Bienestar

El piso 51

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 6 minutos de lectura

"Hoy cumples 51 años, y por eso estamos todas aquí: para concederte un deseo. Pero ojo: es un deseo espejo. Lo que pidas para ti debe ser también para todas las que están hoy aquí."

Compartir:

el piso 51
Cortesía Daphne Ibargüengoytia.

Nadie supo muy bien quién convocó. Creemos que fue Chío, tal vez le pidió a Elena, mi hija, una ayudadita logística. En fin, ahí estábamos todas. Incluso Cons, Betel y Liliana que viajaron para llegar a mi festejo.

Subimos un elevador con la emoción que aparece cuando se reúne un grupo de mujeres que se adoran y saben que algo bueno va a pasar. El elevador subió… y se detuvo: Piso 51.

Las puertas se abrieron.

Ahí estaba mi mamá. Guapísima, despampanante, con una luz que no parecía venir de los focos sino de otro lugar. Ese glamour con arrugas de experiencia, pelo blanco perfectamente peinado y una generosidad amorosa que atrae toda la atención.

—Estamos aquí reunidas para festejar a mi hija, la más chiquita, la más amorosa… mi Palas Atenea, perfume de todas mis flores y jardín de todas mis rosas.

Yo, ruborizada por tanto halago, no entendía muy bien qué estaba pasando.

—Hoy cumples 51 años —anunció mientras me colocaba una corona de flores en la cabeza—, y por eso estamos todas aquí: para concederte un deseo. Pero ojo: es un deseo espejo. Lo que pidas para ti debe ser también para todas las que están hoy aquí.

Pensé y pensé. Algo para mí… y para todas mis amigas. ¿Qué podía ser?

—Ya sé —dije por fin—. Quiero eliminar la menopausia de la vida de todas nosotras.

La reacción fue inmediata.

—¡Sí!
—¡Qué buen deseo!
—¡Maravilloso!
—¡Urgente!
—¡Hazla desaparecer ya!

Mi mamá cerró los ojos. No parecía del todo convencida, pero estaba dispuesta a concederle el deseo a su benjamina.

—Muy bien —dijo—, pero un deseo así no se concede solo. Necesitamos hacer una fórmula perfecta, donde cada una ponga el ingrediente exacto para erradicar la menopausia de sus vidas.

Chío fue la primera en hablar, con ese don suyo de decir la palabra exacta en el momento justo.

—Yo quiero eliminar el drama, la histeria y el mal humor —dijo—. Ese estado en el que todo molesta: el ruido, la gente, el aire… y una misma.

—Por eso pongo la risa, para desactivar el enojo antes de que se vuelva tragedia y voluntad, para que el cuerpo cansado no se encierre en el “ya no puedo” y vuelva a circular hacia afuera.

La Sacerdotisa, o sea mi mamá, asintió, satisfecha.

—Exacto. La risa enfría, la voluntad oxigena y la palabra justa evita incendios innecesarios.

Lili se acercó con esa frescura que la caracteriza.

—Yo aporto la fórmula para distraer a la mente de las preocupaciones —dijo—. Eso que te provoca despertarte a las tres de la mañana y te hace pensar que algo anda mal.

Hizo una pausa.

—Yo propongo no darse cuenta. No mirar el reloj. No pensar “hoy no voy a dormir”. Más bien, convertir la madrugada en una oportunidad.

Sonrió.

—Porque si no sabes que es un problema, no lo es. Hay batallas que solo existen porque decidimos pelearlas; cuando ni siquiera las vemos, simplemente no tenemos que luchar contra ellas.

La Sacerdotisa levantó la vista.

—Sabiduría pura. Hay síntomas que solo existen cuando les ponemos atención excesiva. El descanso también llega cuando una deja de exigirlo.

Araceli habló con una voz suave y melódica.

—Yo quiero eliminar la sensación de estar sola en esto —dijo—. Porque hay etapas en la vida en las que una puede estar rodeada de gente y, aun así, sentirse profundamente sola.

Se acercó un poco más.

—Yo pongo contención. Contención para sostener cuando no reconoces tu cuerpo, cuando el humor cambia sin pedir permiso, para no minimizar lo que duele ni dramatizar lo que pasa, contención que acompañe… hasta que una vuelve a encontrarse.

La Sacerdotisa asintió lentamente.

—Porque no hay transición más difícil —dijo— que la que se atraviesa sin ser mirada.

Meche dejó algo casi invisible sobre la mesa.

—Yo quiero quitar la dureza. Esa voz que te juzga por subir de peso, por olvidar cosas, por no rendir igual, por hacer o dejar de hacer. Yo pongo bondad y compasión. Trato amoroso contigo misma.

—Bien dicho, Meche. Eso baja la inflamación del alma —dijo la Sacerdotisa.

Bety revisó todo con ojo clínico.

