Tras muchos siglos de proceso de destilación en México y de las historias de tradición y cultura que se dan a través de ello, hoy hombres y mujeres destacan dentro de esta gran “empresa familiar”. Y es una gran empresa familiar generacional pues en ella son vertidos los saberes y las habilidades de mujeres y hombres que en conjunto hoy son una sola fuerza. Dentro de estos dos modelos de género la cultura y formas de convivir se desarrollan, coexisten, conviven y se dan cuenta que una no podría existir sin la otra.
Los hombres del agave se muestran, ante todo, nobles y sabios. En la faena de destilar el agave son ellos quienes, con su trabajo pesado y lleno de precisión, hacen frente a las plantas que se yerguen grandes, con espinas en sus pencas de enormes longitudes y anchos inesperados. Utilizan su “tarecua”, como le llaman en Michoacán, o la “coa”, en Jalisco, el hacha y cuchillos, en todas regiones, para poder pelar, desvirar, cortar, jimar los monumentales magueyes.
Los hombres lo enfrentan con esos ojos que siempre en las “tapadas” –que es el momento de cocer las piñas– los traen llenos de tizne, justo de atizar la madera en el corazón del horno cónico –esos rojos como el fuego que cuece corazones de agave–, que en su piel se muestran las cicatrices provocadas por la faena y donde la tierra anuncia que ellos han estado labrándola; en sus manos, los años poco a poco irán marcando la sabiduría que ellos heredaron de sus padres, abuelos y todas las generaciones de trabajo en el campo bendito de esta enorme agavería llamada México.
Han sido los hombres quienes desempeñan “el trabajo duro” de tener el preciado líquido, que al final como el gran sacerdote, cocinero, guía, master destilador, vinatero, fabriquero, tabernero, palenquero o maestro mezcalero proporcionarán el toque final y personal, con el gusto histórico de todas las generaciones habidas y por haber.
Hacemos esta reflexión porque hoy también las mujeres se adentran en la tarea de ser las masters destiladoras, quienes de sus padres toman el rol dentro del palenque, taberna, fabrica o vinata. Sin embargo, la faena más dura la realizan los hombres que también forman parte hoy de esos clanes de trabajo en el arte del mezcal, bacanora, tequila raicilla, tuxca, comiteco todos esos espíritus del maguey donde una mujer está al frente.
Con ello, probamos que pueden convivir ambos géneros en la diversificación de las tareas de hacer un destilado que llega hasta las mesas de los consumidores –quienes hoy han puesto a nuestras bebidas especialmente al mezcal en las preferencias nacionales y mundiales–. En el pasado, las mujeres que eran las esposas, hermanas o hijas, ocupaban modestas posiciones dentro de la cadena productiva de los mezcales de México: ellas eran las comerciantes o vendedoras entre los pueblos, llevando en sus rebozos la damajuana o bidón llena del preciado líquido.
A finales del siglo XVIII, una autoridad de las bebidas alcohólicas revisaba a todos los que transitaban por los senderos y caminos, en especial a los hombres, pero no revisaban a las mujeres como un símbolo de respeto. Sin embargo, ellas podían salir a comercializar sus vinos mezcales, aunque en muchos lugares existía la prohibición al no poder entrar a los palenques.
Ellas con singular alegría, astucia e inocencia comercial vendían de población en población esos elixires, los otroras “aguas de vida” como eran llamadas en el viejo continente.
Las mujeres pasaron de estar en el anonimato a formar parte fundamental como eslabon humano importante dentro de la cadena productiva de los destilados de agave, reconocen su labor y ya muchas se integran a las filas de profesionistas que apoyan desde sus carreras (ingenieras químicas en alimentos, administradoras, contadoras, diseñadoras y más profesiones qué ayudan a esta cadena productiva) en la elaboración artesanal de los espíritus que emanan por todo el territorio donde se destila el árbol de las maravillas.
A ellas y ellos el reconocimiento de la industria mexicana del alcohol como el maridaje perfecto para llegar a cimentar perfectamente la unión entre géneros, sin desigualdad, pero considerando que cada uno de ellos toma roles de acuerdo a su aptitud y conocimientos. No existen limites, pero sabemos que el trabajo arduo aún es labor de nuestros amados hombres, a los cuales hoy les reconocemos siempre su apoyo, en un país que lentamente va borrando desde el campo hasta las ciudades esa llamada desigualdad de género que debe desaparecer inmediatamente para las nuevas generaciones.
Querido lector, no olvides seguir haciendo a México y apoyando a nuestro campo bendito que todo nos da, y donde nacen las mujeres y hombres que defienden la tierra que Tonanzin y Mayahuel nos entregaron desde épocas prehispánicas hasta estas tecnológicas y aún líquidas eras.
¡Salud!
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