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Mercado de Sonora: el lugar donde el amor no se puede crear

Por: Abel Rubén Romero Morales 25 agosto 2022 • 17 minutos de lectura

¿Realmente existe la magia? ¿Cuántos tipos de magia hay? ¿Tiene límites? ¿Dónde puede encontrarse? En esta crónica, encontrarás las respuestas a estas preguntas con historias en las que se unen misterios, creencias y servicios mágicos.

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mercado de sonora amor y magia
Foto: Abel Rubén Romero Morales

Crecí en una casa donde lo extraordinario era usual. No me refiero a que todos los días presenciáramos milagros en la mesa. No. Mi madre es creyente de las prácticas sobrenaturales: la plática con los muertos, la develación del destino, la realización de actos mágicos para mejorar la salud o la suerte.

Cuando niño, tuve principios de asma que me llevaron a hospitalizaciones cotidianas y eran, para mis padres, otro problema a resolver en medio de las crisis económicas de los 80 y 90. Tras los infructuosos esfuerzos médicos, fuimos a visitar a un brujo. Mis recuerdos son pocos, porque no pasaba de los siete años, pero en esa casa que rememoro entre nubes, una fila larga esperaba desde las 6 de la mañana para obtener un turno. Lo poco que permanece en mi mente es haber estado en un círculo de fuego. Mis enfermedades respiratorias disminuyeron desde entonces.

mercado de sonora exterior
Foto: Abel Rubén Romero Morales

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(Carlos practicaba la imposición de manos y el círculo de fuego. Junto con sus discípulos, ponía las manos sobre el cuerpo, en la parte que estuviera enferma. Te encerró en el círculo conmigo para que yo te protegiera. Te cargó, te tocó las amígdalas y los pulmones, junto con otra persona que también te tocó. A mí me comentó algo muy raro: que me habían hecho un mal y, como yo te amamantaba, te lo había transmitido por la leche… y que iba a regresarlo a quien me lo había hecho. Le pregunté quiénes fueron.

—No te preocupes. Tú misma te vas a dar cuenta de quién te lo hizo, porque esa persona va a querer saber insistentemente cómo te ha ido, y se le va a regresar el triple...)

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En mi vida adulta me he mantenido alejado de esas prácticas, pero en este país hasta los ateos y escépticos se persignan, leen su horóscopo y consultan el tarot. He practicado la meditación y estudiado un poco sobre el hinduismo (incluso, he guardado cierta simpatía con Ganesha), pero nada serio. Sin embargo, aquella relación tejida por Octavio Paz, en “El arco y la lira”, entre el mago y el poeta, me atrae y recuerda que la palabra es también una suerte de acto mágico: una frase hace aparecer en la imaginación aquello que dice. Resulta ineludible, cuando se lee o se escucha: “un perro de luz emerge del mar”, traer una imagen inusitada.

El conjuro y el poema parten de un principio similar: “La operación poética no es diversa del conjuro, el hechizo y otros procedimientos de la magia. Y la actitud del poeta es muy semejante a la del mago. Los dos utilizan el principio de analogía; los dos proceden con fines utilitarios e inmediatos: no se preguntan qué es el idioma o la naturaleza, sino que se sirven de ella para sus propios fines. No es difícil añadir otra nota: magos y poetas, a diferencia de filósofos, técnicos y sabios, extraen sus poderes de sí mismos [...]. Toda operación mágica requiere una fuerza interior, lograda a través de un penoso esfuerzo de purificación. […]. La revelación poética implica una búsqueda interior. Búsqueda que no se parece en nada a la introspección o al análisis; más que búsqueda, actividad psíquica capaz de provocar la pasividad propicia a la aparición de las imágenes”. El círculo de fuego, por ejemplo, establece un límite con el exterior, pues quema y purifica. De cierta forma, quien se encierra en él para limpiarse, renace. Ya sea como sugestión o como acto sobrenatural, vale la pena experimentarlo.

