El otro día mi esposo fue a la pescadería y compró pescado para hacer ceviche. Llegó a la casa, bajó cosas, entró y salió… y en ese ir y venir, la bolsa de pescado nunca apareció.
La buscó por todos lados. Asumió que la había olvidado.
Al día siguiente nos fuimos de viaje.
Una semana después, cuando regresamos y abrimos la camioneta, lo entendimos todo. El pescado nunca se había quedado en la pescadería. Había estado ahí, en un hueco escondido del coche, durante siete días.
El olor era… insoportable.
Hicimos todo para quitarlo. Café, bicarbonato, aromatizantes, ventilación, productos especializados; mezclas de incienso, romero, canela, clavo etc... Con el tiempo, el olor se transformó en algo más tolerable, más neutro, incluso agradable, pero no para mí que seguía persistente e innegable. El pescado podrido no se había ido.
Y sin embargo, cuando otras personas se subían, decían lo contrario.
“Qué rico huele. ¿Qué aromatizante usas?” “Me encanta”… Lo decían en serio.
Entendí que el olfato no es solo lo que está en el aire. Es lo que el cerebro hace con esa información. Lo que percibimos parte de un estímulo externo, pero no llega intacto. Se filtra. Se mezcla con lo vivido, con lo aprendido, con lo sentido, incluso con lo olvidado. El olor era el mismo, lo que cambió fue la historia.
Esta anécdota que tuve con el olfato me pareció un ejemplo tan simple y claro de lo que sucede con nuestra mente al percibir no solo los olores si no cualquier información, y me doy cuenta de que nada de lo que entra a nuestro cerebro lo hace de forma pura. Todo pasa por un filtro invisible que interpreta, completa y resignifica lo que recibe.
Olemos moléculas, que se convierten en recuerdos. Vemos imágenes, que se transforman en ideas. Escuchamos sonidos, que interpretamos a nuestra conveniencia.
Creemos que los sentidos nos muestran la realidad. Pero percibir no es un acto pasivo, ni automático. En una fracción de segundo, el cerebro completa, anticipa y traduce lo que percibimos. No es un espectador, es un intérprete.
Por eso, un mismo olor puede ser delicioso para alguien y completamente insoportable para otro. Una conversación puede tener dos versiones. Una misma escena, múltiples lecturas.
En mi caso, el coche, después de “quitarle” el mal olor, no olía a perfume de hierbas, como decían los pasajeros, olía a una certeza desagradable imposible de desactivar en mi memoria.
Y aquí es donde me cuestiono: ¿qué tan bien percibimos el mundo? ¿qué tanto de lo que creemos cierto es solo una interpretación? Por eso hay conversaciones en las que dos personas juran haber entendido cosas completamente distintas. Por eso hay miradas que para unos son indiferentes y para otros, hirientes. Por eso hay silencios que unos sienten como paz… y otros como abandono.
Y así, sin darnos cuenta, vamos construyendo una versión del mundo que se siente coherente… aunque no necesariamente sea completa.
Porque si el cerebro no registra la realidad, sino que la construye, entonces la certeza deja de ser un territorio sólido.
Y ahí es donde se vuelve necesario hacer espacio para la empatía.
Espacio para cuestionar lo que creemos, para mirar otra vez, para dudar un poco de nuestras propias certezas y sobre todo, espacio para mirar a los otros con más cuidado y poder otorgarles el beneficio de la duda cuando hay un desacuerdo, entendiendo que no ven lo que vemos, que cada uno construye una versión del mundo que le permite sostenerse.
Que incluso en lo más simple como oler, mirar, escuchar, no somos testigos imparciales. Somos narradores de una historia completamente personal y única. Y que lo que queda en el aire es mucho más que lo que respiramos.
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