Esas palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Al principio me pareció contradictoria, pero cuanto más la pensaba, más sentido encontraba. Me di cuenta de que esto no pasa solamente con las amigas, sino con todas las relaciones humanas en general: de cómo la cercanía –esa presencia constante que confundimos con amor o con interés– puede, sin darnos cuenta, volverse un obstáculo.
Entonces comprendo porque la cercanía, cuando es continua y sin pausas, puede convertirse en una forma de ceguera. Estar demasiado cerca nos impide mirar. Como cuando te aproximas tanto a una pintura que ya no distingues el conjunto, sólo ves el trazo, la textura, los colores. En las relaciones pasa igual: cuando todo se comparte y no hay espacio para el silencio o para el misterio, el vínculo se vuelve plano, se diluye la curiosidad, y sin curiosidad no hay encuentro posible.
La curiosidad, junto con la admiración, son –al menos para mí– las dos fuerzas que mantienen viva una relación, sea de amistad, de familia o de amor. Cuando se pierde la capacidad de sorprenderse por el otro, de descubrirle algo nuevo, de escucharlo con atención genuina, empieza un lento proceso de desinterés, una erosión silenciosa que sólo se nota cuando ya es tarde.
Hace poco una persona dijo una frase brutal pero cierta: “la confianza apesta.” Lo dijo riendo, pero la frase me causó impacto. Cuánta verdad hay en esa familiaridad que se vuelve descuido. Cuando damos por sentado el cariño, nos relajamos demasiado: hablamos sin filtro, interrumpimos, olvidamos preguntar, dejamos de escuchar. Asumimos que el otro está ahí, que no se va a ir, que no necesita ser mirado ni reconocido, porque ya forma parte del paisaje. Es una ironía humana, pero real: a quienes más queremos, a menudo son a los que menos respetamos.
Por eso con mi amiga lejana me atrae tanto hablar; porque no perdemos tiempo en la superficie. La distancia entre nosotras no ha restado conexión, al contrario: nos ha devuelto la capacidad de escucharnos con atención y de contarnos con frescura. Y en cambio, con algunos vínculos más cercanos, la convivencia continua va desgastando la delicadeza del trato. Nos queremos, sí, pero la confianza se convierte en una forma de descuido: hablamos sin filtro, nos interrumpimos, olvidamos mirar al otro con curiosidad. Y cuando eso pasa, el cariño se empantana, la conversación se repite, y surge la necesidad de tomar distancia para recuperar el aire.
No hablo de distancias drásticas, de romper o de huir, sino de esos espacios naturales que permiten que el vínculo respire. Tomar distancia no es una forma de desamor, sino de respeto; una manera de volver a mirar con claridad lo que tenemos enfrente. El amor –en cualquiera de sus formas– no debería sofocar, debería permitirnos elegir volver, con la misma curiosidad y admiración de antes.
Me reconozco como una persona curiosa y algo conquistadora, entiendo que cuando todo está dicho y predecible, algo en mí se apaga. Necesito el reto, el descubrimiento, la posibilidad de volver a mirar lo que creía conocido y encontrarlo distinto. Tal vez por eso creo que la distancia no siempre enfría; a veces, enciende. Porque en ese espacio entre un corazón y otro se recupera la mirada, la palabra, el deseo de volver a encontrarse.
Quizá el verdadero amor –en todas sus formas– se trate de eso: de aprender a acercarse sin invadir, de alejarse sin desaparecer, y de conservar la curiosidad incluso cuando creemos que ya lo sabemos todo del otro.
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