La suerte no solo está ligada a objetos que podemos guardar en el bolsillo o colgar en nuestra casa. También se encuentra en lugares, como si se tratara de una geografía de la buena suerte.
Lugares en el mundo para tener suerte
Fontana di Trevi, Roma: cuando el agua prometía volver
Desde la antigua Roma, este punto marcaba el término del Aqua Virgo, un acueducto construido en el siglo I a. C. para llevar agua limpia hasta la ciudad. Durante siglos, llegar a ese punto significaba algo simple y vital: habías sobrevivido al camino.
Lanzar una moneda al agua empezó como un gesto práctico y simbólico a la vez: agradecer, pagar, asegurar el regreso. Con el tiempo, el gesto se volvió promesa. Una moneda para volver, dos para el amor, tres… para las campanadas de boda. ¿Quién para ser el Marcello Mastroiannide mi Anita Ekberg?
Casi fue diseñada y construida por Bernini, el enfant terrible del barroco, pero entre la muerte del Papa Urbano VIII y la falta de recursos, perdimos la ilusión por siempre. Aquí no se pide suerte abstracta. Se pide retorno, continuidad, que el viaje no sea definitivo. Roma entiende bien ese deseo. Todos siempre queremos regresar a Roma.
Notre-Dame y el Point Zéro, París, dónde todo empieza (y vuelve)
Antes de ser postal, Notre-Dame fue eje. Durante siglos, la catedral no solo marcó el centro espiritual de París, sino su centro práctico: mercados, procesiones, justicia, calendario.
Todo gravitaba alrededor de ese punto. No es casual que, justo frente a su fachada, esté incrustada en el suelo una pequeña placa de bronce casi invisible: el Point Zéro des Routes de France, el kilómetro cero desde donde se miden todas las carreteras del país.
No nació como objeto místico. Nació como instrumento de orden. Pero como pasa siempre en París, el orden terminó convirtiéndose en símbolo. Pararse sobre esa placa y pedir un deseo es un gesto relativamente moderno, pero profundamente lógico: si todo se mide desde aquí, tal vez aquí también se puede recalibrar la vida. No se pide riqueza ni amor eterno. Se pide algo más francés: orientación. Volver al centro, encontrar el eje.
Después del incendio de 2019, el Point Zéro cobró otra capa de sentido. Mientras Notre-Dame ardía, el centro seguía ahí, marcado en el suelo, recordando que incluso cuando todo se quema, las ciudades guardan memoria en puntos diminutos.
Puente de Carlos y San Juan Nepomuceno, el deseo que no se dice
Su construcción comenzó en 1357, bajo el reinado de Carlos IV, y durante casi cinco siglos fue la única forma de cruzar el Moldava. Por ahí pasaba todo: comercio entre Europa oriental y occidental, ejércitos, procesiones, mercancías, rumores. Era la arteria que unía la Ciudad Vieja, el Castillo de Praga y el resto del mundo. Un puente estratégico antes que poético. Y fue precisamente en ese punto, donde ocurrió una muerte que lo transformó para siempre.
San Juan Nepomuceno era confesor de la reina Sofía de Baviera, consorte del rey Wenceslao IV. Cuando el rey exigió que revelara lo dicho en confesión, Nepomuceno se negó. Guardó el secreto. Lo torturaron. No habló. Finalmente, lo arrojaron desde el puente al río.
Ese gesto lo convirtió en algo inédito: el primer mártir canonizado por guardar el secreto de confesión. Desde entonces, Nepomuceno es protector contra la calumnia, guardián de lo que no debe decirse… y, por la forma de su muerte, protector contra las inundaciones.
El lugar exacto donde cayó quedó marcado. Hoy, una placa en el puente brilla más que las demás. No por limpieza, sino por desgaste. Miles de manos la tocan cada día. La promesa popular dice que así se regresa a Praga.
La lectura profunda es otra: aquí se pide protección para lo que no se puede decir en voz alta. Praga entiende algo que pocas ciudades admiten: hay deseos que solo sobreviven si se guardan.
Schöner Brunnen, Núremberg, cuando la suerte se mecaniza
En el corazón medieval de Núremberg se alza una fuente gótica que parece decorativa, casi excesiva. La Schöner Brunnen no nació como amuleto, sino como diagrama del mundo.
Fue construida entre 1385 y 1396 por Heinrich Beheim, en una época en la que el orden no era una idea abstracta, sino una necesidad política. La fuente funciona como una torre simbólica: en la base, los profetas y patriarcas del Antiguo Testamento; más arriba, filósofos de la Antigüedad como Aristóteles y Pitágoras; luego las artes liberales y las virtudes; y, coronando todo, los electores y reyes del Sacro Imperio Romano Germánico.
Fe, razón, moral y poder. Todo en su lugar. Todo jerarquizado.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la fuente fue literalmente encapsulada en concreto para protegerla de los bombardeos. El orden medieval, rodeado de brutalidad moderna, sobrevivió intacto. Ese detalle importa.
