El matrimonio Gelman, compuesto por Natasha Zahalka y Jacques Gelman, abonó a generar valor al arte latinoamericano y mexicano. Su mecenazgo e interés por los grandes autores de su época acompañó la producción, difusión y conservación de obras de importantísimo valor histórico de autores como Diego Rivera, Frida Kahlo, María Izquierdo y David Alfaro Siqueiros, entre otros. Su sensible selección contribuyó a generar una imagen identitaria de nuestro país y sus manifestaciones.
Obras tan emblemáticas como la de Frida vestida de tehuana o alguna de la serie de alcatraces de Diego Rivera son parte de las 107 piezas que lograron atesorar. Los múltiples retratos de Natasha, desde los ojos de los muralistas o de la propia Frida, son parte de su acervo.
Él, de origen ruso, y ella, nacida en Grecia, fueron una pareja clave en el desarrollo cultural de la época en México. Jacques fue productor durante la llamada Época de Oro del cine mexicano, lo que le permitió amasar una importante fortuna. Entre otras películas, fue el artífice de la filmografía de Mario Moreno “Cantinflas”.
Natasha, por su lado, fue modelo y musa, pero sobre todo una gran promotora de arte que infundió dinamismo a la escena de los años 40 hasta los años 70.
Su refinado y sensible gusto fue clave para la interesante selección de obras y artistas de su colección. Es importante mencionar que no compraban por inversión, sino por amistad y mecenazgo. Sin embargo, su participación en la compra de obras congruentes y articuladas entre sí fue tan importante que consolidó al arte moderno latinoamericano y dio fisonomía a una estética única.
La pareja no tuvo descendencia y, a la muerte de ambos, su legado se dispersó.
Las obras fueron prestadas a instituciones internacionales y museos, y otras terminaron en manos privadas.
El testamento de los Gelman
El testamento de Jacques señalaba a Natasha como su heredera; sin embargo, a la muerte de ella, diez años después de la de él, su testamento, bajo el velo de la secrecía, resultó controvertido. En él aparece un personaje que en principio figuraba como albacea y que, por lo que se sabe, posiblemente se convirtió en heredero. Su nombre es Robert R. Littman, conocido por ser el curador de la colección y persona de confianza de Natasha.
De origen estadounidense y vecino de la ciudad de Cuernavaca, hace 20 años que no aparece públicamente y es señalado por la comunidad cultural de México como un profesional cuestionable, pues, según información conocida públicamente, Natasha padecía Alzheimer cuando misteriosamente fue cambiado el testamento en su favor.
“Littman ha cobrado un fee en cada ocasión en que ha definido exponer la colección en distintas sedes en el mundo y probablemente fue quien vendió la colección a la familia Zambrano, que hoy en día se presume propietaria de la misma”, según lo informa Alfonso Miranda, director del Museo Soumaya y parte de la comunidad de intelectuales que exigen que la parte de la colección actualmente expuesta en el Museo de Arte Moderno no salga del país de manera permanente.
Los intelectuales defienden la transparencia de la gestión de la colección
Pero ¿cuál es la controversia real? Cerca de 300 intelectuales, artistas, escritores, periodistas, gestores y curadores exigen al gobierno mexicano que haga cumplir la ley vigente desde 1972, llamada Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticos e Históricos, en donde se estipula que las obras de los autores dentro de la declaratoria de monumento no pueden salir del país de manera permanente y solo de manera temporal si hay información precisa de cuánto tiempo, a dónde irán y cuándo volverán.
Esta ley fue promulgada por el presidente Luis Echeverría, con el objetivo de proteger el patrimonio nacional contra saqueos y destrucción, así como fortalecer la identidad del país. En ella se divide el patrimonio en tres grandes categorías: monumentos arqueológicos, monumentos históricos y monumentos artísticos, que corresponden a obras con valor estético relevante del siglo XX en adelante y se evalúan por su importancia artística.
De acuerdo con esta ley y a partir de distintas declaratorias posteriores, están protegidos los murales y obras plásticas de Diego Rivera; la obra plástica integral de José Clemente Orozco; la obra mural, de caballete y documentos de David Alfaro Siqueiros; obra de caballete, gráfica y documentos de Frida Kahlo; la obra pictórica completa de Saturnino Herrán; la obra pictórica de Gerardo Murillo “Dr. Atl”; la obra de María Izquierdo; la obra de José María Velasco; determinadas obras de Remedios Varo; y la de Octavio Paz, único escritor con declaratoria, reconocido por su obra literaria.
