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Obra de Celeste Bejarano (Ciudad de México, 1990)

5 artistas contemporáneas feministas que debes conocer

El movimiento feminista contemporáneo que en los últimos años se ha extendido alrededor del mundo en exigencia de una sociedad más igualitaria, ha encontrado algunas de sus expresiones más contundentes en la obra de Mónica Mayer, Lorena Wolffer, Elina Chauvet, Dulce Pinzón y Celeste Bejarano.

Las intervenciones artísticas de estas mujeres, así como los registros visuales de las manifestaciones en fotografías de tomas en tierra y desde drones, reflejan la lucha feminista en México. Incluso se ha debatido sobre la posibilidad de que las pintas en los monumentos más icónicos de la Ciudad de México, que algunos llaman vandalismo, se puedan considerar arte.

  Los movimientos sociales y el arte tienen una estrecha relación, pues por medio de este último, en su carácter simbólico se deja constancia de las demandas de los movimientos y se da visibilidad, con toda la potencia de las expresiones creativas, a hechos que son acallados o invisibles y que hasta que se nombran se pueden modificar.

Una de las características más potentes del arte es su poder transformador.

Es por ello que una de las características más potentes del arte es su poder transformador. Sus manifestaciones con frecuencia son transgresoras, visionarias, terapéuticas y confrontativas.

Con todas estas características el arte es el lenguaje del cambio, es por ello que este 8 de marzo en Central te presentamos 5 artistas contemporáneas feministas que a lo largo de su carrera han encausado el movimiento feminista y, con mucha frecuencia, han sido las primeras en alzar la voz.

Mónica Mayer (Ciudad de México, 1954)

Es considerada una pionera del arte feminista, la gráfica digital y el performance en México y América Latina. Con 50 años de trabajo como artista ha cuestionado el sistema opresor contra las mujeres desde los años setenta.

Su obra más conocida es “El tendedero” una instalación participativa en la que pidió a las espectadoras completar la frase: “Lo que más detesto de la Ciudad como mujer es…”. Cuando la realizó en 1978, develó el tema del acoso en el espacio público. Esta pieza ha evolucionado y en sus exposiciones más recientes –en las que ha integrado la pregunta “¿Cuándo fue la primera vez que te acosaron?”– ha obtenido más de 7 mil respuestas.

Mónica Mayer El tendedero
“El tendedero” es una instalación participativa en la que mujeres completan las frases: “Lo que más detesto de la Ciudad como mujer es...” y "¿Cuándo fue la primera vez que te acosaron?”. La primera vez que la montó fue en 1978.

La artista recuerda que a ella la acosaron por primera vez a los 8 años y confiesa su sorpresa al descubrir que a muchas otras mujeres también comenzaron a violentarlas de niñas.

La artista recuerda que a ella la acosaron por primera vez a los 8 años y confiesa su sorpresa al descubrir que a muchas otras mujeres también comenzaron a violentarlas de niñas, ya que durante mucho tiempo, incluso ella, feminista y socióloga, pensó que su caso era aislado y que se había encontrado con “el único loco capaz de molestar a una niña”.

Fue joven en los años setenta y estuvo inmersa en un momento de ebullición del movimiento mundial feminista. Recuerda que, mientras estudiaba en la Academia San Carlos, sus compañeros, miembros del movimiento del 68 y de ideologías progresistas, expresaron su opinión de que las mujeres, a su parecer, eran menos creativas que ellos porque perdían su creatividad con la maternidad. Esta expresión hizo que Mónica Mayer se rebelara y decidió iniciar su militancia al darse cuenta de que si no cambiaba a la sociedad, su trabajo artístico sería invisible, como el de muchas mujeres antes que ella en el arte.

Mayer también confiesa que pudo estudiar arte porque, al ser la única mujer de cuatro hermanos, su padre consideró que ella podía “perder el tiempo” en una carrera de esa naturaleza, ya que finalmente se casaría y un hombre se haría cargo de ella. Ahora este recuerdo le provoca hilaridad.

Su trabajo creativo es muy completo, busca compaginar lo artístico con lo político, lo pedagógico y la difusión. De esta manera, Mónica Mayer le abrió brecha a muchas otras artistas en la región que empezaron a visibilizar conductas violentas normalizadas, como el acoso en el transporte público y lo que ahora se llama “micromachismos”.

Su obra va en torno a cambiar narrativas del pasado, intervenir en el presente y dejar información para el futuro, para que la presencia femenina no sea borrada. Sin duda, se trata de una mujer fundamental para el arte contemporáneo mexicano.

Elina Chauvet (Casas Grandes, Chihuahua 1959)

Originaria de Chihuahua y arquitecta de formación, es la autora de la instalación que se ha convertido en un emblema de las marchas feministas alrededor del mundo, los famosos “Zapatos rojos”, una pieza que, juzgada durante décadas como inapropiada y provocadora, aparece en el espacio público como una evocación de las ausentes y un símbolo de libertad, sensualidad, peligro y pasión.

