Yo no soy supersticiosa. O eso digo. Pero no paso la sal de mano en mano, no abro paraguas bajo techo, toco madera cuando algo va demasiado bien y que nunca me barran los pies, porque tengo grandes planes de vida y no pienso verlos saboteados. Y resulta que no soy rara, incluso estoy en excelente compañía.
Porque muchos de los artistas, músicos y escritores que admiramos, genios e iconos, también hicieron todo tipo de malabares simbólicos para no tentar al destino. No porque creyeran ciegamente en la mala suerte, pero… ¿para qué provocarla?
Acá te contamos algunos de los trucos que sacaron (o casi) adelante a nuestros consentidos.
Pablo Picasso y el miedo a perder la esencia
Uno de los artistas más influyentes del siglo XX, padre del cubismo y productor incansable, Pablo Picasso era también profundamente supersticioso y desconfiado. Muchísimo.
Picasso no tiraba nada. Nada es nada: uñas, cabello, ropa vieja. Creía que deshacerse de esas partes de sí mismo era perder su “esencia”, como si el talento pudiera escaparse junto con la basura… o caer en manos equivocadas.
El cabello, en particular, le provocaba auténtico terror. Estaba convencido de que, si alguien lo obtenía, podía usarlo para hacerle daño. Brujería, mal de ojo, mala suerte: todo entraba en el mismo saco. Por eso, durante años, solo permitió que un barbero de absoluta confianza, así como sus parejas, le cortaran el pelo.
Nunca hizo testamento, “si lo hago, me muero al día siguiente”, decía sin ironía,y guardaba maletas llenas de dinero debajo de la cama. No por extravagancia, sino por prevención. Por si algo pasaba. Por si había que huir. Por si el universo decidía ponerse creativo.
Salvador Dalí o vivir rodeado de señales
El gran showman del surrealismo, experto en convertir su vida en performance, Salvador Dalí era profundamente supersticioso. No de manera ocasional, sino estructural.
Tenía un pánico irracional a los saltamontes y también temía a los transatlánticos. Dalí también creía que romper un espejo era una desgracia mayor. Para protegerse, llevaba siempre consigo un trocito de madera flotante española, una especie de amuleto portátil contra los malos espíritus. Mejor prevenir.
Para Dalí, el mundo estaba lleno de señales, energías y advertencias, y su trabajo consistía en escucharlas antes de que se desordenaran. Y si el universo jugaba raro, él prefería estar preparado con una llave, un plato…y un trozo de madera en el bolsillo.
Alfred Hitchcock y aparecer para que todo salga bien
El Master of Suspense también tenía sus reglas. Director de clásicos como Psicosis y Los pájaros, Hitchcock solía hacer breves apariciones en sus propias películas. Lo que comenzó como una solución práctica (faltaban extras) terminó convirtiéndose en ritual.
De acuerdo con Ellen Weinstein en Recipes for Good Luck: The Superstitions, Rituals, and Practices of Extraordinary People, Hitchcock estaba convencido de que, si no aparecía en pantalla, la película podía fracasar en taquilla.
Así que, durante más de seis décadas y más de cincuenta largometrajes, siguió colándose en sus historias como quien toca madera antes de salir de casa. No era vanidad: era prevención.
Audrey Hepburn y el número que no se cambia
Actriz, ícono de estilo y una de las figuras más queridas del cine clásico, Audrey Hepburn tenía uno: el 55.
Ese número había sido el de su camerino durante Roman Holiday y Breakfast at Tiffany’s, dos de los momentos más luminosos de su carrera. Desde entonces, lo pidió siempre: en rodajes, locaciones y hasta al llegar a París, con la esperanza de seguir acompañada por esa buena racha.
No era obsesión, era asociación. El 55 significaba calma, control, algo que ya había salido bien. Y cuando algo te acompaña en tus mejores momentos, lo último que haces es discutirle.
Claro que ni siquiera el número de la suerte lo puede todo. El 55 no logró salvar París, tú y yo (1964), que fue un fracaso crítico y comercial. A veces la superstición no es miedo. Es ese intento elegante de volver a donde ya fuiste feliz.