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muñecos en el mercado de sonora
Foto: Abel Rubén Romero Morales

(Por el año 2015, un día me levanté con dolor de riñones. Al principio no le di importancia. Fui al médico, me diagnosticó una infección en las vías urinarias y me mandó medicamento. Pero cada día me sentía peor, y ya no solo tenía dolor en la cintura, sino también al orinar. Fui con otro especialista que me mandó a hacer más estudios. En 15 días, mi vida se volvió un infierno. Sentía que me iba a volver loca, porque no soportaba la molestia. Decidieron mandarme a hacer análisis de laboratorio de todo a todo. Entre esto, se me empezó a hacer en la cara como un antifaz rojo.


—¿Qué tengo, doctor?

—Usted tiene lupus. Además, los estudios sugieren que también puede tener un tumor en el hipotálamo que es inoperable. Debe ir con otros especialistas para tratarse el lupus y que le hagan más pruebas.

¡Eso significaba que me estaban desahuciando! En casi un mes, mi vida cambió. Un día después me desperté deprimida. Luego de ir a comer, de regreso, pasó algo muy raro. Yo siempre seguía un camino, pero ese día estaba cerrado, por lo que me fui por una calle diferente, en la que había muchos baches. Al ir muy despacio, vi un local en el que decía “Se leen los caracoles” y me detuve a preguntar. Recuerdo que estaba un señor con una gorrita blanca y le pedí que me leyera los caracoles.

—Ay, vienes por temas de salud, ¿verdad? ¡Híjole! No tiene mucho tiempo que tú eras una persona sana… Ni un mes. Y de repente te salieron problemas muy graves. Sí, está difícil tu situación. Aquí viene que todo se ha dado muy rápido y te están diciendo que te vas a morir. Y sí, te vas a ir rápido.

—Sí…

—Tu caso es un caso raro — inclusive me enseñó su libro—. Es que a ti no te hizo el mal alguna persona; lo que pasó es que —¿Eggun? Un nombre que tienen ellos para referirse a la muerte— te vio y decidió que te iba a llevar… Y te va a llevar.

—¿Me puedes ayudar?

—No sé. Necesito preguntarle al santo. Si él dice que no es tu tiempo, sí podemos hacer algo.

Le llamé al día siguiente:

—¿Sabes qué? El santo me dijo que sí te puedo ayudar.

—¿En cuánto me sale?

Me cobró dos mil pesos. El costo no lo pone él, sino el santo.

—¿Qué tengo que hacer?

—Vamos a hacer un ritual. Necesito que traigas una pijama usada durante algunos días y la vamos a quemar. Vamos a hacer como que le entregamos esa pijama con tu aroma, tu esencia. Así él piensa que ya te llevó, y entonces te libera.

Cuando le llevé las cosas, ya tenía todo preparado. Me pidió que cerrara los ojos y me dijo que iba a sentir que me aventaban. Prendió fuego y empecé a sentir algo extraño. Sentía mucho calor, como si el fuego estuviera cerca de mí, pero no podía abrir los ojos. Terminó el trabajo y así como vino mi problema, así se fue. Cuando volví a la revisión médica, vieron de nuevo los estudios y me dijeron que no coincidían las cosas, así que me enviaron de nuevo a hacer otros. Ahí me comentaron que hubo un error, me pidieron disculpas y todo se solucionó.)

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En algún momento hui de la fe religiosa, que no es distinta de cualquier otra; no obstante, mi entorno, como el de tantos mexicanos, está lleno de creencias en lo mágico. Mi madre, a partir de la cura de mis padecimientos, desde hace más de 20 años, hace trabajos “mágicos” para personas que piden ayuda. Así fue como en la adolescencia consulté algunos libros del New Age. En parte por mi historia familiar y en parte por esas lecturas, mi relación con el mercado de Sonora se volvió habitual. En medio de nuestro tiempo y la confluencia de lo heterogéneo, se encuentran Freud y Pachita, un chamán y un californiano.

