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Lo que debes saber sobre sexo, erotismo y orgasmos

Para celebrar el Día del Orgasmo Femenino, tenemos que conocer todo lo que hay alrededor de este, el placer sexual en general, las zonas erógenas y la manera de estimularlas. ¡Toma nota para que tengas un gran festejo!

Pocos temas y escasas experiencias conmocionan tanto la totalidad del ser humano como los relacionados con su dimensión erótica y su capacidad de desear y ser deseado. Basta con mirar nuestro entorno para encontrarnos con el bombardeo de los medios de comunicación y las redes sociales que nos muestran, ya sea por exceso o por defecto, que el placer sexual y la relación con el otro se ha convertido en el tema de preocupación fundamental de nuestra época.

  En los tiempos de nuestros abuelos, la práctica sexual (sin orgasmos incluidos) y la vivencia amorosa tendían a amalgamarse en la institución matrimonial. Fue a raíz de la revolución sexual, la aparición de la píldora anticonceptiva y el posicionamiento de las mujeres en la vida pública que sexo y reproducción se desarticularon, y la sexualidad (incluidos los orgasmos) se abrió camino en las relaciones al punto que hoy, el placer sexual se ha convertido en un eje central de las relaciones en la actualidad.

Entre pulsiones y emociones
Pero ¿de qué están hechas aquellas posibilidades que nos permiten vivir toda esta infinidad de opciones relacionales, sexuales y amorosas? ¿En qué se sustenta su existencia? ¿Cómo hacer las distinciones necesarias para no llevarnos “de calle” el cuerpo, el alma y, a veces, hasta al vecino del 32?

La respuesta consiste, en una parte, en conocer nuestra etapa de vida, nuestras necesidades, nuestras aspiraciones y nuestras posibilidades. Pero, a otro nivel, requerimos distinguir (literalmente) las diversas dimensiones del fenómeno erótico-amoroso para habitar sus diferentes territorios con mayor conciencia, libertad y responsabilidad.


El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes que coexisten dentro de un mismo fenómeno. Con mucha frecuencia hablamos de sexo –“tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo…”– cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan dentro de la sexualidad.

En sentido estricto, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad: se nace siendo varón o hembra. Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles… En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional.

El erotismo por su parte, junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento se puede asentar (o no) el amor.

orgasmo femenino

El goce sexual es el más fuerte de los placeres, y a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo; por eso tiene también la capacidad de crear los vínculos más fuertes. Si alguien nos genera placer erótico, trataremos de encontrarlo una y otra vez.

La búsqueda del placer sexual
Esta distorsión al hablar de sexualidad para referirnos al erotismo es muy común entre los mortales del siglo XXI. El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica.


El sexo, de manera literal, está destinado a la reproducción; por eso es animal. En cambio, el erotismo está destinado al placer; por eso es humano. El instinto se transforma en placer y el placer, en erotismo… El erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer. El goce del erotismo es central en cualquier intercambio “sexual” humano y, de manera particular, en una relación amorosa.

¡Ojo! El erotismo no es tampoco (ni solamente) el enamoramiento, la vida en común ni el puro compromiso: es el gozo sexual, alejado de ese impulso rápido y sobrecogedor propio de nuestra dimensión biológica y muy común en la descarga característica de la experiencia del adolescente. Lejos del artificio del erotismo, el sexo es solo placer rápido (legítimo y válido), pero limitado y con poco que ver con las relaciones eróticas.

El sexo, de manera literal, está destinado a la reproducción; por eso es animal. En cambio, el erotismo está destinado al placer; por eso es humano.

Nuestra sociedad capitalista se organiza alrededor del consumo. Desde este lugar, claro que se consume un sexo físico, genital, pensando que es erotismo o que es amor, cuando no es así. Podemos consumir viendo al otro como objeto de uso y consumo; pero no podemos hablar de erotismo, pues este requiere de un intercambio entre sujetos, un encuentro entre dos (o más) personas.

Para vivir un erotismo emancipador, hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Y ser vulnerable e íntimo, develarse y arriesgarse por el otro, es algo muy exigente.

Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin ninguna implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos, quizá lo que vivimos sea el sexo rápido, propio de una “noche de copas”, o bien, una relación poco satisfactoria de la cual decimos: “Fue solo sexo”.

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Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación sobre cómo nos relacionamos, y sobre el erotismo, la sexualidad y la intimidad. Y es que pasamos abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas: dormir, el baño, el despertar. Lo que pasó, pasó; pero ahora nos regresa la conciencia y llegan las preguntas: “¿Quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro?”. O solo pasa por la mente: “¿Recopilo experiencias y me alisto para decir adiós?”.

