Entre góndolas, Harry’s Bar para unos deliciosos bellinis, un Caffè Florian y muchas máscaras, Venecia es el MUST de todo viajero. Pero no siempre fue tan romántica. Era sospechosa. Bonita, sí, pero como esa persona elegantísima que sonríe perfecto y sabe exactamente a quién está arruinando en ese mismo momento.
La República “democrática” donde votar era cosa de apellidos
Venecia presumía ante Europa que no tenían rey. Y era verdad. Pero como todo en esta vida se tiene que gobernar, ellos tenían una oligarquía hereditaria ultra sofisticada, es decir, no gobernaba un monarca, sino que estaba al frente un club cerrado de apellidos. Los Contarini, Morosini, Dandolo, Cornaro, Mocenigo… entre otros.
No era una familia dominante. Eran muchas familias que se vigilaban entre sí… y se repartían el poder para que ninguna sola pudiera volverse dictadura. Suena increíble pero en la práctica era una telaraña de primos con flota naval.
Y así aparece la figura del Doge: una especie de emperador. Pero tenía muchísimas reglas, por ejemplo, no podía abrir cartas sin testigos, salir solo del palacio, recibir embajadores sin supervisión, no podía heredar el cargo a su hijo, etc, etc. Era algo así como una figura ceremonial, administrativa pero profundamente vigilada.
El verdadero poder estaba en el Gran Consejo: miles de hombres… pero todos nobles. No era democracia. Era aristocracia ampliada. Y aquí viene la parte brillante (y perversa): En 1297 hacen la famosa Serrata del Gran Consejo.
A partir de ese momento, solo ciertas familias podían participar, la nobleza quedó legalmente congelada y si no estabas dentro… jamás entrarías. Literalmente blindaron el club.
Además de todo esto, surge el Consejo de los Die, algo así como la policía más elegante ever, básicamente una bonita combinación de la CIA y de la KGB + máscaras venecianas. Hacían espionaje interno, investigaban traidores, arrestaban gente, juicios ultra secretos, etc.
Con todos estos engranes funcionando, Venecia no necesitaba un tirano visible, tenía muchísimos mecanismos por detrás y si alguien abusaba de su poder, desaparecían. Funcionó por siglos porque mezclaron comercio eficiente, diplomacia, una flota naval brutal, un sistema político donde no había espacio para golpes de estado.
El Doge que perdió la cabeza (literal)
Una de mis historias favoritas de Venecia incluye teatro político, orgullo herido, conspiración mal calculada y castigo convertido en diseño interior.
Empieza con Marino Faliero, un diplomático veterano, almirante, embajador, hombre de guerra y de Estado, lo que le sobraba era prestigio real. Y justamente por eso su caída pesa más: no fue un accidente, fue un error de lectura del sistema. Como decimos en México, se quiso pasar de listo.
Hay dos capas en la historia: La versión política, en la que Venecia venía de tensiones sociales fuertes, conflictos entre nobles y clases trabajadoras, presión económica, rivalidades internas y Faliero, ya Doge, veía al sistema noble como un cerco humillante, no podía actuar con libertad,había llegado tan lejos solo para tener una corre cortísima.
La versión de chisme, en la que un joven noble, Michele Steno, escribió un grafiti insultante sobre la esposa del Doge… un comentario obsceno, una burla pública. El castigo fue leve, pero para Faliero, fue una ofensa intolerable.
Ambas versiones llegan a un punto en común cuando Faliero conspiró con sectores descontentos como artesanos, marineros, ciudadanos que no eran nobles para reducir o eliminar el poder aristocrático y concentrar la autoridad en una figura, ooooobvio, en sí mismo.
Sin embargo cometió un error fatal: subestimó la red de vigilancia veneciana. En Venecia los secretos duraban poco, la lealtad era negociable y la sospecha era deporte cívico. Con esto, el complot se filtró. El juicio fue rápido, frío, sin espectáculo. El mismo sistema que él intentó doblar lo procesó con eficiencia quirúrgica y lo condenaron por traición al Estado. Lo ejecutaron el 17 de abril de 1355 dentro del Palacio Ducal.
Frederic Lane, historiador estadounidense que se especializó en historia medieval con especial énfasis en Venecia cuenta: “La fuerza del sistema veneciano residía en su capacidad de limitar a sus propios gobernantes.”
Hoy, en la sala de los Doges del Palacio Ducal, donde todos los gobernantes aparecen retratados… el espacio de Faliero no muestra su cara. Muestra un velo negro pintado con una inscripción que explica su traición. No lo borraron ni lo destruyeron. Lo exhibieron como ausencia.
Carnaval: fiesta social con permiso oficial
Hoy una de las temporadas de más turismo en Venecia es el Carnaval pero no nació como “fiesta bonita”, sino como mecanismo social tolerado por el Estado.
En una ciudad pequeña, densísima y obsesionada con el apellido, la reputación era una moneda. Todo el mundo sabía quién eras, de qué familia venías y qué podías hacer.
La solución veneciana no fue reprimir el impulso humano de romper reglas, sino calendarizarlo. El Carnaval funcionaba como una válvula de presión colectiva: un periodo delimitado donde el desorden era aceptable porque tenía fecha de caducidad.
Hoy vemos máscaras como romanticismo barroco pero en su momento eran una especie de tecnología social, la máscara no ocultaba solo el rostro; suspendía temporalmente la identidad pública y esto permitía cosas muy concretas (piensa como the purge pero en italiano):
Por ejemplo, un noble podía entrar a una casa de apuestas sin manchar el apellido o un político podía escuchar conspiraciones sin anunciar su presencia, incluso un amante podía cruzar clases sociales sin escándalo inmediato.
No eliminaba la jerarquía sino que la volvía borrosa por unas semanas y eso era suficiente para que la ciudad respirara.
Cuando Napoleon Bonaparte entra en escena y la República de Venecia cae en 1797, cambia la lógica del poder. No es solo conquista militar, es un cambio de filosofía administrativa. El anonimato deja de ser herramienta cívica y pasa a verse como problema.
Un poder centralizado necesita de caras claras, registros, identidades legibles y conductas rastreables, por lo que las máscaras y celebraciones ambiguas se restringen. Y Venecia, sin su misterio, pierde parte de su magia política.
El Carnaval no desaparece por decreto eterno, pero sí pierde su función viva, hoy sobrevive como recuerdo, bailes aislados y folklore disperso. El renacimiento llega en el siglo XX, impulsado por autoridades culturales, artistas y turismo. Volvió un Carnaval estético, performativo y patrimonial. Las máscaras regresan para representar historia, atraer visitantes y celebrar identidad.
Y entonces Venecia deja de ser solo postal bonita y se vuelve evidente lo que siempre fue: una ciudad que entendió antes que muchas otras que el poder no solo se ejerce… se escenifica.
La República no sobrevivió siglos por casualidad ni por romanticismo acuático, sino porque convirtió la política en coreografía: consejos que se vigilaban entre sí, gobernantes amarrados por reglas, fiestas con permiso oficial y castigos convertidos en decoración interior.
Venecia negoció con el mundo maquillándose. Mostraba máscaras, música, mármol y reflejos dorados mientras por dentro operaba una maquinaria de control finísima, casi teatral. No ocultaba el poder. Lo disfrazaba. Y quizá por eso sigue fascinando: porque caminar hoy por sus canales es ver una ciudad que nunca dejó de actuar para su audiencia.