He decidido volver los pasos al mercado para acercarme al misterio y preguntar qué son la magia y sus variantes más famosas: la blanca y la negra. Antes, consulté los testimonios de algunas practicantes y dos de ellas me han advertido: “Ojo con la gente del Sonora. No son tan abiertos para esto”, “No vayas al Sonora, las brujas no son tan accesibles, e incluso, si les caes mal, pueden hacerte algo”. No obstante, entre la curiosidad, el escepticismo y el encanto, decido ir sin temor.

El mercado se ubica en el corazón de la Ciudad de México, en una zona comercial, la Merced Balbuena, donde lo mismo se encuentran flores que vegetales, inciensos, mercancías importadas; calles de comercio especializado en cualquier cosa, bullicio de comerciantes, pregoneros, trabajadoras sexuales. Los aromas contrastan: alimentos deliciosos, frutos podridos; perfumes, cloacas. Entre bicicletas, jarciería, bolsas plásticas, hoteles viejos en zonas de difícil confluencia turística, se puede escuchar: “¿Qué busca, patrón?”, “¿qué va a llevar, güero?” (llevamos en la sangre el prejuicio del color claro de la piel y el pelo como un halago), “¿no vas a querer, papi?”...

A las 11 de la mañana, entro a la parte posterior del mercado, por el Eje de Circunvalación que, en el cruce con la avenida Fray Servando Teresa de Mier (el fraile rebelde), encuentra el mercado de la magia. El calor incrementa y ahí, frente a un mercado posterior, ubicado en el Callejón Canal, varias marisquerías apostadas sobre la banqueta preparan manjares de un mar lejano.

Primero me recibe “Ramiro”. Su hijo y él practican la santería. Hace algunos años, no destacaba como ahora la presencia de los artículos para ese rito en las inmediaciones del Sonora. Esta vez puede uno verlos por todos lados: objetos tallados en madera, cocos, gorros, santos y, en los tiempos de los derechos animales, una cabra tendida sobre el piso, junto a la banqueta, a la venta para los rituales. Pregunto a Ramiro si alguien dentro del Sonora me puede conceder una entrevista: “No te lo recomiendo. Adentro hay puros charlatanes. Lo mejor sería que fueras con un padrino. Esos son los buenos”. Marca un número y tiene una breve plática. “Ahorita me pasarán el número del padrino para que te pongas de acuerdo con él”, me explica, y hasta me da la dirección del lugar, pero prefiero continuar con mi plan inicial.

Santa muerte en el mercado de sonora
Foto: Abel Rubén Romero Morales

Así, me dirijo a un local especializado en vender figuras de cerámica de la Santa Muerte, otro de los ritos que se ha hecho más relevante en los últimos años y cuyos templos han incrementado en la Ciudad de México. Intentan disuadirme, a pesar de que ellos se dedican a eso. El motivo no es una amenaza mágica ni real, sino la duda sobre la eficacia de los servicios mágicos. Con frecuencia me he encontrado con gente que cree en lo sobrenatural de su religión, pero duda de otros ritos. La única magia eficaz, parecen sugerir, es la propia. Decido, una vez más, desobedecer e ir al mítico pasillo ocho del mercado.

Una vez ahí, me deslumbra de nuevo lo heterogéneo: catolicismo, budismo, hinduismo, santería, herbolaria de procedencia prehispánica (donde se unen lo medicinal y lo mágico) y una larga lista. El pasillo está habitado principalmente por mujeres de gesto amable. Me presento con una de ellas; se llama Isa y se dedica a hacer trabajos. Enseguida, le pregunto qué es la magia.

—Bueno, eso yo creo que es de toda la gente. Todos en algún momento lo hacemos y queremos hacer la magia. Cuando prendes un cirio o una veladora, ya lo estás haciendo.

—¿Cuál es la diferencia entre la magia negra y la magia blanca?

