Bienestar

Red, refugio y espejo

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 4 minutos de lectura

Las mujeres somos muchas cosas al mismo tiempo. Somos red. Somos refugio. Somos espejo.

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red refugio y espejo

/ Getty Images

Si miro hacia atrás, la historia de mi familia parece escrita por mujeres.

Mucho antes de que yo naciera, una mujer tomó una decisión que cambiaría nuestro destino. Mi tatarabuela salió de España rumbo a México con su hija pequeña. Se la llevó consigo para protegerla, para darle otra vida, para abrirle un futuro distinto al que la esperaba.

Llegó sola con ella a un país nuevo.

Esa decisión tan valiente no sólo protegió a su hija. Abrió el camino de una historia de mujeres que ha continuado avanzando hasta llegar a la mía.

Esa niña pequeña, mi bisabuela, trabajó y ahorró toda su vida. Con sus ahorros, ella y su esposo construyeron un legado importante que heredaron a su única hija, mi abuela. Ella empezó la historia que marcó mi infancia.

Mi abuela fue el centro de nuestra familia. Quedó viuda relativamente joven y cargó con una responsabilidad enorme. Nunca levantó la voz ni reclamó un lugar que no le correspondiera. Tenía una autoridad que no necesitaba imponerse. Bajita la mano –como diríamos en México– su palabra era la que marcaba el rumbo de toda la familia.

Era profundamente femenina y cariñosa, excelente cocinera y artista. Detrás de esa suavidad vivía una fuerza enorme. Sus padres probablemente habrían querido tener hijos varones que continuaran su legado, pero fue ella, su única hija, quien lo sostuvo. No desde el protagonismo, sino desde la constancia.

Después vinieron mi madre y mis tías. Ellas también perdieron a su padre muy pronto y continuaron sosteniendo el legado familiar, cada una al frente de sus responsabilidades y de sus propias familias. Desde fuera parecía que la vida les había sido generosa, pero enfrentaron decisiones difíciles y desafíos complejos que supieron atravesar juntas.

Cuando yo era muy pequeña, mi madre se separó de mi padre y nuestra casa pasó a ser un pequeño universo de cinco mujeres: ella y sus cuatro hijas. En mi casa todo tenía una energía profundamente femenina: las conversaciones, las decisiones, incluso el caos cotidiano.

Pero si algo nos enseñó nuestra madre fue la fuerza y la confianza en nuestras propias capacidades. Nos enseñó a creérnosla: a ser libres, independientes, fuertes y capaces de abrirnos camino por nosotras mismas.

grupo de mujeres, hermanas, en cama pasando el tiempo
Unsplash
febrero 13, 2026 06:17 a. m. • 3 minutos de lectura

Recuerdo un día que me llevé el coche sin permiso a los 13 años y se me ponchó una llanta. No había celulares. Dejé el coche estacionado, caminé hasta un teléfono público y llamé a mi casa esperando que alguien viniera a rescatarme.

—Mamá, se me ponchó la llanta.

—Si puedes manejar, puedes cambiar sola una llanta. Abre la cajuela, saca el gato y cámbiala.

Otra vez, siendo muy joven, me fui a un campamento y desde el primer día me quise regresar. Extrañaba mi casa con una intensidad que parecía no tener fondo. Llamaba por cobrar pidiendo que me regresaran. Del otro lado de la línea se escuchaba la voz de la operadora anunciando la llamada y luego el coro de mis hermanas gritando:

—¡No aceptes la llamada! Tres días más y se le pasa.

Todas conspirando para que yo resistiera y aprendiera a sostenerme sola.

Así era crecer entre mujeres.

Había contención, pero también exigencia. Había ternura, pero también una dureza que no siempre es cómoda. Las mujeres no solemos perdonarnos fácilmente las excusas ni las debilidades. Nos exigimos. Nos empujamos. Nos obligamos a crecer.

Pero también nos sostenemos.

Nuestra casa siempre estaba llena. Cuatro hermanas significaban un ir y venir constante de amigas, amigos, novios, conversaciones interminables, fiestas y risas que recorrían toda la casa.

Años después, cuando nació mi primer hijo –el primer nieto de la familia– entendí algo que sólo se comprende viviendo entre mujeres: que alrededor de un niño siempre se forma una red silenciosa de cuidado, ternura y presencia.

El primer día de kínder lo llevamos las cinco. Cuando entró al salón nos quedamos afuera, asomándonos por la ventana hasta que llegó la hora de recogerlo.

Cada una de mis hermanas ocupó un lugar distinto en mi vida: la hermana que me organizaba mis fiestas, incluso mi boda; la que se enfrentaba a los niños que me molestaban y cubría mis travesuras; la que me peinaba, cuidaba y me recibía en su cama cuando tenía miedo.

Las mujeres somos muchas cosas al mismo tiempo.

Somos red. Somos refugio. Somos espejo.

También somos las que escuchan, las que contienen, las que ayudan a poner en palabras lo que duele. En esos espacios entre mujeres se procesan emociones, se liberan recuerdos, se ordena la vida interior. En ese intercambio imperceptible ocurre una humanidad muy profunda.

Hay en las mujeres algo de sanadoras, algo de curanderas, algo de magas y también algo de brujas.

Hoy esa historia continúa y detrás de mí vienen ahora mis dos hijas, dos más que llegaron a mi vida por mi pareja, mis sobrinas, mi nuera y mi primera nieta.

Una nueva generación de mujeres empieza a escribir su propia historia.

Por eso, en este mes de marzo, quiero honrar a las mujeres de mi vida.

A mi tatarabuela, que cruzó el océano con su hija para abrirle un destino nuevo. A mi bisabuela, que creó un patrimonio importante para sus descendientes. A mi abuela, que lideró sin levantar la voz. A mi madre, que nos enseñó a creer en nosotras mismas. A mi tía, que enriqueció mi vida con la música, el arte y la cultura. A mis hermanas, con quienes aprendí que la exigencia también es una forma de amor.

A mis hijas, mis sobrinas, mi nuera y mi nieta, que continúan la historia. A mis amigas, con quienes la vida siempre encuentra palabras. Y a esas mujeres tan especiales que han trabajado conmigo a lo largo de mi vida. Qué sería de mí sin sus manos, sin sus cuidados, su lealtad y su cariño incondicional.

Si algo he aprendido viviendo entre mujeres es que la fortaleza se transmite en una red invisible de confianza que nos sostiene y nos hace sentir poderosas y acompañadas.

Hoy agradezco a las mujeres de mi vida y a todas las mujeres del mundo por ser parte de esta fuerza que nos sostiene.

febrero 27, 2026 01:17 p. m. • 3 minutos de lectura

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