Hay gente que dice que no cree en la suerte. Y luego no sale de casa sin ese anillo, esa moneda, esa prenda que “casualmente” siempre trae cuando las cosas salen bien. Porque una cosa es declararse racional y otra muy distinta es salir al mundo completamente desprotegido.
En el arte, la música, la moda, la política y hasta el espacio exterior, los amuletos no son ridículos, son una forma íntima, y bastante humana, de negociar con el azar. Objetos pequeños, portátiles, cargados de fe privada, trauma, memoria o puro nervio. Spoiler: nadie importante viaja ligero.
Amuletos y talismanes secretos de artistas, músicos y presidentes
Ernest Hemingway, el escritor que no confiaba ni en la suerte
Ernest Hemingway, uno de los escritores más influyentes del siglo XX, corresponsal de guerra y especialista en ponerse en peligro, no tenía un amuleto. Tenía una colección completa.
Piedras lisas recogidas en viajes, una pata de conejo gastada hasta el hueso, una castaña, un corcho de champaña Mumm, un pañuelo, una navaja oxidada. No uno u otro: todo al mismo tiempo. Como si la suerte fuera algo que se podía perder por partes.
En París era una fiesta, Hemingway lo explica sin ironía: la suerte no es abstracta, se siente en el cuerpo. Mientras las garras de la pata de conejo siguieran arañando el forro del bolsillo, mientras algo duro y familiar siguiera ahí, la suerte no se había ido.
Cuando perdía un amuleto, entraba en modo emergencia. No reflexionaba: reemplazaba. Antes de una misión aérea, al notar que había extraviado su piedra de la suerte, improvisó sin drama: agarró un corcho de champaña y lo convirtió en talismán oficial. Escribir, amar, ir a la guerra: todo se hacía mejor con peso en los bolsillos.
Theodore Roosevelt, el presidente que gobernaba con reliquias
Theodore Roosevelt, vigésimo sexto Presidente de Estados Unidos, cazador compulsivo y obsesionado con la épica masculina, creía profundamente en los símbolos. En su segunda toma de posesión como presidente, llevaba oculto un anillo con un mechón del cabello de Abraham Lincoln, el mandatario al que más admiraba. Literalmente gobernando con un héroe nacional pegado a la piel.
Años después, antes de irse de safari a África, sumó otro objeto a la ecuación: una pata de conejo montada en oro, regalo de un campeón de boxeo. Roosevelt dijo que la llevó durante todo el viaje. Y que tuvo suerte. Bastante cuestionable la vida de Teddy, pero buenísimo para las anécdotas.
DianevonFurstenberg, la diseñadora que heredó la suerte
Diane von Furstenberg, diseñadora creadora del icónico wrap dress, no confía solo en el talento.
Su amuleto es una moneda de oro de 20 francos que su padre escondió en el zapato durante la guerra para sobrevivir. Años después, se la regaló. Desde entonces, Diane la pega dentro de su zapato cada vez que presenta una colección. No para atraer suerte nueva, sino para recordar que esa moneda ya funcionó una vez. Alta moda con carga de trauma heredado.
Barack Obama, el presidente que cargaba historias ajenas
Barack Obama, expresidente de Estados Unidos, empezó a recibir objetos cuando hacía campaña: rosarios, cruces, fichas de póker, pequeños recuerdos con historias personales que la gente le entregaba antes de sus discursos.
No podía cargarlos todos, así que hacía una selección diaria y llevaba algunos en el bolsillo. Estos talismanes, además de estar cargados de buenos deseos, eran un recordatorio constante de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. O algo así...
Queen Elizabeth II y el talismán cosido en silencio
La coronación de Isabel II en 1953 no fue solo un acto político: fue un espectáculo observado por el mundo entero. Revistas, periódicos y fotógrafos se obsesionaron con el vestido que la joven reina usaría en el momento más solemne de su vida pública.
El encargo cayó en manos de Norman Hartnell, su modisto de confianza y el hombre que ya la había vestido para el evento más importante de su vida privada hasta entonces: su boda.
El vestido tomó ocho meses en concebirse y confeccionarse. Satín duchesse impecable, silueta fit and flare inspirada en Dior, bordados de oro y plata, perlas, diamantes y los emblemas no solo del Reino Unido, sino de toda la Commonwealth. Y entonces, el gesto secreto. Sin avisarle a la reina, Hartnell bordó un trébol de cuatro hojas en el vestido. Pequeño. Discreto. Colocado exactamente donde Isabel apoyaría la mano izquierda durante la ceremonia. La soberana literalmente tocaría la buena suerte en el momento de asumir la corona.