—La blanca es para tener prosperidad, abundancia, dinero… Lo otro es para hacerle daño a alguien.

—¿Tú practicas de los dos tipos, Isa?

—Sí, pero por lo regular trato que todo sea blanco.

—¿Cuáles son las repercusiones de utilizar la magia negra?

—Siempre debes buscar justicia como tal. Por ejemplo, si yo te hago algo a ti, que no me has hecho ninguna cosa, entonces sí va a haber un karma. Pero si tú me hiciste algo a mí, yo sólo voy a buscar justicia...

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(No te preocupes. Tú misma te vas a dar cuenta de quién te lo hizo, porque esa persona va a querer saber insistentemente cómo te ha ido, y se le va a regresar el triple.

Ya no hice mucho caso, pero al paso del tiempo, un día llegó esa persona a ver a X, preguntando por mí. Cuando X me lo contó, me enteré que el esposo de esa persona ya estaba en silla de ruedas, a ella le había dado diabetes y la hija había fallecido en un accidente de ferrocarril. Lo peor fue que pensó que a uno de los nietos lo habían secuestrado y lo encontraron muerto, ahogado en una cisterna. Ahí me di cuenta de lo que había pagado la señora. Así fue que terminé creyendo mucho en él, y me dijo que yo también tenía un don y que debía ocuparlo a mi manera.)

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pulseras amuleto en el mercado de sonora
Foto: Abel Rubén Romero Morales

—¿Y cómo aprendiste a hacer estos trabajos, Isa?

—Esto ya lo traigo de mis antepasados. Ellos curaban con hierbas, hacían rituales para prosperidad, abundancia y todo eso. Sé lo poquito que ellos me enseñaron a mí y otras cosas que yo aprendí con el paso del tiempo. Aparte ya lo traes tú como persona, como quienes tienen don para cantar, todas tenemos algún don, y así es que yo lo tengo. Todo lo que yo hago lo doy garantizado, el trabajo que necesites para abrir caminos, si quieres a alguna persona, te la traigo para casamiento, para que andes un rato con ella, depende de lo que tú me pidas.

—De estos trabajos para atraer el amor, ¿tienes algunos pasos establecidos o depende de la situación es como se prepara el trabajo?

—Depende de la situación y de la persona, porque no existe ningún embrujo de ninguna religión que haga que la persona te ame. Eso no hay, no existe… Si alguien les dice: “con eso te va a amar”, no es verdad. Podemos hacer un endulzamiento cuando las personas se quieren pero tienen algunos conflictos, que se mete la familia de ambos, por ejemplo, lo hacemos para que su relación sea fuerte y no los separe nadie.

—¿Qué tipo de materiales usas?

—Te puedo dar algunos: miel, canela, pétalos de flores y algunas otras cosas.

—¿Las preparaciones las realizas tú aquí o el cliente en su casa?

—Tú vienes para saber tu situación y lo que se tiene que hacer. Primero se te tiran las cartas, yo checo si la persona te ama o no te ama, porque si la persona ya no quiere estar contigo, te la puedo regresar, pero sí te diré que será por un tiempo, es para que te des un gusto, no va a ser para que te cases con ella. Todo lo voy a hacer frente a ti, para que veas lo que estoy haciendo. Ya cuando acabo, te lo entrego, te digo cuántos días lo debes tener en tu casa, si le debes prender alguna vela, algún cirio, y posteriormente te diré si va a ir a un río, a una planta, depende de lo que vaya a hacer.

—¿Alguna cosa más que nos quieras compartir?

—Hay otros tipos de magia: roja, verde.

—¿Cuáles son esas?

—La roja es con sangre o con fluido de la persona. Puedes amarrar a la persona que te gusta con eso. Incluso cuando tienes sexo con una persona, la puedes amarrar ahí. Hay muchas formas.

—¿Y la magia verde?

—Es con plantas y hierbas. Vas a usar infinidad de plantas. Así como sirven para un té y para curarte, las hierbas también sirven para muchas cosas. Esto es extenso.

