Bienestar

Intensidad heredada

Por: Daphne Ibarguengoytia 29–08–2025 • 3 minutos de lectura

El picante se asemeja a la manera en que los mexicanos enfrentamos la vida. Nos lanzamos a los desafíos con gusto y coraje, nos arriesgamos en el amor, en la amistad, en la creatividad, en los negocios, con la misma determinación con la que añadimos una cucharada extra de salsa a los tacos.

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intensidad heredada
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Este agosto, el Tema Central en Revista Central es el picante, y como mexicana no puedo dejarlo de lado. El picante no es solo un ingrediente: es un elemento cultural que atraviesa nuestra mesa, nuestra infancia y hasta nuestra identidad. A menudo se piensa que es un sabor, pero no lo es. No pertenece a la familia de lo dulce, lo salado, lo ácido o lo amargo: el picante es una sensación que ocurre cuando la capsaicina de los chiles estimula los receptores de dolor y temperatura en la boca, provocando esa impresión de calor o ardor que aprendimos a reconocer y, algunos, a disfrutar desde niños. Y aunque comienza con un golpe de intensidad, el cuerpo responde liberando endorfinas que transforman el ardor en placer, en euforia, en esa mezcla irresistible que nos hace volver a buscarlo una y otra vez.

Para nosotros los mexicanos, aprender a comer chile es parte del aprendizaje de la vida. Desde niños nos enfrentamos al fuego del guajillo, al calor del chile morita, al ardor del habanero, al cosquilleo del piquín, al intenso zumbido del chipotle, y al toque punzante del serrano. Jugábamos a hacer competencias de comer chiles jalapeños de lata; quien se comía diez seguidos, ganaba. Se valía cambiar chiles por zanahorias en vinagre, supuestamente menos picantes, aunque en realidad picaban igual o más. Aprendimos que el placer y el riesgo pueden convivir, que el dolor momentáneo puede convertirse en gozo duradero y que la intensidad no solo se tolera, sino que se celebra.

El chile es nuestra primera lección de audacia. Nos hace reír, llorar, jadear… y, aun así, queremos más. Nos enseña que resistir el ardor tiene recompensas. Así, el picante se convierte en metáfora de la vida mexicana: intensa, directa, apasionada, con momentos que queman pero que dejan recuerdos imborrables.

El picante también nos conecta con nuestras raíces y nos da un sentido de pertenencia. Enseñarle a un extranjero a probarlo se convierte en un rito de iniciación: mientras los chiles crepitan en el comal, llenando la cocina de un humo que cosquillea la garganta; alguien le ofrece una tortilla con salsa y dice con sonrisa pícara: “Pruébalo, que no pica”. El visitante muerde confiado, y en segundos el calor estalla en su boca, los ojos se le llenan de lágrimas, le suda la frente mientras todos ríen disfrutando la escena. De esas cocinas nacen las salsas que potencian los sabores, engalanan las comidas familiares y sobremesas interminables.

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El picante no es solo sabor: es memoria, tradición y la manera en que seguimos transmitiendo costumbres de generación en generación.

El picante se asemeja a la manera en que los mexicanos enfrentamos la vida. Nos lanzamos a los desafíos con gusto y coraje, nos arriesgamos en el amor, en la amistad, en la creatividad, en los negocios, con la misma determinación con la que añadimos una cucharada extra de salsa a los tacos. Nos acostumbramos al ardor, aprendemos a disfrutarlo y en ese fuego descubrimos fuerza y alegría.

El picante es democrático: lo mismo está en la mesa de un banquete que en un puesto callejero. Une a ricos y pobres, a norteños y sureños, a escépticos y creyentes. Es una patria en miniatura: diversa, colorida, poderosa, imposible de imitar.

Y más allá de la gastronomía, ese “picante” se extiende a nuestras ideas, nuestras expresiones artísticas, nuestra manera de vivir. El mariachi no acaricia: sacude. El mural no decora: grita. La ironía, la risa y la crítica social son algunos de nuestros condimentos culturales; punzantes y sinceros.

mujer preparando mole en un metate

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El enchilarnos nos recuerda que podemos soportar el calor, que podemos encontrar placer en lo intenso, que podemos aprender de lo que quema y nos hace temblar. Nos enseña que la pasión no es opcional: es parte de nuestro carácter, de nuestro ingenio, de nuestra naturaleza.

Por eso seguimos regresando al fuego: al chile en la mesa, a la emoción en la vida, al riesgo que nos define. Comer un chile es un acto de valor; vivir plenamente, un acto de orgullo mexicano. Cada mordida, cada desafío, cada momento intenso nos recuerda que podemos resistir y gozar al mismo tiempo. Que el placer más intenso siempre viene acompañado de riesgo y que eso no nos detiene… sino que nos impulsa a seguir, siempre con hambre, siempre con intensidad, siempre con picante.

El picante no solo se come: se hereda, se celebra, es identidad, tradición, valor y vida. Y como buenos mexicanos, no nos basta una probadita: siempre pediremos más.

agosto 15, 2025 05:01 a. m. • 3 minutos de lectura

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