No fue hasta el gran día que Isabel descubrió el detalle. Le encantó. Dijo que el vestido era “glorioso”, tanto que lo volvió a usar en las aperturas de Estado del Parlamento durante su gira por la Commonwealth meses después. El vestido viajaba en su propia cabina, tratado como lo que era: una pieza histórica… y un talismán probado.
Babe Ruth, el beisbolista que convirtió el vestidor en altar
Babe Ruth no solo cargaba con el peso de ser la mayor estrella del béisbol estadounidense: cargaba con un casillero lleno de objetos de poder.
Según Eddie Collins, su compañero y también jugador profesional, el locker de Ruth parecía menos un vestidor y más un altar improvisado: un pequeño tótem indígena colocado sobre una repisa, una herradura de madera grabada con un trébol de cuatro hojas clavada en la puerta, y otros objetos repartidos como si cada uno cumpliera una función específica.
Ruth no creía, al menos no del todo, que esos objetos ganaran partidos por él. Pero entendía algo fundamental para cualquier atleta: la seguridad mental también se construye con cosas. Tenerlos ahí, verlos, tocarlos antes de salir al campo, era una forma de decirle al cuerpo que todo estaba bajo control.
Dwight D. Eisenhower, el general que pensaba con monedas
Dwight D. Eisenhower no tomaba decisiones pequeñas. Fue comandante supremo aliado en la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, Presidente de Estados Unidos. Su trabajo consistía en elegir entre escenarios donde todas las opciones eran malas.
Para eso, cargaba siempre tres monedas en el bolsillo: un dólar estadounidense, una guinea británica y un franco francés. No eran souvenirs ni recuerdos diplomáticos. Eran anclas.
Cuando el estrés era máximo, cuando había que decidir el momento exacto del desembarco en Normandía, por ejemplo, Eisenhower metía la mano al bolsillo y las tocaba una por una. No para adivinar el futuro, sino para sentir algo sólido, frío y real mientras todo lo demás era abstracto, incierto y letal.
Frida Kahlo, cuando el amuleto es el cuerpo
En Frida Kahlo, los amuletos no eran accesorio. Eran sistema nervioso externo.
Collares de jade, cuentas prehispánicas, exvotos diminutos, corazones, cruces, flores, animales: objetos cargados de simbolismo popular y religioso mexicano que Frida integraba tanto en su vestimenta como en su pintura. No como decoración, sino como armadura.
Muchos de estos objetos aparecieron décadas después de su muerte, encerrados en el armario sellado de la Casa Azul. Ahí estaban: joyas, prendas, talismanes. Evidencia material de cómo Frida construyó su identidad a partir de símbolos de fertilidad, protección, dolor y resistencia. Vestirse de México, para Frida, no era folclor, era una forma de que el cuerpo roto no se tragara el relato.
Hoy, esos mismos símbolos inspiran colecciones de joyería contemporánea.
Coco Chanel, la suerte como diseño
Coco Chanel no esperaba que la suerte llegara. La diseñó. Su universo simbólico era obsesivo y perfectamente coherente: el león (su signo zodiacal), el número cinco, la espiga de trigo, la estrella, la camelia. No aparecían por capricho, sino como un sistema personal para domesticar el azar.
El cinco era todo: su número de la suerte, el día en que presentaba sus colecciones, el eje de su perfume más famoso. Cinco como destino, como repetición, como insistencia.
El león representaba poder y coraje; la espiga, abundancia y prosperidad; la estrella, guía; la camelia, pureza y permanencia. Chanel los convirtió en joyas, textiles, patrones, decoración de su departamento. Vivía rodeada de sus talismanes.
Michael Jordan y los shorts que no se lavaban
Michael Jordan, el mejor basquetbolista de todos los tiempos, tenía un secreto incómodo debajo del uniforme de los Chicago Bulls.
Durante toda su carrera profesional, usó debajo del uniforme los shorts de práctica de la Universidad de Carolina del Norte, el equipo con el que ganó el campeonato universitario en 1982 gracias a un tiro decisivo. Esos shorts no se veían, pero estaban ahí, siempre... No era nostalgia, era una manera de llevar consigo el momento en que todo empezó a funcionar.
El ritual fue tan serio que Nike lo convirtió en mito: las Air Jordan 3 “Lucky Shorts” replican los colores y detalles de esos pantalones. La superstición personal se volvió objeto de culto global.
Stevie Nicks y la suerte compartida
Stevie Nicks no cree en amuletos individuales, sino en la circulación de poder. Desde finales de la década de 1970, la cantante de Fleetwood Mac comenzó a regalar collares de luna a las mujeres cercanas a ella, sus “Sisters of the Moon”, con una instrucción clara: el collar era un amuleto de protección, pero no se quedaba para siempre, debía pasarse a otra mujer cuando hiciera falta.
No era solo superstición, sino una especie de sororidad encarnada. ¡Mi reino por un collar de luna de Stevie Nicks!
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