A veces pensamos en la suerte como si fuera una especie de magia, una predestinación que nos toca o no nos toca. Hay gente que tiene buena suerte y otra que la tiene estrellada, y con eso parece que el asunto queda resuelto, como si no hubiera nada más que hacer. Claro, también hablamos de rachas: épocas buenas, años malos, momentos en los que todo fluye o todo se atora. Muchas veces lo atribuimos a la alineación de los planetas o a fuerzas externas que no controlamos.
Hay experiencias y momentos muy precisos en las que uno entiende que la suerte también se hace. Que no tiene tanto que ver con el azar, sino con la capacidad y la disposición de saber ver y recibir lo que el momento te está ofreciendo.
La semana pasada me fui de vacaciones con mi familia a una playa paradisíaca en el pacífico mexicano. Era temporada de ballenas. Desde la orilla se alcanzaban a ver a lo lejos los chorros de agua en el aire, el lomo oscuro brillante que aparecía un instante y volvía a hundirse, las colas que se zambullían anunciando que la ballena descendía a lo profundo. Verlas desde lejos ya traía consigo una alegría inmensa, una sensación clara de estar en el lugar indicado, en el momento correcto, aunque todo ocurriera a distancia.
Queríamos verlas más de cerca, así que salimos en kayaks mi esposo, mis dos hijas y yo. Remamos durante un buen rato. El mar estaba tranquilo; nos deslizábamos con poco esfuerzo, siguiendo un ritmo constante. Las ballenas seguían ahí, visibles, presentes, pero siempre lejos. Yo pensaba en la suerte: qué suertudos seríamos si una ballena apareciera cerca. Pero la suerte no llegaba. Mi esposo y mi hija mayor se desesperaron y decidieron regresar. Ya habían visto muchas ballenas a lo lejos; asumieron que jamás se acercarían.
Elena y yo nos quedamos.
No había prisa. Teníamos el mar para nosotras solas y un deseo profundo, casi infantil, de ver una ballena de cerca. "Ma, hay que cantarles", me dijo. "Tengamos paciencia, estemos atentas, van a venir, estoy segura". Esa frase, dicha con absoluta naturalidad, abrió un espacio distinto en el tiempo.
Seguimos remando un poco más y luego dejamos de remar. Nos quedamos flotando. Observamos las gaviotas, el movimiento del agua, el reflejo del cielo, el sonido de los pájaros. Azotábamos con fuerza los remos en el agua para llamarlas. Cantamos como se canta cuando no se pide nada, cuando simplemente se está. Ahí estábamos, siendo parte de ese increíble momento.
Y entonces ocurrió.
Escuchamos un soplido potente justo detrás de nosotras. Dos ballenas aparecieron a menos de un metro de nuestros kayaks. El agua se levantó con una presencia viva. El cuerpo enorme de la ballena se movía con una suavidad que desmentía su tamaño. Primero una, detrás la otra en una cadencia perfecta. Todo se volvió cercano, intenso, profundamente real. El mundo se concentró en ese instante preciso en el que pude sentir que algo extraordinario estaba pasando sin necesidad de entenderlo del todo.
Fue un momento suspendido. Un encuentro irrepetible. Un instante que se queda en el cuerpo y en la memoria.
Más tarde, al contarlo a la familia, nos dijeron que habíamos tenido mucha suerte. Y quizá lo fue. Pero al revivirlo pienso que la suerte no aparece de repente. La suerte circula. Se desplaza con la vida, con los días, con las mareas. Y a veces nos alcanza cuando seguimos ahí.
Hay algo que marca la diferencia en quedarse un poco más. En no cerrar la escena demasiado pronto. En permanecer fieles a lo que deseamos y seguir buscando. En sostener la atención sin exigir el resultado, pero confiando en que llegará.
Muchas veces la vida nos ofrece experiencias así: oportunidades que pasan despacio, encuentros que se anuncian con discreción, momentos que no hacen ruido. La diferencia no siempre está en hacer más, sino en estar. En escuchar. En leer el ritmo. En permitir que las cosas se acerquen a su tiempo.
Las ballenas siguieron su camino. El mar siguió siendo mar. Nada se acomodó a nosotras. Lo único que hizo la diferencia fue que todavía estábamos ahí, disponibles, presentes, abiertas y atentas al momento.
Esta experiencia me enseñó que la suerte no es algo extraordinario que llega desde afuera, sino algo profundamente íntimo que ocurre cuando sabemos estar desde dentro, cuando somos congruentes con nuestro deseo y nos permitimos sostenerlo un poco más.
Hay una diferencia muy sutil entre desear algo porque si, o anhelarlo desde el fondo del corazón y tal vez esa diferencia es lo que atrae o incluso crea, esa magia que algunos llaman suerte.
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