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Los recuerdos que más atesoro de mi infancia con mi papá involucran a la música. Mi papá era melómano y, como tal, tenía un tocadiscos con radio y bocina que, siendo la década de 1970, también hacía las veces de mueble de sala… o algo así. Los fines de semana, mi papá grababa sus discos a cassette con una grabadora portátil Sony. Las grabaciones las hacía por las noches, en horas que hubiera menos ruido, lo que la convertía en una actividad “para grandes”. A veces me invitaba “a grabar” y lo fascinante es que eso requería que yo me quedara sentado en absoluto silencio para no hacer ruidos que contaminaran la grabación; porque si eso pasaba, había qué volver a grabar la canción desde el principio.

Estos momentos, sin saberlo, fueron grandes sesiones de escucha activa y consciente de mucha música que hoy me resulta entrañable: The Beatles, Pink Floyd, Yes, Tommy James and the Shondells y, ufff, decenas más de todos los géneros. Cada vez que mi papá pacientemente copiaba “su música” de disco a cassette, esa reproducción nos acompañaba a todos lados.

grabadora de casette y tocadiscos

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Todas y todos tenemos este recuerdo, hemos grabado o “bajado” las canciones favoritas de nuestras artistas y bandas consentidas, para que, solitas o en un collage temático preparado justo para la ocasión, nos acompañen en el trayecto a la escuela o trabajo, mientras hacemos la tarea o trabajamos, para hacer ese recorrido en bici, para entrenar, para leer o para poner en la fiesta. Para la gran mayoría de las personas en el planeta entero, la música y, más precisamente, la selección de nuestra música favorita, va de la mano de los momentos más emotivos de nuestras vidas.

De lo que quizás no hemos estado tan conscientes mientras escuchábamos nuestra canción favorita grabada o bajada, es que le dábamos en el padre a los creadores.

Cuando hacemos una copia de un contenido, y la difundimos, no es a la “maldita industria capitalista del vano entretenimiento” a la que estamos castigando, es a autores y artistas a quienes realmente vamos a afectar ¿Por qué? Te preguntas. ¿Por qué la afectas, si al copiar una canción el resultado es que, además de disfrutarla tú, le estás dando publicidad al artista?, cuántas veces te ha preguntado alguien ¿Qué escuchas?, y es tu respuesta lo que hizo que esa persona conociera la canción y a la artista o banda o cantante o compositor… Pues no, no estamos realmente apoyando a la creación de contenido, porque la cadena entera de la música no se ha sentado a pensar qué es lo que necesita el creador para seguir produciendo más y mejor contenido.

Con la llegada de iTunes a principios de la década de 2000, vimos un primer paso corporativo hacia una solución a la piratería; flagrantemente defendida por una cultura que entendía entonces que en Internet podías bajar cualquier contenido, porque #FindersKeepers. Esta fue la era en que las y los consumidores fuimos sumamente injustos con artistas y autores.

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Wikimedia Commons
Vista de LimeWire uno de los programas P2P para compartir archivos que fue demandado por violaciones de copyright.

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Además, el surgimiento de una tienda de música en línea de Apple representó que, por primera vez, tuvimos la opción de comprar una canción, y no un disco completo. La verdad, aquí entre nosotros, dime que no te ha pasado que compraste con mucha emoción el disco nuevo de tu artista favorito, sólo para encontrarte con que era el disco de su época oscura, o plana, o simplemente no hizo clic contigo en ese momento. Sin duda, vivimos hoy en día una forma absolutamente distinta de escuchar música, pues tenemos la opción de escuchar el disco antes y elegir cuántas canciones compramos.

Y se inauguró, también con iTunes, un mercado musical completamente nuevo: el de la atomización. Con el éxito de la venta unitaria de canciones, en lugar de discos, las y los creadores comenzaron a grabar canciones, lanzarlas y publicitarlas, a grabar otra y difundirla, grabar una más y lanzarla y, como consumidores, también adoptamos la compra de música de manera unitaria.

Algunos años después vimos nacer muchas opciones para competir con Apple, como Vimeo (2004), YouTube (2005), Deezer (2007), Soundcloud (2007), Spotify (2008), Tidal (2015). Vía streaming, por una cuota fija al mes dejas de ver anuncios y escuchas todo lo que quieras, en los dispositivos que quieras, cuando quieras.

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anyaberkut/Getty Images/iStockphoto

Hoy en día, el reto es que las grandes plataformas se interesen por compartir con las y los creadores, artistas, autores, una parte justa de las ganancias que obtienen, “ya son 24 años de ganancias que han producido los creadores y los autores en una cadena productiva de tecnología y, a la fecha, no han recibido remuneración alguna de su trabajo por parte de quienes sí están obteniendo enormes utilidades”, señala la Coalición por el Acceso Legal a la Cultura.

El argumento de organizaciones de autores es que se aclare que la intención del sector creativo es recibir de las plataformas una parte de las ganancias que ellos se encargan de generar al crear música, y que de ninguna manera en esta ecuación figuramos nosotros, las personas consumidoras y usuarias finales de la música, como los malos o los que tengamos que pagarles más por sus creaciones.

Los 15 años anteriores a la pandemia, la remuneración a los creadores de contenido del sector de Audio, Imagen, Video y Texto (AVIT) cayó 22.8% en México.
Los consumidores pagamos ya lo justo, pero los autores no reciben de la industria de plataformas lo que les corresponde, y es con ellas con quienes se tienen que arreglar.

Hemos pasado de un entorno digital injusto con las y los autores a causa del poco entendimiento que teníamos los consumidores/usuarios sobre los derechos de autor -y de la existencia extendida de conductas sociales permisivas de la copia y la piratería, que es la época que les conté que viví con mi papá y sus grabaciones-, a un entorno digital injusto con los autores por parte de las plataformas.

El mes de junio es un mes dedicado por Revista Central a la Música. Como músico y tecnólogo, esta es una gran oportunidad para hablarles sobre dos temas que me son apasionantes, y en éste, el primero de una serie de artículos sobre la música y cómo las personas creamos y consumimos música a través de la tecnología, quiero dejarles sembrada una idea muy sencilla, que nos permita avanzar hacia un entendimiento de los grandes retos que enfrenta la cadena entera de la música para ser justa hacia todas y todos -creadores, showbiz, empresas de equipos, sistemas y dispositivos, y consumidores-, en el entorno digital.

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Y como la música sí o sí se comparte, pues compartamos música en nuestro flamante playlist colaborativo. Inglés, español, todo va (Mmhhh… salvo Reggaeton; de ése si quieren hacemos un playlist después).

Para agregar una canción al playlist, haz clic en este link: Agrega tu canción aquí.

La idea que quiero compartirte es la siguiente: la música nos acompaña, nos define, se asocia a memorias, nos emociona. La música es una obra y creación que en los instrumentos internacionales fundamentales de derechos humanos se reconoce por tener un valor intrínseco como expresión de la creatividad y dignidad humanas y, por tanto, a las y los autores, creadores e inventores se les reconoce por su contribución al patrimonio cultural de nuestro planeta.

No es sólo que la música nos guste, es que la música es importante para la humanidad y por eso es prioritario que siga creándose. Y bueno, para seguir disfrutando de la música, es necesario que se les retribuya justamente a los creadores por sus productos intelectuales. Por eso digo que no eres tú, es la #música.

Hasta aquí por el momento. Ponemos pausa (como canción que no vas a dejar de escuchar por hacer otra cosa) a esta conversación y seguimos con ella en el artículo siguiente inmediato.

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