Esa idea de la mujer etérea, romántica y un tanto sombría no nació de la nada. Se la debemos a cientos de poetas que, bajo la influencia del Romanticismo, crearon un imaginario donde la mujer era un ideal inalcanzable. Lamentablemente, plumas brillantes como la de Manuel Acuña también provocaron que mujeres reales, talentosas y complejas, terminaran reducidas a figuras "mezquinas" solo por no corresponder a un afecto, como Rosario de la Peña.
Rosario de la Peña y Llerena fue, quizá, la víctima más famosa de este romanticismo desbordado. Acuña la encapsuló para siempre en un poema que sirvió de carta suicida y, al mismo tiempo, de injusto testimonio de la supuesta frialdad de Rosario.
Esta es la historia de una mujer cuya única "culpa" fue existir en medio de un grupo de intelectuales brillantes, pero incapaces de lidiar con la realidad del rechazo.
¿Quién fue realmente Rosario de la Peña?
Primeramente, ella era Rosario de la Peña y Llerena, nunca "Rosario la de Acuña". Nació en una familia acaudalada e intelectual de la Ciudad de México. Su hogar no era solo una casa, sino un refugio de pensamiento donde se celebraban tertulias épicas. Allí se discutía desde la poesía más apasionada hasta el futuro político de una nación que apenas estrenaba libertad.
Los De la Peña abrían sus puertas a las mentes más brillantes de la época; Justo Sierra, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto y el mismísimo Ignacio Ramírez, "El Nigromante", entre otros. Casi todos ellos confesaron su admiración y su amor por Rosario (se dice que recibió más de 15 propuestas de matrimonio). De hecho, el famoso "Álbum de Rosario" guardaba testimonios de estos afectos, incluyendo los versos originales del trágico Nocturno.
La maldición de ser una mujer brillante y bella
Para la época, no era común que una mujer se desenvolviera con tanta naturalidad entre hombres ilustres. Rosario tenía un carácter firme y una educación vasta, gracias a la fortuna familiar que le permitió cultivarse sin las preocupaciones económicas de su tiempo.
Cuenta la leyenda (alimentada por la neblina de los años y el drama) que Manuel Acuña insistía en visitarla para conquistarla. Rosario, en un gesto de cortesía más que de interés romántico (esa mala costumbre que tenemos las mujeres de no decir No por compasión), le permitía las visitas.
No hubo un "sí" rotundo, pero tampoco un rechazo tajante, algo común cuando se intenta no herir a quien te llena de halagos; y esa pequeña rendija de esperanza fue suficiente para que Acuña la llamara, erróneamente, "prometida mía" (no es por hablar mal de nadie, pero Acuña cargaba ciertos genes depresivos y volátiles, pues dos hermanos suyos también se suicidaron).
El verdadero amor de Rosario
La realidad es que el corazón de Rosario ya tenía dueño: el poeta Manuel María Flores. Su relación duró 11 años y fue un vínculo profundo que terminó en tragedia cuando la sífilis se llevó a Flores, ya ciego y con la salud deteriorada.
Rosario no fue mezquina ni soberbia; simplemente era una mujer enamorada de un hombre que no era Manuel Acuña. No corresponder al poeta "mártir" la convirtió en la villana de México e incluso de Francia, donde el suicidio de Acuña resonó con fuerza.
Años después, en entrevistas concedidas al final de su vida, aún se percibía en ella el eco de ese rencor por haber sido señalada como "la mujer más mala del mundo". Hoy sabemos que Rosario no le debe explicaciones a nadie. Pagó un precio alto por un drama que ella no escribió, sobreviviendo al estigma y a la pérdida de su gran amor.