—Yo quiero eliminar la confusión y los olvidos. Pongo claridad emocional: entender sin volverte loca, escuchar al cuerpo sin pelearte con él.

—Eso es medicina profunda, digno de una curandera —aprobó mi mamá.

Luisa caminó con esa elegancia que no presume nada.

—Yo elimino la idea de decadencia. Pongo forma de vivir. Pensar con inteligencia, moverte con gracia, habitar la edad sin pedir disculpas.

—Luisa es de las mías, por eso me caes tan bien —dijo mi mamá—. Eso rejuvenece más que cualquier hormona.

Betel dio un paso adelante.

—Yo quiero eliminar el cansancio y la apatía. El cuerpo pesado, la flojera, la sensación de que todo cuesta más. Yo pongo alegría y ligereza sobre todas las cosas; Hay nubes que dan sombra, sí, pero el sol no desaparece: lo que cambia es dónde elegimos mirar.

Consuelo —o más bien, la nueva Consuelo— apareció radiante.

—Yo elimino el miedo al cambio. Pongo transformación: un giro completo que te devuelve a ti misma.

—Eso convierte la menopausia en renacimiento —asintió mi mamá.

Liliana dio un paso al frente.

—Yo quiero eliminar el miedo que aparece en esta etapa: el miedo a no valer lo mismo, a no atreverse, a quedarse esperando que alguien más resuelva lo que solo una puede hacer por sí misma. Yo pongo autonomía. No depender. No compadecerse. No auto derrotarse antes de intentar. —Porque no puedes esperar que nadie te rescate. Y eso no es una tragedia… es una libertad enorme.

La Sacerdotisa asintió lentamente.

—Exacto. Cuando una deja de esperar, recupera su valor.

Laura dejó algo firme y ligero a la vez.

—Yo elimino los bochornos, la vergüenza, el qué dirán. Viva la autenticidad. El ver por ti antes que por los demás. Adiós al juicio. Ser leal con lo que queremos y sentimos.

—Eso estabiliza toda la fórmula —dijo mi mamá.

Todas miramos la mesa. La fórmula estaba casi completa.

—¿Y tú, Brenda?

Como siempre, ella estaba calladita, observando con esos ojos enormes que lo ven todo.

—Yo quiero eliminar el ruido —dijo—. El ruido que confunde acelera y empuja a decir cosas que no necesitan ser dichas; ese ruido que no deja escuchar ni lo que pasa afuera ni lo que pasa adentro. Yo aporto silencio: el silencio que observa entiende y sostiene; el que se queda el tiempo suficiente para que todo vuelva a su lugar y, entonces, actúa.

La Sacerdotisa asintió.

—Exacto. Cuando alguien guarda silencio de verdad, el caos baja solo. Hay ruidos que enferman y silencios que curan.

La fórmula brilló. Empezó a burbujear y un color rosado se expandió por todo el lugar.

Cuando íbamos a sellarla, Elena, mi hija de 19 años, levantó la mano.

—Perdón… pero no entiendo nada.

Todas la miramos.

—¿Por qué quieren eliminar la menopausia? ¿No es una etapa de la mujer? Es como si yo dijera que no quiero crecer…

Nos miró una por una.

—Cada vez que las veo, me emociona llegar al día en que tendré su edad. Las veo gigantes, interesantes, guapísimas, más completas, más seguras, más libres, más ustedes que nunca.

—Yo no sé exactamente qué hace la menopausia —dijo—, pero si así se ven las mujeres cuando llegan ahí… yo deseo llegar a esa edad así como todas ustedes.

Silencio largo.

Mi mamá sonrió.

—Bravo —dijo—. Qué sabia mi nieta; ¿quién en su sano juicio querría eliminar una etapa donde una mujer deja de explicarse y empieza a habitarse?

Creemos que la vida va hacia abajo, cuando en realidad va hacia adentro.

—Hay un momento en la vida de las mujeres en el que el cuerpo deja de pedir permiso, las hormonas dejan de obedecer, la memoria hace lo que quiere y el alma… por fin toma la palabra.

—La menopausia es el momento en que una mujer deja de producir para otros y empieza a habitarse a sí misma. Se cae la urgencia, se cae la máscara, se cae el miedo de no gustar.

—Y en ese espacio aparece algo profundamente divino: la verdad. Y la verdad no está en la juventud eterna, ni en el cuerpo perfecto, ni en la productividad infinita. Está en la conciencia que se afina, en la libertad que se asume y en la risa de mujeres que ya no se explican, sino que se saben.

—Así que no, Daphne —dijo—. No vamos a eliminar la menopausia. Vamos a honrarla.

enero 02, 2026 09:28 a. m. • 3 minutos de lectura

Lee más de Esquinas del tiempo de Daphne Ibargüengoytia dando clic aquí.

Suscríbete aquí a nuestro Newsletter para que estés al día con nuestros contenidos.

Suscríbete a nuestro Newsletter y mantente al día.

X