Cuando era adolescente, tuve un novio que se fue a vivir a España. Nos comunicábamos por carta. Cada una tardaba entre quince y veinte días en llegar. Hablábamos por teléfono una o dos veces al mes, y de esa forma sostuvimos nuestra comunicación durante más de un año.
Se lo cuento a mis hijos, que se desesperan cuando no les contestan los mensajes en el momento y no pueden entenderlo. Es sorprendente ver cómo la comunicación ha dado un giro de 360 grados desde entonces hasta ahora.
Hay algo que, como sociedad, estamos perdiendo: la capacidad de esperar.
Esa paciencia sencilla y cotidiana que ocurre en una fila, en un semáforo, en un trámite. La espera mínima. La que antes era parte natural de la vida y que hoy sentimos como una interrupción intolerable.
¿Qué nos pasó?
Vivimos en medio de una revolución del tiempo: todo es rápido, instantáneo, automático. Y en esa velocidad hemos ido dejando atrás el valor de la paciencia.
Ahora todo debe ocurrir de inmediato. Rápido el café, rápido el mensaje, rápida la respuesta, rápido el resultado. Y en esa velocidad constante hemos empezado a confundir avanzar con correr.
Pero no es lo mismo.
He observado que esta rapidez se vuelve costumbre. El cerebro se adapta a la inmediatez y comienza a impacientarse cuando no obtiene lo que espera con la misma velocidad. Entonces me pregunto: ¿hay que entrenarlo para recuperar la paciencia o ya damos por hecho que la vida es veloz y dejamos de practicarla?
Tengo una amiga que, como ejercicio personal, elige siempre la fila más larga del súper. Lo hace a propósito. No porque tenga tiempo de sobra –de hecho, vive constantemente ocupada–, sino porque quiere trabajarse la paciencia.
Mientras espera, hace cosas que normalmente no haría: hojea revistas que jamás compraría, lee titulares absurdos, revisa ingredientes de productos que no piensa llevarse. O simplemente observa.
He intentado hacerlo en algunas ocasiones y admito que no es fácil. Pero cuando logro vencer la prisa, algo cambia: dejo de sufrir la espera y empiezo, casi sin darme cuenta, a disfrutarla.
Hay algo poderoso en elegir deliberadamente lo que en principio queremos evitar. En un mundo obsesionado con optimizar, también podemos elegir optimizar de otra manera: estando, observando, sin correr, sin atropellar. Y en ese estar, curiosamente, aparece la calma.
Lo que nos incomoda no es la espera en sí, sino lo que revela: nuestra dificultad para estar donde estamos. Nos cuesta permanecer en un momento que no elegimos, en un ritmo que no controlamos.
La impaciencia no tiene tanto que ver con el tiempo, sino con la resistencia.
Lo noto, por ejemplo, cuando manejo con prisa y me tocan todos los semáforos en rojo. La frustración aparece de inmediato, como si el mundo estuviera conspirando contra mi urgencia. Pero cuando logro cambiar el enfoque, algo se transforma. En cuanto dejo de poner atención al color del semáforo, automáticamente, la urgencia desaparece.
El semáforo deja de ser un obstáculo y se convierte en un pequeño espacio suspendido. Un lugar donde puedo mirar a la gente que cruza, a los árboles que no había visto, a una escena cualquiera que, sin ese alto, simplemente no existiría para mí.
Es un cambio mínimo, casi invisible, pero transforma por completo la experiencia.
Porque ralentizarse no es ir más lento, es mirar distinto.
Y en ese mirar distinto aparece algo que la prisa borra: la profundidad, los detalles, la textura de lo cotidiano.
Mi mamá, por ejemplo, vive en el extremo opuesto. Su impulso natural es adelantarse a todo: salir antes, llegar primero, evitar esperar. Y en ese contraste encuentro un espejo amplificado de lo que todos, en mayor o menor medida, hacemos.
Entonces le pregunto:
Ma, ¿qué pasa si eres la última en salir? ¿Qué pasa si llegas tarde? ¿Qué pasa si no te atienden rápido?
La respuesta, casi siempre, es la misma: no pasa nada.
Y, sin embargo, vivimos como si todo dependiera de eso. Nos enojamos, peleamos, incluso agredimos con tal de pasar primero, de llegar más rápido. Cuántas veces perdemos nuestro centro y nuestra paz por una prisa que, en el fondo, no era urgente ni necesaria.
Lo que está en juego no es el tiempo, sino la forma en que lo vivimos. Nos enseñaron a llenarlo, a aprovecharlo, a no desperdiciarlo, pero no a estar dentro de él. Y por querer llegar antes, borramos el momento que ocurre mientras tanto.
Ahí está la paradoja: en querer ganar tiempo, lo vamos perdiendo. Lo perdemos porque dejamos de registrar.
Por eso, quizá valga la pena darnos el lujo de ralentizarnos. Y digo lujo porque es una forma de recuperar presencia, de habitar el tiempo, de volver a estar en lo que sucede, incluso cuando no es lo que habíamos planeado.
Porque al final, la vida no ocurre en los momentos a los que llegamos, sino en todos los que vamos atravesando para llegar ahí.
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