En algún momento, nadie sabe exactamente cuándo, alguien empezó a girar uno de los anillos dorados incrustados en la reja que la rodea. Tres vueltas, un deseo. El gesto se repitió. Se normalizó, se volvió instrucción. Girar el anillo promete buena suerte.
¿Ya sabes qué le vas a pedir en tu siguiente visita?
Budai en el Templo Lingyin, Hangzhou, la suerte que se toca
La figura que en Occidente llamamos Laughing Buddha es en realidad Budai, un monje errante del siglo X, famoso por su risa, su vientre prominente y su despreocupación radical. No predicaba la renuncia ni el ascetismo: encarnaba una idea incómoda para muchas religiones —y profundamente liberadora—: que la abundancia también puede ser espiritual.
Uno de los lugares donde su imagen se volvió central es el Lingyin Temple, uno de los templos budistas más antiguos e importantes de China, fundado en el siglo IV a los pies del Pico del Retiro del Alma. Ahí, Budai dejó de ser solo personaje popular para convertirse en figura de contacto: alguien cercano, accesible, tocable.
Por eso frotar su vientre se volvió gesto ritual. No es iluminación lo que se pide aquí, sino algo mucho más concreto: que alcance. Dinero, comida, alegría, estabilidad. Suerte material sin culpa.
Fun fact: en Lingyin—y en otros templos históricos— el vientre de Budai está visiblemente más pulido que el resto de la escultura. No por restauración, sino por siglos de manos repitiendo el mismo gesto, generación tras generación. En un mundo obsesionado con la carencia, este es uno de los pocos amuletos que no promete salvación, sino plenitud.
Blarney Castle: el don de la palabra (a cambio de vértigo)
El Castillo de Blarney no es una postal intacta, es una fortaleza medieval parcialmente en ruinas, levantada a orillas del río Martin, cerca de Cork. El castillo original data del siglo XIII, fue destruido en 1446 y reconstruido poco después por Dermot McCarthy, rey de Desmond. Lo que queda en pie, la torre principal y algunas habitaciones, es más que suficiente para sostener una de las supersticiones más famosas del mundo.
En lo alto del castillo, incrustada en la muralla, está la Piedra de Blarney. Para besarla hay que acostarse de espaldas, inclinarse hacia el vacío y confiar en que alguien te sostenga. El ritual no es cómodo ni elegante. Tampoco pretende serlo.
A cambio, promete el don de la elocuencia: hablar bien, convencer, salir ileso de una conversación difícil. En Irlanda, donde la historia se ha defendido más con palabras que con ejércitos, eso no es un lujo menor.
El origen de la piedra es un caos delicioso. La leyenda más popular dice que es un fragmento de la Stone of Scone, regalo de Robert the Bruce a los irlandeses tras la Batalla de Bannockburn en 1314. Otras versiones aseguran que fue la almohada bíblica de Jacob, que pasó por las manos del profeta Jeremías, que perteneció a San Columba de Iona, que fue tocada por Moisés o que llegó a Irlanda durante las Cruzadas.
Lo esencial es esto: la piedra concentra siglos de relatos superpuestos, y al besarla, uno no pide suerte abstracta. Pide voz, ingenio, capacidad de salir hablando cuando el mundo aprieta.
Hagia Sophia, Estambul: la suerte de resistir
Hagia Sophia es uno de esos edificios que ya no necesita introducción, pero aquí va el contexto: fue construida en el año 537 por orden del emperador Justiniano como basílica cristiana, se convirtió en mezquita tras la conquista otomana de 1453, fue museo en el siglo XX y volvió a ser mezquita en 2020. Pocos edificios en el mundo han cambiado tantas veces de función sin dejar de ser sagrados.
Dentro de ese caos histórico hay un detalle sorprendentemente pequeño que atrae filas de personas todos los días: la llamada Columna del Deseo (también conocida como la weeping columno columna llorosa).
Es una columna de mármol con un orificio del tamaño de un pulgar, rodeado por una placa de bronce. El ritual es claro y no negociable: hay que introducir el pulgar, girarlo completamente en círculo y sacarlo. Si el dedo sale húmedo, el deseo “tiene posibilidades”.
Como fun fact para tu siguiente sobre mesa larguísma: en época bizantina se creía que la columna tenía propiedades curativas. Los peregrinos la tocaban para aliviar dolores, enfermedades y malestares físicos. El ritual sobrevivió al cambio de religión. Cristianos y musulmanes siguieron tocando el mismo punto durante siglos, aunque cada grupo le diera una explicación distinta.
El agujero está así de pulido no por diseño, sino por desgaste humano acumulado. Miles de dedos, durante más de mil años, han pasado exactamente por el mismo punto. Es uno de los ejemplos más claros de fe convertida en erosión. Aquí no se pide amor eterno ni regresar a una ciudad, se pide salud, alivio, estabilidad.
