Las brujas en Rusia eran en su mayoría hombres
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Cuando hablamos de la palabra “brujas” en la vida real, usualmente pensamos en aquelarres de mujeres bailando sin ropa a la luz de la luna, invocando a Satanás o las fuerzas de la naturaleza para un fin común, aunque esta no siempre ha sido la cara de la hechicería.

A pesar de que en la Europa católica o protestante abrazaría el concepto de brujería como un arte satánico practicado por mujeres, además de mantener a raya a las más fuertes e independientes a través de estas acusaciones, en la Rusia ortodoxa, los acusadores usualmente culpaban a los hombres de embrujarlos, además de creer que “el poder de la magia” venía de distintas fuentes.

De hecho, existen muchísimas evidencias en documentos que engloban del siglo 12 al 18 acerca de la creencia rusa de la brujería: sermones, crónicas históricas y cuentos, relatos de la vida de algunos santos, leyes y decretos, manuales de medicina herbolaria y libros de hechizos, y hasta archivos de la corte en aquella época, que estos documentos nos otorgan un vistazo cercano a la vida de la gente común que de otra forma se perdería en el éter: en casas de campesinos y regimientos militares, en haciendas de servidumbre y en barcazas en el río Volga. Los testimonios textuales en los registros de los juicios muestran relaciones tensas, a menudo abusivas, entre esposos y esposas, amos y sirvientes, patrocinadores y clientes.

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¿Cómo funcionaba la magia en Rusia?

Tres de cada cuatro rusos acusados de brujería eran hombres, acusados de actuar solos o a lo mucho en complicidad de uno o dos asociados, quienes normalmente eran acusados de magia más típica y práctica.

Mientras que en Europa Oriental incluían visiones aterradoras de brujería satánica, lo típico: Sabbath negros donde brujas desnudas volaban en escobas para deleitarse en festines canibalísticos y orgías diabólicas (¡inviten!) –, se creía que las brujas en Rusia buscaban fines más inmediatos y terrenales, como curar heridas o lastimar un negocio competidor.

Las brujas ayudaban a crear pociones de amor
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Para lanzar sus hechizos y crear sus pociones, normalmente agregaban ingredientes típicos del folklore europeo como hierbas y raíces, incluyendo la ocasional ala de águila, el ojo de un pollo o tierra de una tumba, utilizando la analogía para darle vida al conjuro – “Cómo (esto), así (esto)”, por ejemplo:

Como un leño que se quema y se seca en el fuego, así arda y se seque el corazón de mi amo.

Algunos de los hechizos conjuraban seres sobrenaturales, desde Satán, hasta Jesucristo, María o los santos, incluso llegaban a invocar figuras de leyendas rusas como Baba Yaga. Ocasionalmente, los hechizos invocaban a Satanás y “sus muchos pequeños satanaces”, o invocaban a santos y satanes a la vez.

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La magia era cosa de todos los días

Algunas acusaciones eran evidentemente falsas, sin embargo, hay varios documentos que comprueban que muchos de los acusados igualmente realizaron actos de brujería como hechizos o rituales.

Muchos practicantes utilizaban su magia para curar a los enfermos, ayudar al corazón roto o encontrar personas y objetos desaparecidos, proteger a las personas de armas o flechas y resguardar al ganado. Aunque también estaba el contraste, utilizando la magia para fines más oscuros, como maldecir, enfermar o poseer a otros y hasta asesinar al objetivo.

Como dato curioso, para las personas regulares era igual de común y frecuente visitar al brujo/curandero que visitar al padre de la iglesia para buscar socorro o ayuda a combatir alguna enfermedad, pues ir con el brujo suponía una ayuda más allá de oraciones, incluso hay registros de la esposa del Zar buscando la ayuda de algún curandero.

Aunque también eran muy comunes los hechizos de amor, utilizados por hombres para volverse irresistibles o por las mujeres para apasiguar la ira de su marido.

Por último, era muy común utilizar la magia para escalar en la sociedad y obtener poder, sabiendo que muchos utilizaron hechizos para ganarse el favor de su superior, ya sea su amo, su general o hasta al mismo Zar.

Con información de The Conversation; lee el artículo original en inglés AQUÍ .

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