Actividades como la conversación que estamos o no teniendo, decisiones como salir de la cama desnudo o vestirse, ir al baño, cerrar o no la puerta… y, por fin, el desayuno, el cara a cara… Todo se vuelve complejo, ¡hasta las caricias que parecieron naturales la noche anterior! Y antes que después, llega el resumen de la experiencia, si toleramos llegar al final de la misma.

Así es que hay mañanas raras, decepcionantes, persecutorias; y otras deliciosas, y divertidas. En esos extraños despertares, podemos descubrirnos entre esa línea que distingue lo erótico de lo sexual, lo humano de lo animal…

El orgasmo que sabe bien
Roberta y Franco recién se conocen. Llevan un par de semanas intercambiando miradas, insinuando caricias y anticipando un encuentro; entre “ires y venires”, guiños y sonrisas, finalmente Roberta sugiere explícitamente a Franco planear el fantaseado encerrón. Sin duda, entre ellos se dio una diligente atracción, ambos hicieron de la seducción un intercambio bien jugado, fueron cultivando el deseo de manera sostenida; ahora falta ver qué ocurre a la hora de “encamarse”, porque nada puede asegurarles no sufrir –en el piel a piel– una decepción.

No hay duda de que la posibilidad de acomodarse a un cuerpo nuevo puede intuirse en una primera noche, ¡la química existe! Además, la novedad de una geografía corporal que ha sido recorrida en la imaginación puede hacer del primer encuentro una experiencia erótica de gran excitación.

Viernes 9 p. m., Roberta llega al cuarto de hotel que Franco le indicó. Entra despacio y extrañada a la habitación a media luz, mientras escucha una música suave que la invita a soltar la bolsa, y las ropas… Empieza la danza, y Roberta suda efecto de las oleadas de calor que la respiración de Franco provoca al contacto con su cuello. Franco controla su deseo y, lentamente, se deja envolver por los suspiros y las piernas de Roberta. Sus cuerpos se trenzan y despliegan un vaivén en ritmos que a ambos abraza y satisface. El final los sorprende a ambos deleitados. Más aún, se quedan dormidos, y tras haber atravesado la realidad del día siguiente –sin velas, sin matices, sin pretensiones– descubren que el grato encuentro no tendría por qué no volver a ocurrir.

Habiendo pasado la “cata” de los primeros acercamientos –la sorpresa del roce de dos pieles que se agradan, el contraste de aromas que congenian y el gustoso trote de dos cuerpos que por primera vez se cabalgan– hay que resistir irremediablemente la prueba del tiempo. Y es que hay temples, formas, fantasías e intensidades que de forma sostenida no logran congeniar.

El erotismo cabalmente practicado deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual, despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza, ocurre que el hastío, la extrañeza o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo no es sexo: es erotismo o es casi nada. De hecho, el acto sexual no es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.

Pero hagamos más complejo el asunto: lo erótico tiene, al mismo tiempo, algo de indomable, de no cultural, incluso de primitivo; de ahí nuestro pudor cuando se exhibe y nuestra dificultad, a veces, para manejar la cercanía corporal. De hecho, cuando la práctica erótica es siempre demasiado suave, demasiado noble, demasiado dulce, se convierte en poco atractiva, en poco pasional.

El goce sexual es el más fuerte de los placeres, y a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo; por eso tiene también la capacidad de crear los vínculos más fuertes. Si alguien nos genera placer erótico, trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer bilateral, tendemos a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir frustraciones y capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos, como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…

“Franco, sé que esto que hemos vivido ha sido disfrutable y enriquecedor. Pero sabes con claridad que me voy pronto al extranjero. Es difícil definir algo estando en esta situación”. Roberta está por irse a terminar un doctorado a Alemania, Franco quisiera formalizar una relación por lo cómodo que se han sentido este par de meses juntos. Ambos saben que sus proyectos de vida no empatan a futuro, pero se abre una coyuntura de acompañarse en esta transición de vida y de reapropiarse de una dimensión corporal y erótica, que por el exceso de trabajo y desgastes amorosos previos, estaba clausurada tiempo atrás. Roberta y Franco conocen sus historias previas, sin excesos, y están dispuestos a vincularse temporalmente y apoyar el tránsito a nuevas etapas de vida.

Otro punto central para vivir una libertad sexual gratificante, enriquecedora y saludable, sea cual sea el caso y la ocasión, es también comprender que como seres humanos, no somos objetos de consumo mutuo, sino sujetos generadores y receptores de placer.