—¿También vas inventando nuevos procedimientos?

—Depende a lo que tú te dediques. Yo soy bruja del caos. Primero destruyo para después construir. Acuérdense que todos alguna vez ocupamos algo de este espacio, queremos quizás amor, dinero, fortuna, felicidad. Cuando gusten, aquí estamos a sus órdenes en el pasillo 8, local 206.

esculturas de mercado de sonora
Foto: Abel Rubén Romero Morales

Isa ha sido amable y simpática. Lejos de las advertencias, me he sentido confiado en la charla. Le pregunto si hay alguien más con quien pueda platicar y me dirige a otro lado, donde hay una mujer que se dedica a la santería. No obstante, me doy cuenta de que, tanto en el local de Isa como en el de la mujer santera, hay un anuncio que dice: “La jefa. Elizabeth Morgan”. Después de unos minutos de espera, aparece otra mujer con gesto solemne. Asoma una sonrisa, pero siento su mirada un poco desconfiada. La primera mujer me la presenta: “Ella es la Jefa. Qué bueno que llegó para que mejor platiques con ella”.

Se presenta como Elizabeth Morgan y me cuenta que se dedica a las lecturas, las limpias, trabajos y venta de productos esotéricos. También le pregunto qué es la magia.

—Es el mover energías para la ganancia de uno o para obtener algún beneficio.

—¿Cuál es la diferencia entre la magia negra y la magia blanca?

—No existe diferencia. La magia es magia.

—Me comentaban que tú utilizas distintas disciplinas. ¿Cuáles son?

—Manejamos la santería, el palo mayombe, el vudú, el satanismo. Hay varias tendencias y varias religiones en todo esto. Por eso te decía que la magia, en sí, es magia, no es un color como tal, no hay bueno, no hay malo. Sencillamente hay magia.

—¿Cómo es que has aprendido esto?

—Esto se trae de generaciones. Somos familia que nos dedicamos a esto, pero toda la gente puede manejarlo. Afortunadamente o lamentablemente, depende de cómo lo veamos, somos una mezcla de culturas, religiones, países, nacionalidades, y vienen diferentes ramas en todo esto. Siempre vas a tener un familiar que se ha dedicado a esto. Muchos dicen que viene de sangre, pero somos una mezcla de tantas cosas que ya no hay algo puro. Entonces todos traemos un don, nada más hay que saberlo canalizar.

—¿Cómo aprendes a hacer un trabajo? ¿Hay libros o manuales?

—Sí, hay manuales, hay muchos libros. Se respetan, pero debes entender que cada manual es respecto a la persona que lo escribe, es su visión, pero todos tenemos diferentes versiones de las historias. Un trabajo lo puedes hacer hasta con una piedra; depende de la suerte, la energía que tiene cada persona para desarrollar esto.

—¿Entonces cada trabajo es especial dependiendo de cada persona?

—Por eso se tiene que hacer una lectura de cartas, chamalongos o runas; con eso te vas a dar cuenta qué clase de trabajo ocupa la persona. El mismo trabajo no es para todas las personas. Depende de lo que viene cargando uno.

—¿Hay alguna experiencia que quieras compartir?

