Bienestar

Un mundo por descubrir

Por: Daphne Ibarguengoytia
• 4 minutos de lectura

Porque aprender implica aceptar una incomodidad que no nos gusta aceptar que es la de no saber. Es un territorio muy frágil donde uno duda, se equivoca, se siente torpe. Y, sin embargo, cuando nos atrevemos a cruzarlo, algo extraordinario sucede: vuelve a aparecer el asombro.

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un mundo por descubrir
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La semana pasada me fui a la playa y tuve la oportunidad de ver el mundo como si fuera la primera vez, y esto gracias a una personita que hoy ocupa un lugar enorme en mi corazón. No es mi nieta biológica, pero lo es por decisión, por vínculo y por ese tipo de cariño que no necesita explicación. Tiene un año y medio: esa edad en la que todo es nuevo, todo es asombro.

Observarla fue como asistir a un milagro cotidiano. El mar no era “el mar”: era una experiencia desbordante. La arena no era “arena”: era una textura que se descubre, se prueba, se cuestiona. Cada sonido la detenía, cada gesto la sorprendía, cada intento era celebrado como un gran triunfo. Su atención no está fragmentada, su curiosidad no está cansada, su capacidad de asombro es total.

A esa edad, el mundo no está asumido; está abierto.

Y ahí es donde se va formando lo esencial; en el lenguaje que se construye palabra por palabra y mirada por mirada. En los criterios que se forman en la repetición, en la exploración, en el ensayo constante. En las emociones que se viven enteras, sin filtro, sin cálculo.

un mundo por descubrir playa
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marzo 13, 2026 05:46 a. m. • 4 minutos de lectura

Verla fue recordar algo incómodo y revelador a la vez: que cuando somos adultos, el asombro no desaparece… lo abandonamos.

Porque en algún punto dejamos de mirar como si fuera la primera vez. Dejamos de intentar por miedo a hacer el ridículo. Dejamos de celebrar lo pequeño. Nos volvimos eficientes, pero menos curiosos. Más expertos, pero menos disponibles.

Mientras ella descubría el mundo a cucharadas de arena me pregunté, ¿en qué momento dejamos de aprender así? Y ¿en qué momento decidimos que ya sabíamos suficiente?

En los niños, el aprendizaje no es un evento: es un estado permanente y esto para mí, aunque lo viví mil veces con mis hijos, presenciarlo desde otro lugar, y a otra edad, me resultó muy revelador.

En los primeros años de vida, aprender no es un esfuerzo: es una condición natural. Y en la edad adulta esto cambia. Quizá no para todos, pero si para la mayoría: el aprender va perdiendo sentido porque al ir creciendo creemos que ya no necesitamos tanto, o más bien que ya sabemos lo suficiente, y esta percepción nos va haciendo menos humildes, más cuadrados y con menos disposición al cambio.

Lo que antes era descubrimiento se convierte en hábito. Ganamos velocidad, pero perdemos apertura, y sin darnos cuenta, dejamos de exponernos a lo que no sabemos o conocemos.

Hace poco volví a esquiar en agua. Es algo que aprendí desde chica y sabía hacerlo bien, pero al perder la práctica decidí esquiar con dos esquís, aunque siempre lo había hecho en slalom. No quise arriesgarme a fallar, a no salir, a hacer el ridículo frente a mis hijos y sobrinos que me miraban desde la lancha.

Pero mi hermana, que sabía lo que yo había sido capaz de hacer antes, insistió en que lo intentara. Así que lo intenté. La primera vez la cuerda salió volando y la lancha tuvo que regresar por mí. La segunda vez ya casi lo lograba cuando el esquí empezó a tambalearse y acabé azotando contra el agua. Y así, una y otra vez… hasta que salí. Me sostuve. Me encontré en equilibrio, erguida. Y entonces empecé a cruzar de un lado al otro de la estela.

No puedo describir esa satisfacción que sentí. Era una mezcla de orgullo, alegría, una cierta admiración hacia mí misma… pero, sobre todo, agradecimiento por haberme dado esa oportunidad.
vista aerea de ski de agua
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Quise evitar una situación incómoda y al hacerlo me estaba negando un regalo maravilloso. Y es que preferimos lo que dominamos, lo que no nos expone, lo que no nos obliga a empezar de nuevo. Decimos que no tenemos tiempo o ganas, aunque en realidad creo que nos da miedo el fracaso y nos falta tolerancia con nosotros mismos.

Porque aprender implica aceptar una incomodidad que no nos gusta aceptar que es la de no saber. Es un territorio muy frágil donde uno duda, se equivoca, se siente torpe. Y, sin embargo, cuando nos atrevemos a cruzarlo, algo extraordinario sucede: vuelve a aparecer el asombro.

El asombro adulto no es ingenuo como el del niño. No es espontáneo ni constante. Es más raro, más escaso. Llega cuando, después de insistir, algo finalmente se logra. Cuando una mano que no sabía aprende. Cuando el cuerpo o la mente hacen, por primera vez, algo que antes parecía imposible.

Y entonces ocurre una satisfacción rara y única: la conciencia de haber cruzado un umbral, de haber llegado a un lugar que antes no existía. Ese es el verdadero sentido del logro. Porque cuando creemos que ya somos, descubrir que todavía podemos convertirnos en algo más es profundamente valioso.

He pensado estos días que quizá dejamos de aprender porque nos cuesta tolerar ese primer momento incómodo en el que no sabemos.

Pero si resistimos esa pequeña incomodidad, la recompensa no es solo saber algo nuevo, es volver a sentir lo mismo que siente un niño: que tiene todo un mundo por descubrir.

Con esta reflexión te invito a incursionar en algo nuevo. No tiene que ser una hazaña extraordinaria, puede ser algo tan sencillo como aprender a tejer, a tocar un instrumento o a probar un nuevo estilo de baile. Algo que te saque de la rutina, de tu zona de confort, de la idea que tienes de quién eres y te permita descubrir en quién puedes convertirte, para sorprenderte de ti mismo tengas la edad que tengas.

febrero 27, 2026 01:17 p. m. • 3 minutos de lectura

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