Desde las clases de historia en educación básica nos dijeron que, los antiguos regentes (y algunos no tanto, como el actual rey Carlos III) eran elegidos monarcas por mandato divino. Su poderío era aprobado por las leyes celestiales, es decir, eran un representante de Dios en la Tierra.
Sin embargo, el rey del que hablaremos ahora, el rey Carlos I de Inglaterra, ha sido el único monarca que, tras no responder ante el pueblo británico ni apoyarse en su parlamento para regir, fue enjuiciado, condenado y decapitado por traición a la Corona. Esta es la historia del Rey Carlos I, el
"monarca traidor".
El ascenso del rey Carlos I de Inglaterra
El nacimiento de un "traidor"
El rey Carlos I de Inglaterra nació el 19 de noviembre de 1600. Fue el segundo hijo, y esa fue, acaso, la razón de que, al morir su hermano mayor y heredero legítimo al trono, Enrique, todo se derrumbara en su mente al tener que asumir el poder de Inglaterra. Sin mencionar que el pueblo mismo sufrió la mala regencia de Carlos I.
Rey Carlos I; el perfil de un hombre común
Siguiendo la lógica de los representantes de Dios en la Tierra, es lógico pensar que los reyes poseen cualidades extraordinarias, pues al final fueron elegidos por Dios para ser reyes. Sin embargo, el rey Carlos I no poseía cualidades de líder; era tímido, inseguro, sin carisma y sin visión para conducir a una nación entera. De complexión menuda y enfermiza, heredó el tartamudeo de su padre y una terrible desconfianza en sí mismo. Malas combinaciones para un monarca.
La coronación del rey Carlos I
Se coronó a Carlos I el 2 de febrero de 1626, cuando tenía tiernos 25 años y una esposa francesa, Henrietta Maria, con quien tuvo nueve hijos.
Los testimonios más cercanos lo describen como un hombre afable, cariñoso y dedicado. Pero esto sucedía solo en el espacio privado, ya que la inseguridad y falta de autoestima lo obligaban a poner un rostro diferente ante el público: el de un tirano.
Rey Carlos I; el inicio de un final trágico
Un Rey absoluto
Como es sabido, la corona británica funciona a través de un parlamento, lo que significa que el Rey no puede actuar sin la consulta de sus miembros. No obstante, el rey Carlos I decidió que no necesitaba consultar una sola de sus decisiones, pues estar en su contra era estar en contra de Dios, y así se fue ganando el desprecio de su parlamento. Como quien dice, fue cavando su propia tumba.
Oliver Cromwell, el némesis de Dios
Dado que Carlos I no podía controlar los levantamientos y alas opuestas a su gobierno (recordemos que el hombre no tenía una sola aptitud para gobernar), sus enemigos fueron ganando poder, el más peligroso de todos, Oliver Cromwell, quien al final lo derrotó en la Guerra Civil Británica (1642-1651) más sangrienta de la historia.
Sentenciado a muerte
Tras la derrota del ejército del rey Carlos I (los Cavaliers), Oliver Cromwell puso al Rey bajo arresto domiciliario en el Palacio de Hampton Court, de donde se fugó. Pero pronto fue recapturado y esta vez se puso bajo custodia en el Castillo Carisbrooke.
Aunque recibió un buen trato (trato de Rey) durante su confinamiento, jamás cedió. Se negó a negociar y aceptar su derrota, lo que sumó malos puntos a su favor.
La muerte de un Rey
Tres días de gracia
Oliver Cromwell le dio al rey Carlos I tres días para poner sus asuntos en orden, los cuales Carlos I aprovechó para despedirse de todos sus hijos. Además de contener el llanto (sus hijos eran muy pequeños, esa edad en la que no entiendes de despedidas pero aún así el corazón siente dolor), orar y quemar documentos reales, Carlos encaró con valentía su destino mientras lo trasladaban al cadalso.
Una última oración a Dios
Cuando el rey Carlos I se recostó sobre la guillotina, le pidió a los verdugos le dieran unos minutos para una oración. La muerte no le asustaba, sí sus deberes con quien lo hizo Rey. Al terminar su plegaria, el Rey le dio una señal firme al verdugo... un segundo después, la cabeza del rey Carlos I rodó por el suelo.
Tiempo después, dado que la regencia de Oliver Cromwell fue totalmente inútil, se mandó llamar a Carlos II, hijo de Carlos I, para comandar Inglaterra, pues después de la decapitación del Rey el pueblo se sintió conmovido, y podría decirse que en deuda.
Cuando Carlos II volvió mandó llamar a quienes habían encarcelado, enjuiciado, condenado y decapitado a su padre, empezó una ejecución masiva. Al restaurarse la monarquía, Oliver Cromwell, quien ya había muerto, fue exhumado para ser ahorcado en público.
Carlos I permanece como el único monarca enjuiciado por el pueblo y el único decapitado por traición. Fue un monarca inadecuado, y es por eso que su nombre permanece fresco en la historia de Inglaterra.