Ella Fitzgerald y el ritual antes de cantar
La voz más elegante del jazz, capaz de improvisar como nadie, Ella Fitzgerald repetía antes de cada show la misma secuencia de movimientos, siempre en el mismo punto del escenario.
Todos tenemos algo así. Aunque no cantemos jazz frente a miles de personas. Y algo que no tiene nada que ver, pero siempre es bueno contarlo, cuando a Ella no le daban espacio en ciertos clubes por ser mujer negra, Marilyn Monroe decidió meterse. Llamó al dueño del Mocambo y le propuso lo siguiente: si le daba una oportunidad a Ella, ella iría todas las noches, se sentaría en primera fila y llevaría consigo a otras celebridades de Hollywood. Funcionó. Y la carrera de Ella cambió para siempre.
Porque a veces la suerte también aparece así: con rituales, con aliados… y con alguien que se sienta en primera fila cuando más lo necesitas.
Gustav Mahler y el número que no se pronuncia
En la música clásica existe una superstición con nombre propio: la maldición de la novena.
La idea es sencilla y aterradora: escribir una Novena Sinfonía equivale a escribir la última. Después de eso, el compositor muere antes de completar la Décima.
Antes de Mahler ya había antecedentes inquietantes. Beethoven murió tras terminar su Novena, Schubert no sobrevivió para completar la Décima y cuando Mahler se dio cuenta del patrón, entró en pánico.
Después de su monumental Octava Sinfonía, decidió no tentar al destino. Compuso una obra gigantesca, con la estructura de una sinfonía, pero la disfrazó como ciclo de canciones: Das Lied von der Erde. Técnicamente, no era una Novena, o al menos eso se decía a sí mismo.
Creyendo haber engañado al destino, Mahler se permitió entonces escribir una sinfonía “de verdad” y numerarla como la Novena. Una obra profundamente melancólica, leída por muchos como una despedida anticipada.
Mahler pensó que había vencido la maldición. Comenzó a trabajar en su Décima. Murió en 1911, con esa obra inconclusa.
Desde entonces, la historia se volvió leyenda y la leyenda superstición. Mahler no inventó la maldición de la novena, pero la volvió famosa al parecer confirmarla, alimentando décadas de angustia musical.
Hoy se sabe que es solo eso: una superstición. Pero una tan buena, tan trágica y tan perfectamente narrativa, que cuesta no mirarla de reojo.
Porque incluso en la música, quizá sobre todo ahí,hay números que mejor no tentar.
Truman Capote y el consuelo de las reglas
El autor de A sangre fría, cronista brillante de la alta sociedad y obsesivo declarado, vivía rodeado de supersticiones. No como excentricidades simpáticas, sino como un sistema completo para mantenerse en equilibrio.
Capote no viajaba en la fila 13, no aceptaba habitaciones de hotel cuyos números le parecieran de mal agüero, no se subía a un avión si veía dos monjas juntas y jamás empezaba ni terminaba nada en viernes. Pero había una regla que llevaba al extremo: nunca permitía más de tres colillas en un mismo cenicero.
Si estaba en casa ajena, en una fiesta o en un evento público y el cenicero ya estaba “lleno”, Capote hacía lo único posible para no romper su propio conjuro: guardaba las colillas en el bolsillo o en el abrigo. Literalmente. Porque la superstición es negociable… pero solo hasta cierto punto.
En palabras del genio:
Tengo mis supersticiones, claro. Podrían llamarse manías. Sumo todos los números: hay personas a las que nunca llamo porque su número da una cifra de mala suerte. (…) Es interminable la cantidad de cosas que no puedo y no quiero hacer. Pero encuentro un curioso consuelo en obedecer estos conceptos primitivos.
Ahí está todo. No vergüenza. No ironía. Consuelo.
Porque para Capote (y para muchos otros) la superstición no era miedo irracional, sino una forma íntima de ordenar el mundo. Un pequeño conjunto de reglas privadas para sobrevivir al caos, a la escritura… y a los ceniceros ajenos.
No creemos en la mala suerte. Pero tampoco la retamos. Que el destino espere.
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