34312-11


A cien años de Ray Bradbury y su inolvidable viaje a Guanajuato

Nacido el 22 de agosto de 1920, el autor de clásicos de la literatura como Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas, vivió anécdotas en tierras mexicanas que luego se tradujeron en guiños a nuestra cultura, repartidos en varias de sus obras.

Hacia la década de los años 20, hubo una vez un niño sentado en las piernas de su tía que escuchaba mitad maravillado mitad aterrado, un cuento donde un hombre cree que ha sido enterrado vivo: después de describir todos sus miedos en escasos minutos, este personaje descubre felizmente que sólo ha dormido en una cama ajena en un sitio desconocido, de ahí la confusión de creerse en un ataúd al despertar. Sin embargo, dicha anécdota quedó grabada en la imaginativa mente del muchacho y se fue a la cama a dormir —o al menos a intentarlo— con la convicción de que el escritor de esa historia, un tal Edgar Allan Poe, había sido alguien verdaderamente importante en la vida, algo así como un ejemplo a seguir.

El tiempo pasó y ya con dieciséis años, este joven se vio en la necesidad de abandonar sus estudios y dedicarse de tiempo completo a vender periódicos por las calles de Los Ángeles. Después de sus obligaciones como vocero, se iba a la biblioteca

pública y se pasaba horas enteras sumergido en los mundos creados por otros escritores… Y otra convicción surgió en su interior: él también haría historias como las de ellos, después de todo no podía ser una vida peor que la de gastarse los zapatos con un fardo de periódicos a sus espaldas.

Y luego, el destino: a mediados de los años cuarenta viajó a México y pasó unos días en Guanajuato, lugar donde en el cementerio municipal eran exhumados los cadáveres de quienes no habían pagado a perpetuidad un lugar en la profundidad de la tierra. La visión de esos cuerpos momificados y al aire libre, todos ellos con expresión de dolor, le recordaron aquella historia de Poe y en esta ocasión vaya si tuvo pesadillas: imaginarse en la imposibilidad de salir de Guanajuato, ser enterrado vivo y años después correr con la suerte de que su cuerpo fuera a mostrarse a plena luz del sol con un eterno grito ahogado, fue una imagen que le quitó el sueño por días. Fue así que en una de estas ensoñaciones surgió la idea para una historia: un matrimonio visita ese cementerio y la esposa sufre los mismos temores que el autor. Al poner el punto final intituló a su cuento como «El siguiente en la fila» y para 1947 lo mandó a imprenta junto con otros relatos en una colección que lleva por nombre Dark Carnival y cuya autoría en la cubierta, con letras rojas, puede leerse el nombre de Ray Bradbury.

Pasan tres años, es el comienzo de una nueva década y Bradbury, con treinta años a cuestas, está a punto de convertirse en una leyenda viva: un editor de Nueva York le sugiere que junte «todas esas historias marcianas» que ha ido publicando dispersamente para amalgamarlas en algo parecido a una novela. Ante la aparente renuencia de Ray, Walter insiste: «Necesitas entregarme algo

parecido a lo que está de moda: viajes interplanetarios, ciudades futuristas, cohetes espaciales». Para no desanimarlo, el editor —casualmente de apellido Bradbury también— le adelanta 750 dólares sin pensar que esa suma era más que suficiente para comprar un pasaje sin escala a las estrellas.

Screen Shot 2020-08-22 at 18.35.29.png

Crónicas marcianas no necesita presentación y se han escrito ríos de tinta acerca de esa ¿novela?, ¿libro de cuentos?, por lo que no redundaremos acerca de su simbolismo libertario, ideológico, artístico y metafórico que subyace en sus páginas.

Lo que sí remarcaremos es esa benévola impresión que le produjo su viaje por México y su afecto a Poe. En la narración «Aunque siga brillando la luna», el insurrecto Spender le replica al capitán Wilder con las siguientes palabras: «sus ciudades son hermosas. Los marcianos sabían cómo unir el arte y la vida. […] Cuando yo era pequeño mis padres me llevaron a la ciudad de México. Siempre recordaré el comportamiento de mi padre, vulgar y fatuo. A mi madre no le gustaba tampoco aquella gente porque eran morenos y no se bañaban a menudo. Mi hermana ni les hablaba. Sólo a mí me gustaban realmente. Y puedo imaginarme a mi madre y a mi padre aquí en Marte haciendo otra vez lo mismo». Y páginas más adelante: «¿Recuerda usted lo que pasó en México cuando Cortés y sus magníficos amigos llegaron de España? Toda una civilización destruida por unos voraces y virtuosos fanáticos». Tampoco es menor ese guiño en «Encuentro nocturno» en que el personaje

principal, de nombre Tomás Gómez, posiblemente un mexicano, es el único ser terrestre en establecer una relación empática con un marciano, no un York, Hathaway, Parkhill o Gibbs.

Respecto a Poe, digamos que «Usher II» es la venganza de Bradbury —cristalizada en esa otra obra maestra llamada Fahrenheit 451—, en la que condena el conservadurismo que le tocó vivir en su propio país: «Cuando habló (McCarthy) de asaltar las bibliotecas y la quema de libros fue una amenaza constante, me encolericé terriblemente», expresó el autor en alguna entrevista. Es así que su protagonista, de nombre Stendahl, revive todos los horrores de los cuentos que tanto gozó Bradbury en su juventud sentado en las piernas de su tía, y hace que sus antagonistas corran la misma suerte que todos los personajes de Poe: «¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlo leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garrett». Y es así que el inculto señor Garrett es enterrado vivo.

Gracias a todo lo anterior Bradbury hizo posible que México y Poe habiten un lugar muy especial en tierras marcianas, quizá en esos mares rojos donde imponentes ciudades de cristal guardan un secreto milenario, inaccesible para nosotros los terrestres