A Carlos Reyes de la Cruz y Fernando Cornejo. A Paris Rogu.
Durante el primer año de nacidos, los azcatepenses reciben un corazón negro. Está hecho de un mineral que se extrae del Cerro Gordo, en el Estado de México y al cual la gente, tras la peculiar tradición, ha llamado “piedra eriza” o simplemente “erizo”. Se los dan en agosto, cuando las lluvias están en su apogeo. La humedad de los llanos y los pastizales que brotan a orillas del Cerro de las hormigas es propicia para el crecimiento de las gemas cuya constante dilatación y porosidad genera canales internos a modo de arterias. Incluso, ante los cambios de temperatura, es posible ver cómo la roca se expande y se contrae como un corazón punzante.
El origen de esta tradición es imprecisa. Algunos la ubican en el pasado mesoamericano; otros han propuesto que provino de una cultura nómada de origen desconocido. Otra versión es que las piedras llegaron del cielo y dos campesinos las vieron caer en un charco, las adoptaron como amuleto y descubrieron y difundieron, y hasta obligaron a sus familias, a punta de vara, a instituir el ritual. En cualquier caso, la versión que cada familia adopte, incluso si es distinta a la de otras familias, es válida para toda la comunidad. En el fondo todos los rituales son el mismo y tienen la misma procedencia.
El erizo se ha utilizado por décadas para evitar el llanto de los varones de la colonia, a quienes sólo les es lícito mostrar sus emociones a través de algún arte, oficio o profesión. Por ello es común ver por las calles bancas con muecas de tristeza, banquetas destrozadas, intransitables, o parques públicos llenos de sauces enzanatados, semáforos titubeantes y sombras ataviadas de luto a las afueras de los panteones, en pleno mediodía. El riesgo mayor de esta restricción es que, cuando algunos no hallan la forma de comunicarse, se les llena de tizne la tripa y terminan empeñando su vida por un garrafón de caña en las tiendas de las esquinas, platicando largas noches con pipas requemadas o golpeando y asesinando a los paisanos con los que antes compartieron la dicha y el canto.
Cada noche de luna llena, los varones azcatepenses dejan su piedra bajo la luz de la luna, al sereno, junto a un vaso de agua con sal para que reciban la humedad, el viento y los sonidos de las aves nocturnas. Ahí, las mujeres mayores cantan y golpean a los corazones con ramas de pirules y hueledenoches bañadas con miel y plumas de zanate, y pegan en sus costados puntas de maguey que se van sumando en cada sesión del ritual. Año con año, las espinas se acumulan en los contornos de la piedra y ésta se ensancha dejando huecos de aire y humedad en sus cavidades. Ante un titubeo emocional, el erizo se vuelve un oráculo al que los hombres consultan y lo pegan a su oreja para escuchar sus consejos como si fuese una caracola que, en lugar de olas, guarda el eco de la noche.
Cuando rompen su hermetismo emocional, los azcatepenses reciben el oprobio. El rebelde es castigado con la burla y vergüenza de sus congéneres y se autoriza públicamente a sus familias para que abandonen al desertor y busquen a otro hombre que tenga intacta su piedra negra. Las familias que han decidido apoyar al transgresor, terminan soportando años de pena mientras el enajenado no puede hacer más que llorar y perderse en lamentos de caña hasta que el hígado le estalle.
En los pueblos aledaños, los hombres del Cerro de las Hormigas son vistos con desconfianza. Si alguna vez una extranjera decide ofrecer su corazón genuino y reclamar el cariño del azcatepense, al descubrir su emoción, avergonzado el hombre debe volver al cerro para hablar con algún viejo, disculpar su debilidad y pedir consejo. La penitencia que se le impone consiste en enviar al enamorado solo, con apenas un calzón, poca agua y sin comida a la punta del cerro, sentado y cercado por hormigas rojas. En medio de esta renuncia, el oficiante debe improvisar un canto para decir su emoción antes de morir devorado por las hormigas.
Si el canto se oye a lo lejos y es agradable a otros azcatepenses, salen, en plena madrugada, a seguir el estribillo, que se les va enredando en el sueño. Si el penitente logra endulzar los ronquidos de otro hombre del pueblo, éste sale a repetir el estribillo apretando su erizo entre las manos hasta clavarse las espinas, para convocar a sus vecinos a unírsele. Puede ser que entonces otras voces soñolientas se levanten de a poco, contagiadas, a acompañarlo. Aquellos cantos solidarios comienzan como sonámbulos laraleos y palabras ininteligibles. Arriba, en la punta, el penitente debe sostener y apretar su erizo y mantener el coro adormilado de los demás para que no lo dejen solo, para ser perdonado por su desafío. Más de una vez, algún enamorado no logró despertar a más de uno que, cansado de cargar su piedra, dejó de cantar, volvió a dormir y bajo la luna llena el fallido juglar fue devorado, junto a su corazón negro, por las hormigas.
Cuando mueren los azcatepenses más viejos, con su enorme corazón espinoso y prieto, de años crecido, son sepultados en el panteón municipal. Cada Día de Muertos, los azcatepenses van a visitar las piedras de sus viejos acompañados de guitarras y pulque, y a medianoche se alcanza a escuchar una muchedumbre de aleteos y una alharaca de pájaros encerrados en las tumbas de sus muertos más recientes; cantos de aves nocturnas que gritan eufóricas hasta que rompen la coraza de piedra y espinas, parten los ataúdes húmedos, se abren paso entre la tierra, aves negras que se sacuden la humedad y salen volando, libres al fin, mientras se pierden en la noche con un destino indescifrado.
*Abel Rubén Romero, por amor al melodrama y al chisme, es abogado y poeta. Estudió Derecho, Letras Hispánicas, Escritura Creativa y Arte y Literatura en la Universidad del Valle de México, Universidad Autónoma Metropolitana, Universidad de Sevilla y Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