—Generalmente, las historias se terminan cuando la persona obtiene su objetivo, lo que quiere. Es como el dicho de la abuelita: “nomás cuando te aprieta el zapato es cuando vienes a verme”. Lo que la gente no entiende es que el amor no se puede crear, el amor es algo que nace. Tú puedes hacer amarres, endulzamientos, pero la esencia de una persona no va a cambiar. Te ama o no te ama. Lo que haces es prolongar las cosas, que muchas veces se hacen los amarres porque hay otra gente que tiende a meterse en la relación, no tanto del amante, sino de alguien que no los quiera ver juntos y ocupe esta clase de cosas para separarlos. Ahí es cuando sí conviene hacer algún endulzamiento o un amarre, pero cuando vienes con una situación de infidelidad… Hay gente que por naturaleza es infiel y por más que quiera y ame a su pareja, le es imposible cambiar. El modelo de la persona ya es así. Puede haber modificaciones, pero no cambian en su totalidad. El que pega una vez pega dos veces, el que te engaña una vez te engaña dos veces. Desde la lectura se te dice si te conviene o no. En sí, la religión es una guía de cómo llevar tu vida, pero la decisión siempre es de uno. No hay magia blanca, no hay magia negra, todo depende de la persona que lo está haciendo y de las intenciones. Te lo manejo así de fácil: tú quieres hacer algo bueno, te vas a los santos, a Dios, a tu creencia; quieres hacer algo malo, te vas con los demonios, con el diablo, pero realmente no es que el diablo sea malo, sino que tú le pidas para puras cosas malas. La gente lo sintetiza con maldad, cuando realmente el diablo no te pide sangre, que le vendas tu alma ni que le ofrezcas a tu primogénito. Esas son ideas de la gente y piensan que con eso lo van a convencer. Pero es lo mismo: ofrécele a un santo la vida de tu primogénito y a lo mejor te lo puede agarrar, pero ¿por qué no le pides algo bueno al diablo? Las entidades no son malas, la maldad viene dentro de la persona. Realmente no hay bueno, no hay malo, no hay blanco y negro, solamente es energía.

—Es muy interesante que se mezclan muchas religiones y las fuentes a las que le piden ayuda son distintas. Hay mucha mezcla.

—El problema de la mezcla de religiones es que la gente no lleva cada una como debe ser. Ahorita lo que está de moda es la santería, y la revuelven con el palo mayombe y la Santa Muerte, que son tres líneas muy diferentes. Todas son muy bonitas, todas son muy buenas y todas se respetan, pero sí hay mucha confusión, y por eso se les marca la literatura. Uno se las maneja para que vean la diferencia de cada religión y no la revuelvan, pero no para que lleven recetas de magia como tal. Ninguna persona que realmente sepa trabajar te da la receta.

la jefa elizabeth morgan mercado de sonora
Foto: Abel Rubén Romero Morales

Agradezco a Elizabeth y me despido de ella al mismo tiempo que le pido la recomendación de algún dije. Me responde que eso depende de cada quien, de modo que compro uno pequeño con la figura de Ganesha y lo guardo en una bolsa de la mochila. Ella se levanta a seguir con sus labores y yo camino un poco en torno a su puesto. Según deduje, lidera algunos locales del pasillo ocho. También me recomiendan buscar sus redes sociales. Hasta donde puedo ver, la fama de la Jefa es amplia y tiene numerosos seguidores que recurren a sus servicios y enseñanzas.

Parto del Sonora asombrado y dispuesto a seguir la búsqueda. La magia, me parece, es similar al arte; en ella tejemos metáforas, analogías, símiles para transformar algo: el ánimo o el devenir de una persona o una pareja, la fortuna de alguien. Pienso que, cuando la vida se torna más compleja, cuando no encontramos una solución a la mano, cuando nos sobrepasan la materialidad y la sensación de intrascendencia, acudimos a la magia para ayudarnos: “cuando te aprieta el zapato, vienes a verme”.

¿Cómo controlamos aquello que nos sobrepasa? Algunos acuden a la religión, al arte o a la magia que, en cierto sentido, poseen muchas afinidades. Si lo sobrenatural es o no verificable, por lo menos ha convencido de su eficacia a miles de usuarios que no dejan de recurrir a sus servicios. Me quedo con el misterio de lo posible y lo imposible, con la fe de que las palabras y la magia podrán, de algún modo, alguna vez, recuperar el amor, sanar a los enfermos, revivir a los muertos, extender la alegría, terminar con la injusticia.

Al volver a casa y vaciar la mochila, no hallé por ningún lado la figura de Ganesha.

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