He pensado muchas veces en cómo comienza el cambio. No ese cambio abstracto del que hablan los discursos, sino el cambio real, el que nace en alguien que un día se atreve a imaginar una posibilidad distinta. Siempre hay una persona que inicia el movimiento, pero casi nunca lo hace sola: lo que determina si ese impulso se convierte en algo más grande no es sólo su convicción, sino quién la acompaña en el primer tramo del camino.
A veces creemos que el cambio depende de la fuerza individual, del carácter, de la voluntad. Pero con los años confirmo que lo que realmente transforma el mundo es la red invisible que sostiene a quien empieza. Es ese primer círculo de que elige creer, que ofrece escucha, impulso, confianza. Sin esa red, las ideas se marchitan antes de florecer.
Lo pienso cuando veo a alguien iniciar un proyecto, o cambiar de rumbo, o intentar algo que se sale del molde. En ese momento en que la duda es más grande que la certeza, lo que más pesa no es el miedo al fracaso, sino la falta de fe alrededor. Y me doy cuenta de que, más veces de las que quisiera admitir, he sido yo misma quien no ha creído a tiempo. He sido esa conocida o esa amiga que recibe con una sonrisa amable al que emprende, pero guarda su verdadera confianza para cuando el éxito ya es visible.
Sucede con frecuencia: cuando el sobrino o el hijo de un amigo o un conocido cercano ofrecen un servicio o un producto, surge una desconfianza discreta. Aunque necesitemos exactamente lo que proponen, preferimos contratarlo con el ejecutivo desconocido que nos recomendaron. Es como si lo familiar no ofreciera garantías y lo ajeno las tuviera por el simple hecho de venir de fuera. En muchos lugares esta actitud se ha normalizado: no hacer negocios con familiares, no involucrar vínculos afectivos en decisiones económicas, no arriesgar la armonía por una oportunidad. Pero hay culturas que operan bajo la lógica inversa: todo se hace dentro del grupo, entre quienes se conocen, porque confían en que el crecimiento de uno fortalece al conjunto. En esas comunidades, la confianza es la base de la economía y el lazo social su capital más valioso. Esa diferencia cultural me parece muy reveladora. Porque hay quienes construyen muros para protegerse de los riesgos del vínculo, y quienes construyen puentes para fortalecerse con él. Y pienso que quizás ahí radica una de las claves del cambio: en la capacidad de creer en lo que está cerca. De reconocer que lo extraordinario también puede tener un rostro conocido.
La familiaridad genera escepticismo. Quien te ha visto tropezar, tiende a dudar de que puedas dar un gran salto. Y, sin embargo, ese salto necesita espectadores que crean.
Porque ninguna transformación crece en el vacío. Las revoluciones, los descubrimientos, los movimientos que cambian la historia no comienzan en multitudes, sino en pequeños círculos de fe compartida. Detrás de cada persona que transforma algo hay alguien que la miró con ojos nuevos, que la sostuvo cuando la idea aún no tenía forma, que confió cuando el resto todavía no entendía.
Me pregunto cuántas ideas geniales se apagaron en el tiempo solo porque las personas que las imaginaron no encontraron el apoyo de su círculo primario. Porque esa persona que debió acompañar se llenó de silencios, de cautelas, de buenos deseos, pero no dio un verdadero impulso. Tal vez el cambio necesario no sea tecnológico ni político, sino social: recuperar la capacidad de confiar en los nuestros, de apoyar sin garantías, de ser la voz que alienta en lugar del eco que repite “no gracias”.
He llegado a pensar que lo que cambia al mundo no son las ideas, sino la fe que alguien deposita en quien las genera. Creer en otro es la semilla invisible que enciende la posibilidad del cambio, es una forma de energía; un acto profundamente transformador. Cada vez que alguien nos pide ayuda, un consejo, una oportunidad o una simple escucha, tenemos la posibilidad –y también la responsabilidad– de convertirnos en ese primer círculo que impulsa. No todos nacimos para iniciar grandes cambios, pero todos podemos ser mentores, aliados o cómplices generosos de los que sí se atreven. Extender la mano, compartir una palabra de aliento, abrir una puerta, dar una recomendación, puede ser suficiente para que una intención encuentre camino.
Aprender a creer en los nuestros, a avivar las pequeñas chispas que nos rodean, a formar comunidad para que el fuego no se apague. Porque una chispa sola apenas ilumina, pero cuando varias personas confían y se unen para avivarla, puede encender al mundo entero.
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