Worried Woman is Reading News on Phone


La era de la incertidumbre

Los efectos de la COVID-19 han trascendido el plano de la salud y comenzado a ser un grave peligro en aspectos económicos y sociales, lo que nos lleva a preguntarnos si esto nos hará reflexionar y encontrar el camino correcto o seguiremos dando pasos en falso como humanidad.

Ocho meses demasiado tarde llegó la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de no utilizar el confinamiento como el principal método de control contra el nuevo coronavirus. “Las cuarentenas tienen una consecuencia que no puede subestimarse: hacen a los pobres mucho más pobres”, aseguró el enviado especial de la OMS para Europa, el doctor David Nabarro. Desafortunadamente, el daño ya está hecho.

No es ningún secreto que muchos de nuestros líderes mundiales se vieron rebasados por la pandemia y ahora nos enfrentamos a una doble encrucijada: una vacuna que no llega y una crisis económica que apenas comienza.

El Banco Mundial estima que la COVID-19 sumirá entre 88 y 115 millones de personas adicionales en la pobreza extrema en este 2020; es decir, aquellos que viven con menos de dos dólares al día. No es ningún secreto que muchos de nuestros líderes mundiales se vieron rebasados por la pandemia y ahora nos enfrentamos a una doble encrucijada: una vacuna que no llega y una crisis económica que apenas comienza.

El problema detrás de una difícil situación

Para ambas problemáticas existe un denominador común: la falta de creatividad de nuestros liderazgos. Ejemplos suficientes tenemos de gobernantes cuyos discursos transitan entre la ignorancia científica, la desesperación política personal y una flagrante negación de la realidad. Pero ¿acaso esto es algo nuevo? La pandemia solo llegó para alimentar el miedo, la desinformación y la polarización; es decir, el verdadero virus ya existía mucho antes de la COVID-19.

Una enfermedad como esta hubiera presentado un desafío en cualquier entorno de información, pero en uno como en el que vivimos, mucho más. En cuestión de días, millones de epidemiólogos aficionados se volcaron a las redes sociales para “educar” a sus pares sobre la amenaza del virus, y las teorías de la conspiración y las curas milagrosas no se hicieron esperar, todo esto mientras algunos actores políticos internacionales buscaron explotar el caos con campañas de desinformación en distintas latitudes.

Y es que el brote de coronavirus es un enigma que se desarrolla en tiempo real frente a nosotros. Las certezas de hoy sobre el virus posiblemente serán los errores del mañana.

La máxima politización del tema se observa día con día en la Unión Americana, donde los estadounidenses tendrán que emitir su voto el próximo 3 de noviembre en uno de los ambientes políticos más tóxicos de la historia reciente. Y es que el brote de coronavirus es un enigma que se desarrolla en tiempo real frente a nosotros. Las certezas de hoy sobre el virus posiblemente serán los errores del mañana. Pero la realidad es que, en este momento, no estamos hechos para lidiar con esta incertidumbre.

Dudas en los tiempos de la información

En la era de la inmediatez y de la vorágine informativa, ya no existen las verdades únicas. Por mucho que nos cueste aceptarlo, los dispositivos en las palmas de nuestras manos se han convertido en un silencioso enemigo que nos envuelve en un ecosistema de información diseñado a la medida. Lo que para mí es una simple búsqueda de Google sobre la carrera por las vacunas contra la COVID-19 para alguien más es un despliegue de noticias falsas.

Online Corona Fake news on a mobile phone. Close up, man reading Fake news or articles about covid-19 in a smartphone screen application. Hand with gloves holding smart device. COVID19 nCov Outbreak.


Tan solo hace unos días, en una discusión entre colegas no llegamos a un consenso sobre el simple y sencillo hecho de que el presidente de Estados Unidos había contraído el virus SARS CoV-2. Más de la mitad de los ahí presentes aseguraba que se trataba de una mentira y una estrategia de campaña, mientras que otros argumentábamos que una conspiración de ese nivel difícilmente podría llevarse a cabo en pleno 2020. La cantidad de médicos, miembros del servicio secreto y funcionarios gubernamentales necesarios para sostener semejante falacia era demasiada alta, incluso para los estándares de la administración Trump.

Aquí lo preocupante no es que se desconfía de la información sobre el estado de salud de uno de los líderes más importantes del mundo, sino la facilidad con la que muchos están dispuestos a cuestionar algo que debería ser un hecho y punto. La realidad objetiva existe, pero solo se vuelve tangible por consenso. El número de muertes y hospitalizaciones por COVID-19 es un hecho, pero para nuestra desgracia, hoy dudamos de todas las fuentes oficiales posibles.

El consenso podría ser una herramienta para reducir la incertidumbre, por lo que se vuelve mucho más importante en momentos como estos, aunque en el actual contexto, la búsqueda de un acuerdo común es casi imposible. Habitamos en medio de un nuevo nivel de caos, en el que múltiples realidades compiten por nuestra atención cada minuto: los cubrebocas salvan vidas, los cubrebocas no sirven; las vacunas avanzan rápidamente, las vacunas son peligrosas; el confinamiento es la única vía, el confinamiento destruye vidas; y así sucesivamente.

Las consecuencias de la falta de certeza

Cuando la incertidumbre se apodera de la opinión pública o, peor aún, cuando el sistema mismo es la fuente, como ha sucedido en muchos países, las cosas pueden desmoronarse y resulta difícil saber qué dirección tomará la sociedad. Si a esto sumamos el desempleo y la pobreza, el extremismo se vuelve mucho más atractivo. Y es en ese momento que algunos desarrollan una asombrosa capacidad de ignorar hechos que parecen objetivos e indiscutibles.

Hannah Arendt ya lo describía en Los orígenes del totalitarismo: “el sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre lo verdadero y lo falso ya no existe”. Por supuesto, no se trata de establecer una analogía directa entre las circunstancias actuales y los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero no podemos ignorar lo que a todas luces son focos rojos.

Muchos consideran que esta pandemia será un llamado de atención y lograremos corregir el rumbo, pero me temo que no todas las crisis son un punto de inflexión.

La COVID-19 no pudo llegar en peor momento. Muchos consideran que esta pandemia será un llamado de atención y lograremos corregir el rumbo, pero me temo que no todas las crisis son un punto de inflexión. El coronavirus podría convertirse en un simple catalizador de las tendencias que hemos visto crecer en los últimos años, como el desprecio a la ciencia y la proliferación de noticias falsas.