Amulet Market, Bangkok: elegir la suerte
En Bangkok, la suerte no se pide. Se elige.
El Amulet Market no es un mercado turístico bonito ni silencioso. Es ruidoso, apretado, visualmente abrumador y absolutamente funcional. Aquí no se viene a “ver”, se viene a resolver algo.
Los amuletos que se venden no son genéricos. Cada uno está pensado para un propósito específico: protección física, éxito en negocios, poder, carisma, amor, salud, defensa contra malas energías. No uno para todo. Uno paraesoque te urge.
Pero no todos los amuletos son iguales ni valen lo mismo. Algunos cuestan monedas; otros pueden alcanzar precios altísimos dependiendo del monje que los bendijo, la antigüedad, el templo de origen o incluso la reputación milagrosa del objeto. Hay amuletos que se coleccionan como artefactos históricos y otros que se tratan casi como inversiones.
Muchos de los vendedores no explican demasiado. Asumen que sabes qué estás buscando. El amuleto no “funciona” solo por comprarlo. Tradicionalmente debe activarse: con oraciones, reglas de comportamiento o incluso restricciones morales. Hay amuletos que prometen poder, pero solo si no mientes. Otros protegen, pero exigen disciplina. La suerte, aquí, viene con condiciones.
El Amulet Market existe porque en Tailandia la espiritualidad no está separada de la vida cotidiana. El budismo, el animismo y la superstición conviven sin conflicto. La buena fortuna no es abstracta ni vergonzosa: es una herramienta más para moverse en un mundo competitivo e incierto.
En lugar de lanzar una moneda o tocar una piedra, eliges qué tipo de suerte estás dispuesto a cargar encima. Y eso, culturalmente, dice mucho más que cualquier deseo al aire.
Fushimi Inari Taisha, Kioto: repetir hasta que funcione
Es el santuario sintoísta más importante dedicado a Inari, la deidad del arroz, la prosperidad y los negocios. Fue fundado en el año 711, mucho antes de que Kioto fuera capital imperial, y sigue activo más de1,300 años después.
Si hoy se asocia con el dinero no es casualidad. En Japón, el arroz fue durante siglos sinónimo de riqueza, estabilidad y poder. Pedirle algo a Inarinunca fue “espiritual” en abstracto: era pedir que el sustento no faltara.
El gesto más famoso de Fushimi Inari es caminar bajo miles detoriirojos que suben por la montaña. No son decorativos. Cada torii es una ofrenda donada por individuos o empresas que pidieron o agradecieron buena fortuna en negocios. Los nombres y fechas están inscritos en la parte posterior: aquí la suerte deja recibo.
Algo que nos encantó aprender fue que Inariestá asociado con los zorros (kitsune), mensajeros divinos. Por eso hay estatuas de zorros por todo el santuario, muchas sosteniendo llaves en la boca: la llave del granero, del arroz, del acceso a la abundancia.
El ritual no exige lanzar nada ni tocar una piedra específica. Exige tiempo y constancia. Caminar, subir., repetir, detenerse., seguir. Es común que la gente no complete todo el recorrido: incluso eso está contemplado. Se avanza hasta donde se puede.
Fushimi Inarino promete milagros rápidos. Promete algo más japonés: que el esfuerzo repetido, bien dirigido, eventualmente rinda frutos.
Il Porcellino, el jabalí que cobra el regreso
El jabalí de bronce que hoy se frota en Florencia es una copia del siglo XVII de una escultura romana mucho más antigua, colocada estratégicamente junto al Mercato Nuovo, el corazón comercial de la ciudad. Nada casual: desde la Antigüedad, el jabalí ha sido símbolo de fuerza, fertilidad y prosperidad.
El ritual correcto tiene pasos y consecuencias: Primero, hay que frotar el hocico del animal. Luego, colocar una moneda en su boca, y finalmente, dejarla caer.
Si la moneda atraviesa la reja de la fuente y llega hasta el agua, el augurio se cumple: trae suerte y asegura el regreso a Florencia. Si no pasa, no hay trato.
Esta tradición no es reciente ni inventada para turistas. El novelista y viajero escocés TobiasSmollett ya la documentaba en 1766, explicando por qué el hocico del jabalí brillaba incluso entonces. El lustre no es decorativo: es bronce pulido por siglos de manos repitiendo el mismo gesto.
Otro dato que importa: el dinero recolectado no se queda en el mito. Las monedas se destinan íntegramente a laOpera de lla Divina Provvidenza Madonnina del Grappa, una institución católica de caridad. La suerte personal se convierte, literalmente, en bien común.
Hoy, Il Porcellino es una de las atracciones más visitadas de Florencia. A nadie le importa demasiado que la estatua original esté resguardada en un museo. El poder no está en la autenticidad material, sino en el gesto repetido.
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