En la colonia Nápoles, donde la Ciudad de México se despliega entre avenidas vivas y rincones que aún guardan secretos, existe un lugar que parece susurrar en lugar de anunciarse. Dentro de The Hive Hotel, Alinna se descubre como un refugio íntimo, casi confidencial: un espacio donde la gastronomía se transforma en emoción y donde cada visita se siente como un hallazgo personal.
Alinna surge como la evolución natural de un proyecto que ya entendía el arte de recibir. Nacido a partir de Alinna Catering & Events –fundado en 2020 por la sommelier Elizabeth Cruz y el chef Pablo Palomo–, este restaurante representa la materialización de una visión más amplia: crear un universo donde cocina, vino y hospitalidad dialoguen con armonía. Aquí, todo está pensado para disfrutarse sin prisa – el tiempo también forma parte del menú.
La atmósfera marca el primer gesto. Materiales nobles, luz tenue y una elegancia serena envuelven la sala, mientras una cava protagónica late como corazón del espacio. Afuera, la ciudad continúa; adentro, el ritmo desacelera. Hay una sensación de pausa que invita a afinar los sentidos y a entregarse, sin resistencia, al placer.
La cocina de Pablo Palomo –originario de Valladolid– encuentra su raíz en la tradición vasco-francesa, pero habla en un lenguaje contemporáneo, claro y honesto. Su propuesta no busca impresionar desde el exceso, sino conmover desde la precisión. Cada plato revela respeto por el producto, técnica depurada y una intuición que entiende cuándo intervenir… y cuándo dejar que el ingrediente se exprese por sí mismo.
Las croquetas de la Yaya abren la experiencia con una nota de memoria: crujientes, cremosas, generosas en jamón ibérico, evocan esa cocina heredada que se transmite sin recetas escritas. La gilda de Alinna y el pintxo de boquerón continúan el relato con guiños al País Vasco, reinterpretados con una elegancia sutil.
El foie gras –uno de los momentos más memorables– alcanza una ejecución precisa: dorado, aterciopelado, acompañado por una delicada mermelada de uvas moscatel que equilibra su profundidad con dulzura aromática. Las láminas de wagyu, apenas tocando el plato, se disuelven como un suspiro, ligeras e intensas a la vez.
Hay también espacio para la cocina lenta y reconfortante: canelones de rabo de toro con salsa de trufa, arroz de montaña, escalopas de foie gras al vino dulce o el solomillo en fina salsa de mostazas, emblema de la casa. Incluso los postres –una tarta hojaldrada de manzana o una torrija cálida– prolongan esa sensación de calidez que atraviesa toda la experiencia.
Alinna encuentra en Elizabeth Cruz una dimensión esencial. Su presencia redefine el papel del vino. Su selección con etiquetas principalmente de España y Francia, muchas importadas directamente, construye un hilo invisible que conecta cada plato. Copas, medias copas o botellas completas permiten que cada comensal explore a su ritmo, mientras los cocteles de autor aportan un matiz cambiante, estacional.
Decía George Bernard Shaw que "no hay amor más sincero que el amor por la comida", y en Alinna, esta pasión se percibe en cada platillo. Alinna se está rápidamente convirtiendo en un espacio donde la cocina, el vino y la hospitalidad se encuentran en un baile seductor y en un profundo acto del amor mas sincero.
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