Es mayo, mes de las madres, y pensé en escribir esta columna dedicada al amor generoso que casi todas ellas –nosotras– damos por naturaleza. Ese amor mágico, desmedido, profundamente singular.
Quería encontrar una forma de decirlo sin caer en lo de siempre y, casi sin buscarlo, me encontré platicando con una prima política que me contó una historia que me conmovió y me dejó pensando en ese “superpoder” que nace de un amor tan grande que solo se puede sentir por un hijo.
Hace más de un mes celebró la boda de su primera hija. Fue una boda espectacular: cada detalle cuidado, cada espacio pensado, todo impecable. Pero lo que más recuerdo no es la decoración ni la música, sino a ella: la mamá de la novia.
Se veía radiante. Caminaba feliz, abrazando, saludando, bailando. Tenía esa luz especial que solo tienen las mamás en un día así: una mezcla de orgullo, emoción y amor que no se puede fingir. La veía disfrutarlo todo; su felicidad era evidente y contagiaba a todos los que estábamos ahí.
Por eso, cuando la volví a ver hace una semana y empezamos a hablar de la boda, me sorprendió lo que me contó:
—Ese día me rompí el pie… antes de que empezara la boda.
¿Cómo? ¿Cuándo? No entendía. No lo podía creer. Me contó que, al llegar al jardín, ya vestida, lista, hizo un recorrido para revisar que todo estuviera perfecto. Y estaba tan perfecto que, en medio de la emoción, no vio un escalón. Con semejantes tacones, se le dobló el pie y cayó. Entre varios meseros que ya estaban listos para recibir a los invitados la ayudaron a levantarse.
—¿Señora, está bien?
—Sí, sí, estoy perfecta, muchas gracias… me duele, pero nada grave.
Y siguió.
Comenzó la ceremonia, el cortejo, los aplausos, los abrazos. Siguió sonriendo, bailando y no solo bailando, brincaba, corría, gozaba. No se quejó. No se sentó ni a probar los chilaquiles de la tornaboda.
“En algún momento sentí que el dolor no era normal —me dijo—, pero no quise voltear a verlo. No quise verme a mí. Era el día de mi hija. Por ningún motivo iba a arruinárselo.”
Y hay algo que me impactó todavía más: ni siquiera se le pasó por la cabeza que podía tener el pie roto. Tal vez un esguince, pensó. Ya me recuperaré.
Y de verdad no lo pensó.
Su mente y su cuerpo le dieron prioridad a lo que su corazón estaba viviendo. Como si todo en ella supiera que ese no era el momento de detenerse. Toda su atención, toda su energía, estaban puestas en un solo lugar: su hija, su boda, ese instante irrepetible.
Esa noche, cuando por fin llegó a su casa y se quitó los zapatos, el pie estaba irreconocible: hinchado, morado. Y entonces, sí, el dolor llegó de golpe. Al día siguiente, la placa confirmó lo que el cuerpo había callado durante más de quince horas: fractura.
Me lo contó frente a varios familiares. Mi cuñada, que estaba ahí, dijo: “esa es una historia de héroes”.
Y sí… tal cual.
Una historia real, de esas que se viven todos los días y casi nunca se nombran. Porque las mamás somos heroínas que dejamos la piel alrededor de nuestros hijos sin darnos cuenta. Y, además, tenemos ese otro poder: que casi nadie lo note.
Y es que el amor de una madre puede ser tan grande que incluso el dolor más intenso queda en segundo plano. Y no hablo de sacrificio –esa palabra se queda corta–. Hablo de algo más hondo: un amor que no se mide, que no se cuestiona, que simplemente pone primero al otro.
Eso fue lo que más me conmovió de esta historia: no fue que aguantó el dolor. Fue que ni siquiera lo registró como algo urgente.
Y es que así funcionamos muchas mamás. Hay algo en nosotras que prioriza, que sostiene, que cuida, que contiene… aun cuando eso implique dejarnos a un lado. No es falta de amor propio; es, simplemente, que hay alguien a quien vamos a querer siempre más, y algo que –antes que cualquier otra cosa– nos importa más.
Un amor que no necesita palabras grandilocuentes. Un amor que se vive, que se entrega, que se olvida de sí mismo –aunque sea por un rato, aunque sea por quince horas.
Incluso cuando el cuerpo está roto. Incluso cuando el alma, en silencio, ya dio todo.
Feliz día a todas esas heroínas que casi siempre callan sus proezas.
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