Encontró en el arte un lenguaje para el desahogo de la rabia y el dolor que le causó el feminicidio de su hermana, quien fue asesinada por su esposo.

Elina Chauvet encontró en el arte un lenguaje para el desahogo de la rabia y el dolor que le causó el feminicidio de su hermana, quien fue asesinada por su esposo. En entrevista con Central, la artista nos dice que “en mi casa esto era muy ajeno, nunca había sucedido algo semejante y jamás habían pensado que podría pasarle a alguien cercano”. Sin embargo, hoy sabe lo que es estar en los “zapatos” de alguien que ha perdido a una mujer querida por el ataque de su propia pareja.

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Elina colocó la instalación “Zapatos rojos” por primera vez en 2009 en Ciudad Juárez, lugar que había brincado a la agenda noticiosa por la matanza de mujeres trabajadoras en las maquilas fronterizas, quienes desaparecían en la avenida principal, conocida por tener zapaterías. Allí convocó a algunos voluntarios a que donaran zapatos que fueron pintados por Elina de color rojo, con lo que le dio visibilidad a la ausencia de las mujeres desaparecidas y asesinadas.

Apenas 2 años más tarde logró juntar más de 300 pares de zapatos, que posteriormente fueron instalados en el Zócalo de la Ciudad de México. A partir de este momento la instalación fue itinerante en distintas latitudes, con gran éxito en Italia, Finlandia, Argentina, Chile y Estados Unidos. En cada lugar donde se expone, se generan momentos de desahogo y catarsis comunitaria.

A consideración de Elina, se ha mantenido un desprecio a las mujeres y la violencia doméstica en silencio. Recuerda que su abuela, cuando esbozaba el tema en conversaciones íntimas, exclamaba la frase “ni modo, cargas tu cruz”.

“Zapatos rojos” ha sido adoptada por el movimiento y se replica en cada marcha. Actualmente, Elina promueve, a través de su Instagram @elinachauvet, la venta de playeras diseñadas por ella inspiradas en su obra. Todo lo que recauda se destina al apoyo de niños y niñas que han quedado huérfanos a causa de un feminicidio. Para ella, el arte es un lenguaje y una herramienta para cambiar al mundo.

Lorena Wolffer (Ciudad de México, 1971)

Pionera del arte acción o performance, es activista y artista con perspectiva de género. Una de sus obras más conocidas es la contracampaña “Soy una mujer totalmente de Hierro” en la que buscaba visibilizar estereotipos romantizados de la mujer, muy frecuentes en la publicidad, y que en los noventas fueron utilizados en la campaña “Soy totalmente Palacio”. En aquella ocasión, Lorena Wolffer intervino la Ciudad de México con espectaculares que, con la misma estética y lenguaje de los famosos anuncios, hacian visible la violencia contra las mujeres con frases como “El problema es que pienses que mi cuerpo te pertenece”.

Artistas feministas
Los espectaculares de Lorena Wolffer tienen la misma estética y lenguaje de los famosos anuncios de la tienda departamental y visibilizan la violencia contra las mujeres.

En otra de sus obras, Lorena interviene con un plumón quirúrgico su propio cuerpo, con lo que hace una protesta por las mujeres de Ciudad Juárez desaparecidas. Con la tinta marca los lugares en los que aparecen los golpes de las mujeres muertas de la morgue, documentadas en los reportes policiacos. De esta forma, su cuerpo se transforma en el vehículo para darle visibilidad a la violencia.

Con la tinta marca los lugares en los que aparecen los golpes de las mujeres muertas de la morgue, documentadas en los reportes policiacos.

Asimismo, ha trabajado con arte participativo con la conmovedora pieza “Evidencias”, donde le pide a mujeres de la comunidad, así como a deudos de mujeres víctimas de feminicidio, entregar los objetos con los que fueron violentadas para después exponerlos en museos. Los objetos son impactantes: cepillos de dientes, agujas, machetes, cuchillos, lápices, cuerdas y crucifijos.

Su trabajo está enfocado en convertir la violencia contra la mujer en un fenómeno visible y público, pues considera que el primer paso para la reparación del daño es el reconocimiento.

Actualmente, encabeza el Laboratorio de Arte y Género en el Colegio de San Ildefonso, desde donde busca reflexionar en sesiones vía zoom sobre las intervenciones culturales, para modificar esquemas y buscar una sociedad más igualitaria.

Dulce Pinzón (Ciudad de México, 1974)

A lo largo de su carrera, esta artista visual que vive en Puebla, se ha mostrado interesada en causas sociales y ha dado a conocer problemáticas de corte ecologista y migratorio. En su obra hay una línea sobresaliente en torno al feminismo, como por ejemplo con la serie “The Wonderful Life of Andy”, en la que cuestiona los estereotipos femeninos a través de imágenes diseñadas por ella misma, en las que retrata a una mujer joven y bella alimentando a su bebé o montada en un león. Estas imágenes recrean las exigencias sociales hacia las mujeres de permanecer bajo ciertos estándares estéticos, ser buenas madres y conservar determinadas conductas, así como la mujer fortalecida capaz de dominar a un león.