Varios de estos autores figuran en la colección Gelman. ¿Esto qué significa? Que los coleccionistas que tengan una obra de ellos en México deben informar y solicitar autorización para su salida temporal del país cada vez que algún proyecto curatorial o de diplomacia cultural lo requiera, así como para restauraciones.
En el caso del arte moderno, esto no significa, de ninguna manera, que el coleccionista que pagó por la obra pierda su propiedad, sino que permanece como custodio de algo muy valioso para la sociedad y que el Estado mexicano protege.
Es verdad que la ley tiene lagunas jurídicas y poca claridad en algunos puntos, y que herederos de los artistas o miembros del mercado del arte consideran estas declaratorias entorpecedoras para sus intereses, pues implica que no es posible venderlas fuera del país o en subasta en el extranjero, ya que se perdería control de su paradero y posiblemente podrían terminar más allá de las fronteras mexicanas.
El caso de la colección Gelman, que tiene muchos autores protegidos, es especialmente señalado porque dejó de tener sede nacional y porque hace más de 20 años que no se podían ver públicamente obras tan importantes como las que expone el Museo de Arte Moderno actualmente.
El reciente anuncio de Fundación Santander de que se llevarían las obras a España, a un museo próximo a inaugurar con el nombre Gelman, levantó las alertas de que estas obras hayan sido vendidas a un cliente extranjero que, más allá de ser un banco español, podría implicar el riesgo de que no vuelvan nunca a nuestro país y solo puedan ser apreciadas fuera del mismo o, en el peor de los casos, guardadas por décadas. Aunque esto fue desmentido posteriormente, los intelectuales piden seguir de cerca cada movimiento de las obras en cuestión.
Por ello, los intelectuales que manejan la cuenta de Instagram @defendemoslacolecciongelman han firmado un documento público en el que exigen a las autoridades poner cartas en el asunto y solicitan transparencia sobre la situación actual del legado de los Gelman, quienes, se presume, querían que su obra se mantuviera junta y en manos del pueblo mexicano para su gozo y disfrute.
Es importante dar a conocer el inventario detallado de la colección, su propietario actual, el valor de la obra, el estado de conservación y las garantías de la misma, así como los planes de exhibición e itinerancia o patrocinio.
La colección, un activo económico
Reportes periodísticos señalaron que el albacea (Littman) hace algunos años, en 2003, ofreció la colección al Estado mexicano por 200 millones de dólares, que hoy en día estaría por debajo de su valor de mercado. Basta con recordar que la última obra vendida de Frida, el 20 de noviembre de 2025, fue de 55 millones de dólares, el récord más alto de venta de un artista latinoamericano.
Los coleccionistas frecuentemente no dimensionan la importancia de su participación en la cultura universal y no prevén la existencia de fondos estratégicos o mecanismos fiables de conservación de sus colecciones. Es posible que a este matrimonio le haya sucedido este escenario frecuente. Además, en su época las compras que hicieron no se trataban de activos económicos, como lo son ahora.
Tampoco se creó un fondo estratégico ni se impulsó un mecanismo de adquisición pública. A la fecha no se ha realizado una alianza público-privada con visión de largo plazo.
Se quedó todo en manos de decisiones individuales, compraventas que no se transparentaron y la gestión de una de las colecciones más importantes de arte latinoamericano con poca o nula claridad.
Para los coleccionistas y propietarios de las obras, esto podría resultar incómodo, pues al adquirir pinturas importantes son parte de su patrimonio privado, pero al mismo tiempo se trata de obras de importancia universal e histórica, por lo que, como compradores de arte, es necesario tener la conciencia de que también se adquiere una responsabilidad cultural de su resguardo y conservación.
En México, la ley en su artículo 16 exige que “Los monumentos históricos o artísticos de propiedad particular podrán ser exportados temporal o definitivamente, mediante permiso del Instituto competente, en los términos del Reglamento de esta Ley, y que se prohíbe la exportación de monumentos arqueológicos, salvo canjes o donativos a Gobiernos o Institutos Científicos extranjeros, por acuerdo del Presidente de la República”. Asimismo, dice en el artículo 53 que “Al que por cualquier medio pretenda sacar o saque del país un monumento arqueológico, artístico o histórico, sin permiso del Instituto competente, se le impondrá prisión de cinco a doce años y de tres mil a cinco mil días multa”.
