mujer balanceandose

Velocidad y ritmo; es parte de caminar en balance

El equilibrio es necesario para llegar al destino que queremos, pero para lograrlo, hace falta definir las prioridades que tenemos, el rumbo que deseamos seguir y, en especial, la rapidez con la que daremos cada paso. Todo un reto, ¿no?

Hace unos años comencé a trabajar con mi flexibilidad en términos de “recalcular el camino”, e hice las paces con aquello de cambiar de dirección. Me di cuenta de que de eso se trataba el balance: de saber tus prioridades y tu rumbo, pero sobre todo, de estar dispuesta y abierta a modificar el camino si algo no sale como pensabas. Ahora me topo con la caja de velocidades del coche que monto, y me pregunto: ¿es el ritmo al que me quiero mover el que estoy eligiendo seguir?

  Estas últimas semanas, me vi atravesando por días de mudanzas, pendientes y logística; teniendo que tomar demasiadas decisiones, adaptándome a cambios al haber decidido moverme de país por un tiempo, diciendo adiós a gente con quien aplazaré las visitas por experimentar la distancia, volviéndome aficionada a las listas en las que los to do’s se tachan y padeciendo de un cansancio acumulado.

Buscar el balance es parte de observarte constantemente; es escucharte y entender cuando algo está faltando y tener la iniciativa de hacer los cambios necesarios para incluirlo en tu día a día

Y es que entre tanto movimiento experimentado, sentí que la velocidad crecía, las actividades se multiplicaban y debía buscar espacio para hacer más con menos. Hasta me vi diciendo “no me da la vida”, ¿pero en serio no me da la vida?

mujer en equilibrio

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Vivir de prisa o vivir con placer

A veces el cortisol es como un suplemento que decidimos tomar todas las mañanas, junto con el magnesio y la vitamina C. Nos gusta el rush de estar alertas, ocupados, útiles, productivos…

La adrenalina es emocionante y vivir esos picos de pensar que quizá no lo logramos nos hace sentir… ¿vivos?, ¿o más bien bastante alterados?

Y es que ir de prisa no solo mata la ternura, sino como diría un amigo mío, “no es elegante”. No es elegante porque vivir de prisa sobrevive el tiempo, no lo cata; ve atractivo hacer más en menos, no menos en más, y contamina el pensamiento con el apresurar del hacer, no con el placer del ser.

Ahora bien, habiendo estado en ambos lados, puedo decir que la prisa despierta y te pone los sentidos atentos; es como caminar con el viento frío en la cara. Quizás no es tan cómodo, pero te mantiene presente también, te recuerda que estás vivo.

Y como esta vida no tiene instructivo, y hay que rompernos para saber lo que duele y dejarnos sentir para experimentar lo placentero, nos toca averiguar cómo es que vivimos a ritmo y cómo se baila eso.

mujer en un campo con los brazos estirados

El indispensable equilibrio

Buscar el balance es parte de observarte constantemente; es escucharte y entender cuando algo está faltando y tener la iniciativa de hacer los cambios necesarios para incluirlo en tu día a día.

¿Fácil? No, pero necesario.

No solo observo el balance como parte de incluir las áreas de tu vida que son importantes para ti, sino también como manera de encontrar el ritmo que hará disfrutable cada una de esas áreas y entender que la velocidad no te llevará necesariamente más rápido a tu destino.

El ritmo “es la forma de sucederse y alternar una serie de acontecimientos que pasan periódicamente”; es decir, es la cadencia con que atravesamos la vida, es “sucederse” y dependerá de los acontecimientos que ocurren cómo se irá trazando el ritmo con el que aceleramos o aplazamos los movimientos que hacemos en este, y por ende, cómo sucedemos nosotros.

mujer balanceada

Entonces, ¿cómo saber si el ritmo es acelerado o lento? ¿Si debemos frenar o continuar? Hay bailes que saben mejor suaves, en calma; hay salsas más movidas, ¿pero qué tanto tiempo podemos vivir en un reguetón agitado?

Supongo que la respuesta es que el ritmo se siente, no se cuantifica más que cuando sucedió, cuando pasó por nosotros y dejó un rastro físico, cuando le dimos vida, y él trazó la nuestra.

Al final, no siempre podemos elegir la música que la vida nos pone, pero podemos elegir cómo la bailamos.

Con cariño,

Ana Victoria.

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