Esta premisa nos hace vernos unos a otros como personas, como seres humanos merecedores de un intercambio cuidadoso y enriquecedor. El sexo da placer genital y cuando este ir y venir de placer se da en un marco de erotismo –sea cual sea el nivel de compromiso de la relación– deja un buen sabor de boca, incluso si el acoplamiento no se logra. Por eso aun el sexo casual puede ser una experiencia enriquecedora, un encuentro humano, y no una vivencia frívola y banal. Lo contrario ocurre cuando lo que se vive es un consumo sexual despersonalizado y compulsivo que cosifica a uno mismo y al otro: la experiencia de vacío es efecto de esta cosificación.

La masturbación es una vía casi necesaria para autosensualizarse, conocerse y sensibilizarse.
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Hablemos del orgasmo femenino
Si bien toda relación sexual activa una doble posibilidad –satisfacción o frustración–, ambas posibilidades afectan tanto a hombres como a mujeres, pero lo habitual es que la gran perjudicada sea la mujer.

Esa frustración está provocada por muchos factores: si la iniciativa no es correspondida, si la frecuencia no es esa la deseada, si los rituales no son aceptados y, evidentemente, si no se logra una respuesta orgásmica.

Aquí es donde se hacen las siguientes distinciones:
1. Más del 95% de las mujeres pueden disfrutar de un orgasmo clitórico.

2. El orgasmo vaginal solo puede ser alcanzado por un aproximado 65% de mujeres, después de un proceso de sensibilización que a veces tarda 20 años en producirse.

3. Por esto el 20% de las mujeres con potencial orgásmico pasan por episodios de anorgasmia selectiva relacionada con la capacidad de la pareja.

4. No es válido establecer jerarquía entre las distintas vías orgásmicas, porque ello solo crea expectativas erróneas que dificultan el placer sexual. Por tanto, la mayoría de frustración sexual no tiene que ver con su capacidad orgásmica, sino con la tendencia masculina de privilegiar el orgasmo vaginal y la falta de afectividad y pericia con que muchos hombres practican la sexualidad.

Esto no resta responsabilidad a las mujeres de la autosensibilización. La masturbación es una vía casi necesaria para autosensualizarse, conocerse y sensibilizarse. Si no sé lo que me gusta y lo que me sirve, ¿cómo transmitirlo a otro? Si no me siento en la libertad de tocarme y procurarme placer, ¿cómo pedirlo y compartirlo? Si no me vivo como merecedora de gozo sexual, ¿cómo disfrutarlo los dos?

Las zonas erógenas femeninas
1. Clítoris. Estimularlo suavemente con la mano húmeda o con la boca, primero indirectamente y después directamente. A la mayoría de las mujeres les gusta que sigas estimulando su clítoris después del orgasmo.
2. Labios de la vagina, interior y exterior.
3. Vagina. Buscar y estimular el punto G con los dedos o con el pene. Con los dedos, haciendo el movimiento de adentro de la vagina hacia afuera, tocando la pared de la vagina cuando ella está boca arriba. Si es con el pene, ella boca arriba con las piernas en alto. O por atrás, lo que ayuda a estimular el clítoris al mismo tiempo.
4. Perineo. Entre el ano y la vagina. Estimularlo suavemente con la mano y de preferencia con algún lubricante.
5. Monte de Venus.
6. Glúteos y muslos. Los glúteos pueden ser estimulados más fuerte, se pueden acariciar, apretar, separar y hasta dar pequeñas nalgadas.
7. Pezones. El error más común es sobreestimularlos. Tócalos suavemente y aléjate. Toca todo el pecho antes de tocar los pezones.
8. Caderas.
9. Músculo central de la nuca.
10. Cuello.
11. Debajo de las orejas.
12. Espalda (entre la columna vertebral y los omoplatos). Dale un buen masaje en toda la espalda. Puedes besar su espalda mientras le das el masaje.
13. Besos. A las mujeres les encanta besar y ser besadas. Varía la intensidad, primero suavemente, después más apasionado y luego despacio. Al terminar con los labios, muévete a toda la cara.
14. El cuero cabelludo. Pasa la mano por su pelo y masajea toda la cabeza.
15. Dedos de las manos y de los pies. Los besos suaves o las chupadas apasionadas en sincronía con lo que sucede en la vagina son muy eróticos. Otra opción es masajear los pies.

Cuando las mujeres se excitan se presentan lo siguiente:
● Rubor, en la cara y la zona abdominal.
● Lubricación en la vagina.
● Clítoris dilatado (erecto) y enrojecido.
● Pechos hinchados.
● Los pezones se endurecen y la areola se oscurece.
● La vagina se ensancha.

¿Y los hombres qué? De las zonas erógenas masculinas, te platicaremos en otra ocasión...

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*Tere Díaz es psicoterapeuta, autora, docente, coach, investigadora, capacitadora, tallerista, conferencista e invitada frecuente a todo tipo de medios.
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