En “Body in Atelier”, su trabajo más reciente –hecho en colaboración con el colectivo Prras! y favorecido por el jurado del Patronato de Arte Contemporáneo–, retrata a mujeres de varias generaciones que trabajan en el arte y la cultura abriendo caminos a través del feminismo, la divulgación, el mecenazgo, las causas de salud, las experiencias de vida y las plataformas digitales. En este proyecto busca exaltar, a través de una estética desafiante, que la sororidad es un acto político.

Busca exaltar, a través de una estética desafiante, que la sororidad es un acto político.

“Body in Atelier” es una serie de retratos de mujeres que se apropiaron y ganaron un terreno en el medio del arte, el diseño, la moda y el activismo. El escenario es su atelier onírico, el espacio que ellas consideran como el lugar del que se nutren: su estudio, su casa, los dibujos de sus hijos, la moda, la calle o un paisaje.

La obra de Dulce Pinzón es reconocida de manera internacional y cuenta con obras en colecciones de museos, como el Smithsonian Institution en Washington D.C y el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM. Actualmente es la curadora del festival Art Souterrain de Montreal, Canadá.

Celeste Bejarano (Ciudad de México, 1990)

Aunque Celeste ya coqueteaba con el tema femenino en su trabajo plástico, fue hasta que se convirtió en madre que se autonombró feminista con un trabajo intimista y autobiográfico.

Sus obras dejan testimonio de la primera generación de madres que se atreve a hablar de estos temas tabú en la construcción cultural de una maternidad romantizada.

Su nueva serie “Mamá. Luz y sombra”, retrata a través de pinturas y esculturas los claroscuros de ser madre: el cansancio, la pérdida de libertad, la muerte social que deviene al momento de tener un hijo, la exigencia del silencio y los juicios a los que una mujer se ve sometida cuando decide seguir adelante con su embarazo. Sus obras dejan testimonio de la primera generación de madres que se atreve a hablar de estos temas tabú en la construcción cultural de una maternidad romantizada.

Joven, millennial, madre y artista, Celeste Bejarano vive su maternidad desde la lucha. Identifica que hoy en día el machismo ha mutado entre simulaciones y silencios que las propias mujeres se han autoimpuesto. En esta sospecha pidió a través de Facebook, a más de 600 mujeres de distintas edades, contar sus testimonios sobre cómo ha sido ser madres; fue así que recibió cientos de relatos que confirman su propia experiencia y que posiblemente nunca habían sido revelados. Miedo, soledad, abandono, falta de sueño, incertidumbre de tener una vida en brazos que depende de ellas, son algunas de las emociones que las mujeres experimentan al convertirse en madres; sin embargo, en México la idea de la maternidad es idealizada hasta acallar las verdaderas necesidades de una crianza humanizada.

El trabajo de Celeste Bejarano es una crítica a ello y un testimonio visual del sentir de las mujeres ante su desafío más grande: seguir siendo ellas mismas y no perderse cuando otro ser humano exige ser alimentado de su pecho. ¿Es posible seguir siendo quienes éramos? ¿Dónde están las redes de apoyo para maternar? ¿Cómo se puede ser exitoso en el ámbito laboral y ser una buena madre a la par? ¿Hay que decidir entre ambas? Ninguna duda es nueva, pero apenas las madres más jóvenes, como Celeste, se atreven a decirlo en voz alta.

Celeste Bejarano también ha trabajado con temas como el linaje femenino, la importancia de las abuelas en la educación de los niños en México y la costura como actividad de espera y resistencia en los hogares mexicanos, casi todos con una máquina Singer en casa, donde un par de generaciones ha cosido muchas veces para salir adelante y alimentar a la familia o enviar a los hijos a estudiar. La obra “Retrato surrealista de mi abuela”, hace un homenaje a esas abuelas, que lucharon hilvanando hilos y bordando vestidos. El trabajo de Celeste Bejarano deja en claro que lo íntimo es político.

Las mujeres en el arte, como en otros ámbitos, han tenido que esforzarse para poder dar visibilidad a su trabajo.

Las mujeres en el arte, como en otros ámbitos, han tenido que esforzarse para poder dar visibilidad a su trabajo. Durante siglos, las que lograron dedicarse a las manifestaciones creativas, firmaron con nombres masculinos o los nombres de sus padres o maridos. Recibieron pagos menores por sus obras y fueron consideradas solo por ser las esposas de alguien más y no por ellas mismas. Han tenido que pasar siglos para ser reconocidas.

Las artistas de hoy son el resultado de muchos años de historia y lucha por la equidad y sus formas.

* Kristina Velfu es una periodista especializada en la difusión del arte y la cultura: @Velfu