Hablar de la eutanasia es adentrarse en uno de los territorios más delicados y polémicos de la condición humana: el límite entre la vida y la muerte. Un momento tan sublime que debiera ser un acontecimiento de paz y entrega, y sin embargo, las formas de llegar a él son tan diversas que con frecuencia está cargado más de sufrimiento que de alivio. Esa complejidad es lo que se vuelve tan difícil de abordar. No quiero hablar de la muerte en sí –que ya encierra sus propios abismos–, sino de esa transición entre la vida y la muerte, donde se cruzan miradas y criterios distintos: entre culturas, familias e incluso entre hermanos. No es la misma puerta para todos; más bien, es un umbral lleno de preguntas y replanteamientos sobre la vida, la persona y nuestra relación con ella. Dependiendo de quién la mire, adquiere tonos éticos, espirituales, médicos, legales o profundamente íntimos.
La eutanasia no se resuelve con respuestas rápidas. Quien la observa desde la fe encuentra significados muy distintos a quien la mira desde la ciencia; y quien la vive desde el dolor de un ser querido la experimenta de forma completamente diferente a quien la piensa desde la filosofía o el derecho. Para algunos, permitirla es un acto último de compasión; para otros, es un riesgo moral que podría transformar de manera irreversible nuestra relación con la vida.
Si se escucha a los expertos más informados –médicos, filósofos, o acompañantes paliativos– hay un consenso que atraviesa ideologías: la prioridad es aliviar el sufrimiento, respetar la voluntad, cuidar la intención y actuar con transparencia. Lo esencial no está en los procedimientos, sino en la conciencia con la que se acompañan. La compasión no se improvisa; requiere información, serenidad y, sobre todo, amor sin control.
Porque planear la muerte no es un gesto de control, sino de cuidado. Dejar por escrito qué tratamientos aceptaríamos o rechazaríamos, hablar con honestidad de nuestros límites y miedos, compartir con quienes amamos cómo deseamos ser acompañados: no elimina el dolor, pero lo vuelve más humano. Es, en el fondo, una cortesía final hacia los otros, una manera de no dejarles a ellos la carga de decidir en la oscuridad.
El problema es que vivimos en una época que todo se administra: las horas, los cuerpos, las emociones. Queremos también controlar la muerte, decidir cuándo, cómo y con quién. Pero hay una sabiduría en aceptar que no todo depende de nosotros. Planear no es dominar el final, sino despejarle el camino al misterio. La inteligencia del corazón consiste en preparar lo que sí podemos prever –la conversación, la claridad, la ternura– y en soltar lo que no está en nuestras manos. Esa rendición no es debilidad; es el modo más digno de confiar.
En México, el debate ha recuperado su voz gracias a Samara Martínez, quien con la propuesta de la Ley Trasciende busca permitir que pacientes con enfermedades terminales o degenerativas puedan solicitar la eutanasia bajo protocolos éticos y médicos estrictos. Más allá de la letra jurídica, su iniciativa reabre una conversación necesaria: la de poner a la persona –su dolor, su historia, su dignidad– en el centro. En un país donde la muerte se celebra, pero el sufrimiento se calla, Samara nos recuerda que callar el dolor no lo alivia, y que hablar de él puede ser un acto de profunda humanidad.
La eutanasia no se resuelve con certezas rápidas. Quien la observa desde la fe la entiende distinto a quien la mira desde la ciencia, y quien la ha vivido en carne propia sabe que no hay teoría que contenga ese vértigo. Para algunos, permitirla es un gesto último de amor; para otros, un riesgo moral que redefine nuestra relación con la vida. Entre ambas visiones se extiende un territorio donde caben la duda, la empatía y el respeto.
Porque al final, hablar de la eutanasia es hablar del amor en su forma más difícil: la que sabe acompañar sin imponer, cuidar sin retener, dejar ir sin rendirse. Es aceptar que morir con dignidad no es renunciar, sino preservar lo que somos cuando ya no podemos seguir siendo lo que fuimos.
Mirar de frente cómo queremos morir no nos aleja de la vida, nos enseña a vivirla mejor: con más conciencia, con más compasión, y con la certeza de que el amor –cuando es verdadero– también sabe despedirse.
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